'Abd al-Qâdir al-Jîlânî, el fundador
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La vía Qadiriya Boutchichiya se inscribe en el patrimonio espiritual del islam y extrae su enseñanza de una estirpe de maestros que, desde hace casi un milenio, han guiado a un número incalculable de hombres y mujeres en busca de lo esencial. Retomamos aquí el itinerario de ocho de ellos, cuya influencia resultó particularmente decisiva.
’Abd al-Qâdir al-Jîlânî nació en 1077 en el norte del actual Irán, en la región de Jilân que bordea el mar Caspio. Procedía de una familia descendiente del Profeta Muhammad, a la vez por Hasan y por Husayn, los dos hijos de ’Alî y Fâtima. Cuentan las leyendas que salió del vientre de su madre en un día del mes de Ramadán, y que se negó a tomar el pecho antes de la puesta del sol. Durante su infancia, varios signos atestiguaron que el joven ’Abd al-Qâdir estaba prometido a una gran elevación espiritual. Estaba dotado de visiones espirituales fuera de lo común, que le hicieron comprender que no estaba destinado a permanecer junto a sus padres en su tierra natal.
La partida hacia Bagdad
A los 18 años, tras recibir una nueva indicación interior muy clara, partió hacia Bagdad con el propósito de formarse en las ciencias religiosas y de entrar en contacto con las santas figuras de su época. En el curso de ese mismo año, el célebre teólogo al-Ghazâlî conoció una crisis existencial profundísima, que lo llevó a renunciar a su cátedra en la universidad de Bagdad para partir en busca de una enseñanza espiritual. El joven ’Abd al-Qâdir vivía en gran pobreza, sin domicilio, buscando su alimento entre los desperdicios recogidos en los mercados. A pesar de esas condiciones precarias, se consagró por entero al estudio de las ciencias tradicionales, y buscaba a los mejores maestros en cada disciplina. En esa época practicaba intensamente la repetición de los nombres divinos, el dhikr, y más particularmente el versículo: «En verdad, tras la dificultad viene la facilidad» (Corán XCIV, 5-6).
Aun habiendo adquirido la maestría de trece disciplinas en el dominio de las ciencias exotéricas, fue despertado a la vía del sufismo por Hammâd al-Dabbâs, y recibió finalmente la iniciación del shaykh Mubârak Sa’îd, que se convirtió en su guía espiritual. Por su conducto, ’Abd al-Qâdir recibía la herencia espiritual de sufíes ilustres como Shiblî (861-946), Junayd (830-911) y Hasan al-Basrî (642-728), mencionados en la cadena de transmisión de la vía, la tarîqa, que remonta hasta el profeta Muhammad. Siguiendo las indicaciones de su guía, ’Abd al-Qâdir abandonó la ciudad y consagró luego una veintena de años a la errancia y al retiro en el desierto, meditando la palabra de su maestro: «El camino más corto que lleva al hombre a Dios es amarlo». El repliegue integral del mundo constituía entonces una etapa indispensable en el camino de la purificación del alma.
Muhyiddin, el vivificador de la religión
Hacia el año 1120 recibió la indicación de volver a la capital para hacer beneficiar al mayor número de los frutos de su grado de realización espiritual. Reapareció entonces en Bagdad y se reveló muy pronto como un predicador fuera de serie. Adquirió el sobrenombre de «Muhyiddin», el vivificador de la religión, en circunstancias bien particulares. De regreso de un corto viaje, ’Abd al-Qâdir caminaba por la ruta de Bagdad cuando divisó, tendido en el camino, a un hombre en tal estado de debilidad que parecía a punto de rendir el alma. El desconocido lo saludó y le hizo señas de acercarse. Nuestro viajero se aproximó, y fue entonces cuando se operó una extraña transformación: el moribundo parecía recobrar fuerzas a medida que el santo se acercaba a él. Logró incorporarse, su mirada recobró el brillo, los colores de la vida reaparecieron en sus mejillas y en sus labios, sus miembros recobraron fuerza y vigor. Dirigiéndole entonces la palabra, aquel hombre le preguntó: «¿No me has reconocido?». Ante la respuesta negativa de ’Abd al-Qâdir, prosiguió: «En realidad, soy la religión. Habría quedado inerte, paralizada, expirante, si Dios no te hubiera creado para venir en mi socorro: ¡tú eres mi Muhyiddin! Tal será de ahora en adelante tu nombre».
