El sabor de las prácticas espirituales
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En el transcurso del caminar espiritual, los actos rituales se vuelven como un alimento, una verdadera fuente de vida que transforma nuestra existencia y la interioridad de nuestro ser.
Tras la muerte del santo sufí Junayd, apodado «el sultán de la asamblea espiritual», uno de sus discípulos, Ja’far Juldî, lo vio en sueños y le preguntó qué había hecho Dios de él. Junayd le respondió: «Las bellas frases fueron vanas y las fórmulas misteriosas resultaron estériles. Nada nos fue útil salvo las pocas prosternaciones cumplidas en el seno mismo de la noche». Esto puede compararse con esa oración del propio Profeta, que imploraba: «Oh Dios mío, protégeme de toda ciencia inútil». En efecto, lo que se llama la ciencia útil es la que se pone en práctica. De nada sirve acumular conocimientos sobre la religión si estos no van seguidos de una puesta en práctica.
Un día, los habitantes de un pequeño pueblo decidieron nombrar a Nasruddin imán de su mezquita. El viernes vino, pues, a hacer su primer sermón, y este era tan claro, tan cautivador y tan bien construido, que cada uno quedó impresionado y vino a felicitarlo tras el oficio. El viernes siguiente subió de nuevo al púlpito y rehizo muy exactamente el mismo discurso. Los habitantes se preguntaron en qué medida había olvidado que ya les había hecho ese sermón, pero no se atrevieron a preguntárselo. En cambio, cuando rehizo una vez más el mismo sermón el viernes siguiente, vinieron en delegación a explicarle el hecho y a preguntarle cuándo pasaría a otra cosa. Su respuesta fue de lo más simple: «¡Pasaré a otra cosa en cuanto hayáis puesto en práctica lo que vengo a deciros!».
Una experiencia cotidiana
El islam es una religión ante todo experiencial: su sentido no reside en las palabras, y solo un vivir cotidiano puede revelar su sabor. Pero esa puesta en práctica tampoco debe convertirse en un fin en sí misma, porque la meta está más allá. El dedo solo sirve para mostrar la luna: se trata de mirar lo que nos indica, y no de mirarlo a él. Peor aún, no se trata de hacer de ello un instrumento de juicio, con miras a adquirir un poder sobre los demás. El trabajo espiritual tiene por fin hacer evolucionar nuestra relación con el mundo, no intentando cambiar el mundo, sino modificando progresivamente la percepción que se tiene de él.
En esta óptica, la puesta en marcha de ciertos elementos nos será de una ayuda considerable, al exponer el corazón a lo que a veces se llama el Soplo del Misericordioso, es decir, efluvios espirituales que van a la vez a nutrirlo y a purificarlo. Es por un recentrado progresivo del conjunto del ser sobre la percepción del corazón que podrán sobrevenir en nuestro fuero interno las aperturas y los estados espirituales que nos conducirán por ese camino. Esos estados pueden vivirse a diferentes niveles. Así, la gratitud puede expresarse con la lengua, cuando se piensa en agradecer a Dios lo que nos da cada día. Es ya una primera etapa. Pero si ese estado se amplifica y se desarrolla en profundidad, entonces vendrá la necesidad de sacar las consecuencias y de ponerse a Su servicio, en particular por el respeto de Sus prescripciones, a fin de «poner en actos» el propio reconocimiento. Más profundamente aún, la gratitud del corazón consistirá en ver siempre al Donador detrás del beneficio, y en reconocer que todo viene de Dios, más allá de los diversos medios por los que Sus dones nos llegan.
Lo mismo vale para los actos rituales. En un cierto momento del caminar, esas prácticas se convierten en una verdadera fuente de vida que transforma el conjunto de nuestra existencia. La oración ya no se vive como un deber o como una obligación, sino como la ocasión de reencontrarse, de reponerse. Ruptura en el curso del tiempo, es un instante de retorno que permite recobrar fuerzas volviendo a lo esencial.
