El Amor del Todo Otro
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Bajo formas múltiples, estamos en una búsqueda intensa de algo indestructible, profundo, que escapa a todas las contingencias, a todas las limitaciones, que expresa, en una plenitud sin límites, una libertad, un sentido que todos sentimos, hacia el cual aspira nuestra alma, a veces en una suerte de intensidad dolorosa. Una de las expresiones de esa aspiración es el amor, el misterio del amor. Porque si la búsqueda espiritual es un misterio, el amor es un misterio dentro del misterio. ¿Qué es ese amor? ¿Por qué es tan importante, y por qué lo sentimos así?
Entre las diferentes formas del amor, quisiera hablaros hoy del amor del Todo Otro, el amor de esa esencia de la que hablé al principio, el impulso hacia esa estrella inaccesible que se encuentra en cada uno de nosotros, en el corazón de cada uno de nosotros, y hacia la cual, de manera consciente o inconsciente, aspira todo nuestro ser. Pongo el acento en la inaccesibilidad, en la distancia, en el Todo Otro, porque en esa relación la verdadera unidad no puede realizarse más que en la conciencia de una trascendencia. Algo debe atraernos en permanencia más allá de nosotros mismos, y solo es en ese lugar donde ya no hay conciencia de tú y de yo, donde ya no hay más que unidad, donde se realiza la verdadera unión. Escuchemos, por ejemplo, a Rûmî, el santo de Konya, fundador de los derviches giróvagos, hablar de ese paso de la dualidad a la unidad. El amor se expresa de verdad cuando el Amante, el Amado y el Amor mismo ya no hacen más que uno: «Cuando el hombre y la mujer devienen uno, tú eres ese uno. Cuando las unidades se borran, tú eres esa unidad. Has modelado este “yo” y este “nosotros” para poder jugar al juego de la adoración contigo mismo, para que todos los “yo”, los “tú” devengan una sola alma y sean al final sumergidos en el Bienamado».
Ese amor es desrazón, ese amor es locura, ese amor va en contra de todos los criterios habituales por los que nuestro ser individual reconstituye en torno a él un universo, un entorno. Se inscribe en oposición o en contrapunto, o a contracorriente de lo que se llama habitualmente amor, y que no es en realidad más que una de las múltiples maneras de amarse a uno mismo. Amamos a quienes amamos porque, generalmente, nos devuelven una imagen de nuestro propio amor por nosotros mismos. Es, por ejemplo, el amor por los próximos, por los hijos que nos perpetúan, todo lo que nos remite a ese universo que hemos tejido y que nos hace existir. Es un amor razonable. En cuanto al amor de desrazón, es un amor por algo que ya no nos remite a nosotros mismos, sino que nos revela, en el espejo de los otros, el espejo de la alteridad, una presencia, una esencia espiritual.
Escuchemos este otro poema de Rûmî: «Si busco mi corazón, lo encuentro en tu barrio. Si busco mi alma, la encuentro en tus cabellos. Cuando, sediento, bebo agua, en el agua veo la imagen de tu rostro».
Para no reencontrar ya en el amor del otro el reflejo de la propia imagen, sino reencontrar la imagen de su esencia espiritual, hace falta que haya esa distancia, esa inaccesibilidad. Hace falta que haya esa sed, esa nostalgia. Hace falta que haya esa enfermedad de amor, ese dolor de amor, ese deseo intenso que se convierte en lo que nos nutre. Hace falta que haya lo que en todas las poesías amorosas del mundo se llama el pesar de amor. Ese pesar del que ningún enamorado querría, por todo el oro del mundo, verse liberado. En el Cantar de los Cantares he subrayado estos versos: «Os lo conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi bienamado, ¿qué le declararéis? Que estoy enfermo de amor».
Hace falta que se encienda en nuestro corazón esa llama sagrada. Hay que abrasarse, como dice por lo demás el propio Rûmî de su caminar, de toda su vida. Dice que eso se resume en tres cosas: «He sido verde, luego he sido cocido, y ahora estoy consumido».
Ese fuego sagrado hay que reencontrarlo, porque es el peso de nuestro ser y porque el amor nos dice, a través de todos esos relatos, de todas esas poesías, de todos esos ejemplos de enamorados, de amantes y de amadas, el secreto de la vida. Nos dice lo que no logramos decir con palabras, porque en cuanto queremos explicar ese secreto con palabras, entramos en la confusión. El amor tiene su propio lenguaje, el amor tiene su propio misterio, tiene su propia verdad; el amor es ese lenguaje secreto entre el amante y la amada, entre nosotros mismos y ese punto último de nuestro ser donde se encuentra nuestra completa libertad. Ese punto a la vez inaccesible y más próximo a nosotros que nosotros mismos. Ningún pensamiento, ninguna concepción, ninguna expresión puede dar cuenta de ese misterio. Es la servidumbre a ese amor, la servidumbre a ese misterio la que se ha expresado en múltiples poesías sobre esa esclavitud, sobre esos infortunios del amor. Un poeta sufí dice: «Si el infortunio debe ser el precio de mi amor, estoy listo para aceptarlo. Pruébame, pruébame de todos los modos, para que sepas que te amo de todas las maneras».