A la edad de cincuenta años recibió la autorización para convertirse en el maestro espiritual de la tarîqa a la que estaba adscrito. Fue entonces reconocido como la fuente hacia la que debían volverse todos los corazones habitados por un deseo ardiente para encontrar guía e iluminación. Al cabo de algunos años, el número de oyentes que asistían a sus sermones se hizo considerable, y hubo que trasladar varias veces el lugar de sus intervenciones para poder acoger a toda la asamblea. Las personalidades más destacadas le testimoniaban un profundo respeto, incluidos los califas e incluso los pensadores recelosos de la mística. Entre sus oyentes, algunos deseaban prolongar su búsqueda y recibían de sus manos la iniciación que permitía hacerse discípulo de la vía.
La prueba de los cien sabios
Se refiere una anécdota edificante a propósito de los carismas de que estaba dotado ’Abd al-Qâdir. Un día, una delegación de un centenar de sabios de Bagdad vino a visitarlo con la intención de someterlo a una suerte de examen. ’Abd al-Qâdir los recibió a todos con cortesía y benevolencia. En el momento en que esos eminentes señores debían tomar la palabra, nadie logró sacar la menor palabra de su boca. El silencio se prolongó, impresionante y aplastante, sin que ninguno de los sabios pudiera romperlo. ’Abd al-Qâdir tomó entonces la palabra con dulzura, y dio la explicación teológica y jurídica precisa que cada uno de los miembros de la delegación esperaba sin haber podido formularla. Tras hacer las paces consigo mismos, los sabios no tuvieron más que retirarse, disipado todo género de dudas sobre la legitimidad de la enseñanza de su anfitrión. A raíz de este acontecimiento, la notoriedad de ’Abd al-Qâdir creció aún más, y se reunieron fondos para construir una vasta escuela para los estudiantes y una zâwiya (centro espiritual) para los discípulos de la vía. ’Abd al-Qâdir consagró el resto de su larga vida a enseñar y a educar sin descanso; lo rodeaba una numerosa familia. Los preceptos de la zâwiya se fundaban en la humildad, la tolerancia, la caridad y la pobreza. Las ofrendas recibidas se destinaban íntegramente al funcionamiento del establecimiento, en particular a la acogida gratuita de los alumnos, los necesitados y los viajeros.
El nacimiento de la Qâdiriyya
Hacia el final de su vida, ’Abd al-Qâdir era considerado el polo espiritual de su época, y su influencia rebasaba con mucho las fronteras de Irak. Con todo, ’Abd al-Qâdir no fundó en vida una vía específica que llevara su nombre. En 1166 murió a edad avanzada y recibió de todos los bagdadíes un homenaje muy emocionado. Poco después de su muerte, sus dieciséis hijos edificaron, junto a su zâwiya y a la escuela donde enseñaba, una mezquita y un mausoleo que acogió los restos de su padre. El secreto espiritual, el sirr, del que era depositario ’Abd al-Qâdir, fue en adelante conservado y transmitido a través de la vía Qâdiriyya, que se convirtió en la primera estirpe prestigiosa de santos reconocidos y estimados. Se extendió después más allá de Oriente Próximo y logró implantarse en países como la India, el Turquestán, Arabia, Egipto, el norte de África, y luego en Asia y por todo el continente africano. La tarîqa Qâdiriyya es todavía hoy la vía más extendida del mundo musulmán.




