La peregrinación perpetua (2/2): muerte iniciática y peregrinación interior
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La tensión de los fieles musulmanes hacia el Uno se expresa por su himma, o «aspiración concentrativa», hacia el Centro. Uno de los secretos de la peregrinación, según al-Ghazâlî (1058-1111), reside en esos instantes de comunión de los pensamientos y de las invocaciones que son dirigidos a Dios durante la «estación» en ’Arafa. La himma es allí tal que provoca, se dice, la precipitación de la lluvia de la misericordia. De hecho, en ese clima desértico, el tiempo está a menudo cubierto, incluso lluvioso, el día de ’Arafa.
Continuación de La peregrinación perpetua (1/2).
La peregrinación, disolución en la unicidad divina
«Los peregrinos, decía el Profeta, son los huéspedes de Dios». Vienen en respuesta a la llamada divina. Es el sentido de la talbiya: «¡Heme aquí ante Ti, oh Dios mío, heme aquí ante Ti! No tienes asociado. La alabanza, el beneficio así como la realeza Te pertenecen. No tienes asociado». Esa fórmula debe ser pronunciada en voz alta para romper el olvido y la lejanía que son la condición habitual del ser humano. En efecto, según una tradición, los hombres habrían sido llamados «an-nâs» porque olvidaron (nisyân) la alianza que concluyeron con Dios.
Como induce la fórmula de la talbiya, el «yo» del peregrino es convocado de etapa en etapa por el «Tú» divino. Del mismo modo que la víctima sacrificial es llevada con dulzura por el peregrino para ser inmolada, el «yo» del peregrino es él también inmolado en nombre del tawhîd, la unicidad divina. El ser liberado se escapa entonces de la envoltura del yo, como Ismaíl levantándose por el rescate del carnero.
Así, la peregrinación es muerte y resurrección. En la sharî’a misma se pide al fiel, antes de partir hacia La Meca, que ajuste sus deudas y repare sus agravios: yendo hacia la muerte iniciática, el peregrino ya no volverá jamás a su estado inicial. Envueltos en sus vestiduras de ihrâm que evocan sudarios, los peregrinos se ven tales como serán el día del juicio, salidos de su tumba para comparecer ante Dios. De hecho, cuando mueren de su muerte fisiológica, los musulmanes se hacen a menudo enterrar enrollados en el hábito de ihrâm que revistieron en La Meca.
El peregrino se funde, pues, en la unicidad divina. «Toda cosa vuelve a Dios», advierte el Corán (III, 109). La aniquilación del ego humano se materializa bien evidentemente en el tawâf, porque las circunvalaciones del peregrino alrededor de la Kaaba son las de la nada existencial (al-’adam) del hombre alrededor de la única Realidad verdadera: el Ser de Dios. Pero esa extinción en Dios toma toda su significación en ’Arafa, inmensa llanura desértica desde donde la vista se escapa sobre austeras montañas. En esa tierra de nadie, en el sentido literal de la expresión, ya no se está en un entorno familiar, sino sobre algún planeta lejano. Es la impresión que se siente al visitar el lugar fuera de la época del hajj. Cuando se ve ’Arafa durante la peregrinación, la densidad de la muchedumbre vuelve el sitio irreconocible.
«La peregrinación es ’Arafa»
El Profeta Muhammad resumió la preeminencia de ’Arafa así: «La peregrinación es ’Arafa». La «estación» (wuqûf) en ’Arafa, durante al menos algunos instantes, el 9 del mes de Dhû l-hiyya, es el único elemento ritual indispensable para que la peregrinación sea validada. «Ciertos pecados, asegura aún el Profeta, no son perdonados más que en ’Arafa». La llanura de ’Arafa es de hecho un lugar metafísico, y por tanto un no-lugar físico; por esa razón sin duda, no forma parte, y contra toda espera, del territorio sagrado (haram). En ’Arafa, la teofanía divina no está ligada a ninguna forma particular, mientras que en La Meca tiene por sede el templo santo, la «Casa de Dios». En ’Arafa no hay el menor soporte, árbol, memorial, construcción u otro; hay justo ese cara a cara despojado y grandioso del creyente con el Absoluto. ’Arafa prefigura el día de la resurrección más que cualquier otra fase de la peregrinación; la invocación siguiente, que se recita durante la «estación», alude a ello directamente: «¡Dios mío, sombréanos bajo Tu Trono, el día en que no habrá otra sombra que Tu sombra!». La estación en ’Arafa es la del conocimiento (al-ma’rifa), término de la misma raíz que ’Arafa. Aquí más que en otra parte, la ma’rifa apunta al conocimiento del Uno (al-Ahad).
