Algunos símbolos de la oración en el islam
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La oración en el islam fue revelada al Profeta (que Dios ore sobre él y le dé la paz) por el arcángel Gabriel. Constituye un ritual divino, es decir, un conjunto de símbolos de fuente trascendente, que poner en acción, ejecutar de manera rigurosa. Esa puesta en práctica está destinada a transformar la interioridad de la persona que la cumple.
Los gestos de la oración representan y sintetizan las principales etapas del camino espiritual, del gran combate interior: el combate contra las tendencias negativas del alma.
Un espacio y un tiempo sacralizados
La alfombra de oración es un espacio sagrado que se inviste tras haber hecho las abluciones, las purificaciones rituales, y tras haberse quitado los zapatos. Eso recuerda el episodio del profeta Moisés, la paz sea sobre él, a quien se le pidió quitarse sus dos sandalias antes de continuar su marcha hacia el monte Sinaí. Algunos sufíes han podido decir que quitarse las dos sandalias simboliza el hecho de desapegarse de las preocupaciones de este mundo y del otro mundo, para no apegarse más que a Dios exclusivamente.
El primer takbîr, «Allâhu Akbar», con el gesto que lo acompaña, simboliza también esa orientación exclusiva hacia Dios, el camino recto (as-sirât al-mustaqîm), figurado por la gestualidad de las dos manos que trazan esa vía. El camino recto apunta hacia el centro simbólico del mundo, pero también de nuestro ser interior: La Meca.
Algunos fieles, antes de pronunciar el primer takbîr, efectúan el gesto inverso, sus dos manos rechazando hacia atrás toda preocupación y toda intención otra que Dios.
Orar con los ojos abiertos
La oración se hace con los ojos abiertos, lo que tiene varias significaciones. Como indicaba René Guénon en una de sus correspondencias: «El hecho de orar con los ojos abiertos en el islam me parece explicarse muy naturalmente si se piensa que no se trata de un rito en el que uno deba aislarse, todo lo contrario: la misma necesidad de la orientación hacia un centro común lo indica suficientemente».
Por otra parte, los ojos deben en principio fijarse en el lugar donde el fiel va a prosternarse: debemos tratar de estar siempre focalizados en ese objetivo de la prosternación interior, correspondiente a una etapa esencial del camino.
De la estación de pie a la prosternación: el recorrido del ego
Al comienzo de la oración, el siervo se mantiene de pie, cara a su Señor. Es una dualidad: el Señor, y el siervo que emprende su camino espiritual.
A medida del camino, el dominio del ego comienza a disminuir, por la gracia y por los frutos del gran combate contra el ego: el siervo toma conciencia del Todopoderío divino y de su debilidad. Esa toma de conciencia está simbolizada por el gesto de la inclinación, rukû’: el ego se inclina voluntariamente ante Dios.
Viene luego la prosternación: el ego se borra totalmente en Dios, es el símbolo de la extinción, fanâ’. Ya no hay más que UNO, lâ ilâha illâ Llâh: no hay Realidad sino Dios. Al-Junayd, gran maestro sufí, decía que «el sufismo es cuando Dios te hace morir a ti para hacerte resucitar en Él». Del mismo modo, ciertos hadices autentificados mencionan claramente esa muerte iniciática y ese renacimiento interior: «Morid antes de morir». «Los hombres duermen; cuando mueren, se despiertan». «Si queréis ver a un muerto que camina, entonces mirad a Abû Bakr»: se trata de la muerte de la ilusión de que las cosas existen estando separadas de Dios. Se percibe entonces la unicidad divina en toda cosa, ya no se ve más que a Ella. Notemos bien que, durante esa prosternación, las dos plantas de los pies están orientadas hacia la dirección de esa unicidad divina.
El enderezamiento: subsistir tras la extinción
Tras la prosternación sucede el enderezamiento: es el símbolo de la subsistencia, baqâ’. El corazón permanece interiormente en prosternación, pero el cuerpo se endereza. Es la percepción simultánea del Uno y de Su acción en la multiplicidad de Su creación. El jeque al-’Alâwî explica que es recomendable dejar arrastrar las manos por el suelo cuando uno se levanta de la prosternación para enderezarse: en efecto, el corazón no abandona la visión de la unicidad divina en toda cosa, pero la supera. Se ve a la vez a Dios y Su acción en Sus criaturas, la unidad y la multiplicidad. Eso explica por qué, en esa posición de enderezamiento, un pie sigue orientado hacia la unidad, pero el otro del lado de la multiplicidad.