Las prácticas del islam se fundan en cinco pilares: el doble testimonio (de que no hay divinidad sino Dios y de que Muhammad es el Enviado de Allah), la oración, la limosna legal, el ayuno del mes de Ramadán y la peregrinación a La Meca. La puesta en práctica de esos cinco pilares pretende acercarnos a nuestra naturaleza originaria, poniéndonos en disposición de recibir mediante un trabajo de purificación interior.
El doble testimonio recuerda a nuestro ego que no es el único amo a bordo, sino que es Dios quien lleva las riendas de nuestra existencia. La negación de todos nuestros ídolos interiores, que demasiado a menudo tendemos, incluso a pesar nuestro, a tratar como divinidades, se prolonga en la afirmación de la unicidad divina. En cuanto al reconocimiento de la misión atribuida al Profeta Muhammad, equivale a reconocer la posibilidad de un camino de retorno hacia Dios, y por tanto el hecho de que nuestra existencia tiene un sentido. Este doble testimonio constituye los cimientos de la fe musulmana. Para hacerse musulmán basta, por lo demás, con aceptar pronunciarlo. Nótese que no se trata de adherirse simplemente a una idea o a una creencia, sino de pronunciar con la lengua, en árabe, las palabras que Dios nos ha revelado para formular ese testimonio. La participación del cuerpo es, pues, una vez más necesaria, de la misma manera que cuando se invoca a Dios, o que se recita una azora del Corán en voz baja durante la oración. La lengua pronuncia siempre las palabras, sea de manera audible o no. Y se recomienda invocar a Dios con las palabras que Él mismo nos enseñó, en la lengua que eligió para dirigirse a nosotros en ese momento.
Se dice que el sonido arrastra el sentido, y es llamativo constatar hasta qué punto la lectura del Corán en lengua árabe, incluso cuando no se comprende esa lengua, puede sumir a ciertas personas en estados espirituales muy profundos. Se tiene entonces la impresión de que el cerebro no comprende, pero de que el corazón sí comprende, más allá de la barrera de la lengua.
Inmersión en una dimensión cósmica
La mayoría de los rituales del islam están ligados al movimiento de los astros en el cielo. En función de la posición del sol en el cielo, los horarios de las oraciones se desplazan en la jornada a lo largo de las estaciones, ampliándose su amplitud en verano para estrecharse en invierno. De la misma manera, el mes de Ramadán se desplaza a lo largo del año, esta vez en relación con el calendario lunar. Siendo los meses lunares de 29 o 30 días, el año lunar cuenta 11 días menos que el año solar. Un mismo ritual puede situarse, pues, en el curso del tiempo en diferentes momentos del año: la oración de la tarde tiene lugar a las 17 horas en invierno y a las 21 en verano, y el mes sagrado de Ramadán puede situarse, según los años, en pleno invierno lo mismo que en pleno verano. Todos estos elementos contribuyen a anclar a los musulmanes en una percepción del tiempo cósmico, de carácter cíclico evidente para todos.
Partiendo siempre de lo que somos, la oración está inscrita en un contexto espaciotemporal preciso. Se hace a las horas fijadas por Dios, y no según nuestro capricho. Está siempre orientada en la dirección de La Meca, sea cual sea el lugar del mundo donde se esté. Se tratará, pues, a veces de colocarse hacia el Sur, y a veces hacia el Este, o incluso hacia el Norte, según el lugar donde se esté llamado a orar. Está precedida por las abluciones, que buscan recobrar una pureza ritual. No hay que confundir, por lo demás, pureza y limpieza. Aunque las abluciones se hagan lo más a menudo con agua, y aunque la pureza ritual induzca una cierta limpieza, se trata según las palabras del Profeta de «revestir el hábito de luz», lo que va mucho más allá de una simple limpieza. Materias naturales como el barro o la arena no se consideran, por lo demás, impuras, y su contacto no invalida las abluciones. Se trata también, a nivel del alma, de ponerse en disposición de recibir, de hacerse disponible para ese coloquio espiritual que es la oración, o también de ponerse «en el espíritu» de la oración.