El amor como remedio del ego
Porque en definitiva, y es por eso que ese amor es un remedio, el amor nos libera del mal más profundo: ese mal siempre presente para desviar las cosas, su finalidad, su realidad, el mal de nuestro yo, de nuestro ego. El amor verdadero, el amor absoluto, el amor profundo nos libera de ese ego; es el único que puede hacerlo y hacernos penetrar en ese inaccesible más allá de nosotros mismos.
Hay una cosa sobre la que quisiera igualmente llamar la atención: el hecho de que esa llama de amor, ese goce de amor son tan grandes que hay también una trampa en esa vía. Una trampa que consiste no en amar al amado, sino en amar el amor; no en buscar al bienamado, sino en buscar el goce del amor por sí mismo. Recuerdo un verso que expresa del todo ese error de la búsqueda del amor por el amor (aunque sea muy atrayente, aunque sea una trampa en la que querríamos caer): es el verso célebre de Alfred de Musset, «L’Amour est le grand point, qu’importe la maîtresse ? Qu’importe le flacon, pourvu qu’on ait l’ivresse». Es una manera de caer en una suerte de recuperación del amor mismo, de no permanecer ya en esa tensión hacia lo inaccesible, o solo de una manera artificial y mantenida por el goce que puede comportar.
Nizhâm, Beatriz y la amada inaccesible
Nos hemos preguntado a menudo, en la poesía amorosa espiritual y en particular en la poesía sufí, si la amada es algo real o irreal, porque hay una ambigüedad tal que uno se pregunta si se trata de un símbolo o de una realidad. Pienso, por ejemplo, que en el Cantar de los Cantares, como en muchas otras tradiciones de ese tipo, la ambigüedad es querida, es cultivada. Es querida porque la amada es a la vez real e irreal. Uno puede quedar también extremadamente sorprendido al leer los textos del gran místico sufí Ibn ’Arabî hablando de su amor por una joven encontrada en la ciudad de La Meca, que se llama Nizhâm.
He aquí a ese hombre, en la cima de su realización, considerado en vida como uno de los más grandes maestros del sufismo, que habla de esa mujer en términos absolutamente extraordinarios y ardientes de amor. Escribirá por lo demás a su propósito un poemario magnífico, titulado «El intérprete de los deseos», donde habla de Nizhâm en términos que hacen a la vez el elogio de su belleza y de su espiritualidad. Ibn ’Arabî, ante el escándalo suscitado por esos textos, debió comentar esos poemas, lo que por lo demás no resolvió nada, pues el comentario llevaba la ambigüedad a su expresión última.
Puede hacerse la misma observación a propósito de la Beatriz de Dante. Se reencuentra allí esa misma búsqueda de lo inaccesible a través de alguien completamente concreto. Esa tensión hacia la inaccesibilidad se explica porque es algo que nos llama más allá de nuestras fronteras, más allá de nosotros mismos. Ha sido expresado a menudo por diferentes aforismos o sapiencias, entre ellas esta tradición llamada profética: «Quien ama, permanece casto y muere sin haber traicionado su secreto, ese muere como testigo verídico».
Hay que decir, sin embargo, que la inaccesibilidad, en este caso, no significa irrealidad. Porque lo que está en juego, lo que se expresa a través de esa dimensión del amor, es el hecho de que, aun cuando nuestras relaciones sean las más próximas posible, aunque se trate de relaciones de proximidad directa, hay en cada ser con el que estamos en relación en esa dimensión una dimensión del misterio, una dimensión de lo inaccesible divino, que constituye el secreto que nos liga a él. La proximidad exterior más grande posible no debe en modo alguno agotar esa parte de inaccesibilidad, esa parte de secreto divino que hay en el otro. De ahí esa tradición que se ha traducido por el amor de la «dama de la torre» en la cultura occidental, y por todas las formas de la poesía cortés espiritual en la cultura oriental. En esa tradición, el amante es sometido a pruebas que establecen claramente que lo que ama en el otro no es simplemente un reflejo de sí mismo, sino su esencia espiritual que lo atrae más allá de él mismo.
El amor verdadero no deja nada
En el sufismo se expresan muchas cosas con historias, en particular las de un personaje excéntrico y bufón, Nasruddin.
Se cuenta que Nasruddin era juez en un pueblo cuando alguien que pasaba cerca de ese pueblo es despojado por unos beduinos. La víctima va entonces a ver al juez del pueblo y le dice: «Los ladrones de vuestro pueblo me han despojado». «Cuando te despojaron, le pregunta entonces Nasruddin, ¿llevabas esa camisa que llevas ahora?». «Sí, responde la víctima, es lo único que me han dejado». «No son, pues, los nuestros, concluye Nasruddin: ¡si hubieran sido los nuestros, no te habrían dejado nada!».
Del mismo modo, el amor verdadero no deja nada, nos despoja de todo. Ningún reflejo de nuestro yo subsiste, todo queda consumido.
Ese amor, que no es el reflejo de uno mismo sino que es amor verdadero del otro en su alteridad, en su esencia espiritual, ese amor es la verdadera compasión. Quienes reciben ese amor, quienes reciben esa compasión la sienten como tal, porque la compasión encuentra todo su sentido cuando se dirige de una manera específica, profunda, a quien la recibe. Y no puede haber ahí subterfugio. Todo se sabe, todo se siente. Qué importan los actos exteriores: lo que importa son los actos interiores y su significación. Y es esa significación la que guía, como un soplo de sinceridad, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestros actos.
Faouzi Skali