Para ilustrar mejor esas nociones, se puede tomar la imagen de diferentes objetos hechos de arcilla: se verá primero la diversidad de los objetos, cuencos, platos, cucharas. Es nuestra visión habitual, consistente en ver la creación en toda su diversidad. Se podrá luego percibir que todos esos objetos no tienen en realidad más que un solo constituyente, una sola materia: arcilla. Por fin, se podrá ver simultáneamente la diversidad de los objetos y su constituyente único, la arcilla, que puede tomar todas las formas posibles.
La Fâtiha y las recitaciones en voz alta o en voz baja
La Fâtiha, primera azora del Corán, debe ser obligatoriamente recitada en cada oración ritual. Se puede recordar a este respecto el hadiz que explica que: «Todo lo que está en los libros revelados se encuentra en el Corán. Todo lo que está en el Corán se encuentra en la Fâtiha. Todo lo que está en la Fâtiha se encuentra en “Bismi Llâhi-r-Rahmâni-r-Rahîm”, en el nombre de Dios el Clemente el Misericordioso, primer versículo de la Fâtiha. Todo lo que está en “Bismi Llâhi-r-Rahmâni-r-Rahîm” se encuentra en la letra Bâ’, ella misma contenida en el punto que está debajo de ella».
Ciertas oraciones se recitan en voz baja, otras en voz alta. Se puede aquí remitir al emir ’Abd al-Qâdir, que nos ilumina sobre el sentido de esa regla: «La Realidad total se reparte entre la no-manifestación, que es lo propio de la Esencia divina, y la Manifestación, que es el privilegio de los Nombres divinos». «La recitación en voz alta es Manifestación. Ha sido pues prescrita a quien ora de noche, a fin de que las tinieblas del no-manifestado no se apoderen totalmente de él».
«Siendo la recitación en voz baja no-manifestación, ha sido prescrita a quien ora de día, a fin de que conserve un vínculo con el grado de la no-manifestación de la Esencia divina».
«Así, al día, que es Manifestación, ha sido atribuida la recitación en voz baja, que es no-manifestación. Mientras que a la noche, que es no-manifestada, era atribuida la recitación en voz alta, que es manifestación. En cuanto a las dos oraciones rituales de la puesta del sol y de la noche, se sitúan entre la noche y el día. Está pues prescrito en esas dos oraciones juntar la recitación en voz alta y la recitación en voz baja. Si, en esas dos oraciones, la recitación en voz alta debe preceder a la recitación en voz baja, es que el fiel se dispone a acoger la noche, símbolo de la Esencia no-manifestada».
Se puede notar que la misma correspondencia se aplica durante el mes de Ramadán, durante el cual el ayuno, correspondiente a la no-manifestación, es efectuado de día, entre la salida y la puesta del sol. La ruptura del ayuno tiene lugar cuando cae la noche, hasta la salida del sol.
Prototipos celestes
Como escribe Faouzi Skali: «En el islam, todos los ritos tienen prototipos celestes, cósmicos, que ligan cada gesto a una celebración propia del mundo espiritual. Esos rituales simbolizan una visión según la cual todo ser está integrado en un orden universal, en una alabanza cósmica».
Se puede notar a este respecto que las diferentes posiciones de la oración reproducen las letras árabes del nombre «Ahmad», el prototipo del nombre del Profeta Muhammad (paz y saludo sobre él) en el mundo celeste: la posición de pie para el «alif», la inclinación para la «hâ’», la prosternación para el «mîm» y el enderezamiento para el «dâl».
Se puede por fin notar que los tiempos de la oración se desarrollan en períodos cada vez más próximos a medida que avanza la jornada. Del mismo modo, el Corán comienza por las azoras más largas y se termina por las más cortas: se podría ver ahí un símbolo de la aceleración del tiempo que aumenta sin cesar durante nuestro período cíclico, una alusión a la contracción progresiva del tiempo y del espacio que ciertos hadices mencionan.
No son ahí más que algunas explicaciones simbólicas que se sugieren, algunas alusiones rápidas: como para todo símbolo de fuente divina, una cantidad de otras interpretaciones podrían ser extraídas de ese ritual de la oración. A cada uno abrir su corazón a todas esas significaciones.
Y Dios es más sabio.