La peregrinación interior
Esta peregrinación hacia el centro del mundo es simultáneamente un viaje hacia el centro del propio ser. ¿No se dice en el Corán: «Estamos más cerca del hombre que su propia vena yugular» (L, 16)? Mientras practican con fervor los ritos de la peregrinación, los musulmanes deben tomar la Kaaba por lo que es: un simple soporte de adoración. Se conoce la propensión del islam al despojamiento. Rastreando toda huella de idolatría, el califa ’Umar, segundo sucesor de Muhammad, había ya afirmado que no besaría la Piedra negra si no hubiera visto al Profeta hacerlo. He aquí a Rabi’a al-’Adawiyya, santa del Irak del siglo VIII y cantora del amor divino, que, en el camino de la peregrinación, vio venir hacia ella la Kaaba: «Lo que me hace falta, dijo, es el Dueño de la Kaaba y no la Kaaba; ¿qué tengo que hacer con ella?». Numerosos místicos llamaron así a la peregrinación interior; en consecuencia, los doctores de la Ley los sospechaban de volver caduca la obligación de la peregrinación exterior. Es uno de los cargos de acusación retenidos contra al-Hallây (857-922). ¿No había escrito estos versos: «Las gentes tienen una peregrinación, y yo tengo mi peregrinación hacia mi casa. Ellos sacrifican animales, yo sacrifico mi alma y mi sangre. Hay hombres que procesionan, pero no con su cuerpo. Procesionan alrededor de Dios, que los ha dispensado de ir al santuario»? Rûmî (1207-1273), fundador de la cofradía de los mevleví, los célebres derviches giróvagos, proclamaba a su vez: «¡Oh vosotros que partís hacia la peregrinación, adónde vais? El Bienamado está aquí. ¡Venid! ¡Venid!»1
A propósito de la peregrinación interior, Ibn ’Arabî (1165-1240) comenta una famosa palabra atribuida ora a Muhammad, ora a ’Alî: «Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor». «Al ponerte en búsqueda de la Casa de Dios, te pones en búsqueda de ti mismo; cuando llegas cerca de ti mismo, sabes quién eres; cuando sabes quién eres, conoces a tu Señor; y sabes si eres Él o si no eres Él: es entonces cuando obtienes la ciencia verdadera».
Hoy en día, y a causa del flujo siempre creciente de peregrinos, el hajj es verdaderamente una prueba. Se oye decir a menudo que la ’umra, la pequeña peregrinación que se puede cumplir fuera de los grandes movimientos de multitud, es, en comparación, «miel». Por lo demás, el carácter probante del hajj le es consustancial, puesto que este no tiene otro fin que la purificación y la muerte iniciática del ego humano: «¡Morid antes de morir!», había dicho el Profeta Muhammad. De hecho, la prueba que constituye el hajj está a la medida de la posición cíclica final en la que nos encontramos: para el islam, última religión revelada para esta humanidad, el hombre conoce actualmente una lejanía máxima respecto del estado paradisíaco. La talbiya formulada por el peregrino apunta precisamente a renovar el pacto primordial (mîthâq) sellado entre Dios y los hombres.
Eric Geoffroy, publicado con la amable autorización de la revista «Parfaire l’homme».

Para ir más lejos
- La peregrinación perpetua (1/2)
- Rabi’a al-’Adawiyya, cantora del amor
- El viaje del alma: las siete estaciones
Footnotes
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Las afirmaciones de Rabi’a, de al-Hallây y de Rûmî apuntan a una toma de conciencia del sentido profundo de la peregrinación, y no a poner en cuestión la validez y la legitimidad de ese ritual que es el quinto pilar de la religión musulmana. ↩