La limosna nos enseña a desapegarnos de los bienes materiales, y a realizar la gracia que se nos hace de poder disponer de algo que dar. Se dice que toda cosa tiene su limosna, que sirve para purificarla, y que la limosna del cuerpo es el ayuno. La habitación de invitados se considera la limosna de una casa. La limosna legal pretende, pues, purificar los bienes que hemos recibido. Nos recuerda que esos bienes nos han sido atribuidos por la gracia de Dios, y que no han sido adquiridos por nuestro solo mérito. El hecho de retroceder una parte a Dios equivale a reconocer al Donador detrás de esos beneficios, y permite también poner en obra una solidaridad necesaria con los más pobres entre los creyentes. El producto de esa limosna se atribuye, en efecto, a ocho categorías bien precisas de individuos, empezando por los más necesitados.
El ayuno del mes de Ramadán nos recuerda nuestra honda dependencia respecto de nuestro cuerpo, y por tanto respecto de su Creador. Cada año, durante 29 o 30 días, varios centenares de millones de musulmanes del mundo entero ayunan entre el alba y el crepúsculo. Hombres o mujeres, jóvenes o viejos, pobres o ricos, todos los musulmanes de los cinco continentes ayunan, en el mismo momento del año, de la misma manera. Todo ello procura una cierta sensación de unidad y de pertenencia, en esa ferviente búsqueda del retorno a nuestro estado originario.
Durante esas horas de ayuno está estrictamente prohibido absorber la más mínima comida, la más mínima bebida, o tener relaciones íntimas entre esposos. El conjunto de nuestra vida queda trastocado por esa ruptura de los hábitos. Sin las comidas para ritmarlas, las jornadas parecen alargarse y hacerse disponibles para la adoración de Dios. Aligerado, el cuerpo es menos pesado, más propenso a los sentimientos interiores.
Un intercambio entre el célebre califa abasí Hârûn ar-Rashîd y su consejero, Ibn as-Sammâk, es un ejemplo revelador, entre otros, de la importancia de la comida. Habiendo pedido el califa que se le sirviera agua, Ibn as-Sammâk preguntó:
«Oh príncipe de los creyentes, si esta bebida te fuera negada, ¿qué darías por obtenerla?
«Daría hasta mi reino entero», respondió él.
«Oh príncipe de los creyentes, si no pudieras eliminar esa agua de tu cuerpo, ¿qué sacrificarías para poder hacerlo?», prosiguió el otro.
«Cedería hasta mi reino entero», volvió a responder.
«¿Cómo, pues, oh príncipe de los creyentes, puede uno alegrarse de poseer un reino que no vale ni unos sorbos de agua, ni un poco de orina?»
Esto muestra toda la importancia del cuerpo, y permite relativizar bien de las cosas.
El mes de Ramadán es también el mes en que el Corán descendió, todo entero increado, al corazón del Profeta Muhammad. Es decir que en el curso de una noche de ese mes, el Profeta recibió la visita del arcángel Gabriel, que le pidió leer, a él que era iletrado. Y le fue dado leer, finalmente, lo que se había inscrito en su propio corazón. Se dice que el Corán descendió de una sola vez a su corazón en esa noche particular, y ello aunque sus versículos no se actualizaron más que poco a poco a lo largo del tiempo, durante los años que siguieron. Aquí también, el espíritu tomó la forma de letras para hacerse comprender de los hombres y devolverlos al camino de su Creador.
Último pilar del islam, la peregrinación se presenta como una muerte iniciática, un símbolo de ese camino de retorno en el que todos estamos comprometidos. Para acudir a ella, al menos una vez en la vida para quienes tienen la posibilidad física y material, hay que arreglar todos los asuntos como si se emprendiera el último viaje. El musulmán sacraliza su cuerpo, reviste una tenida de una sola pieza de tela no cosida, símbolo de pureza, y se presenta ante Dios para ponerse a su servicio, lanzando ese solo grito: «¡Aquí estoy!». El ritual de la peregrinación es extremadamente preciso y detallado, tanto en los movimientos como en los gestos o las palabras a cumplir. Liberada de los imperativos de elección, el alma puede consagrarse entera a la contemplación.
La eternidad en el instante
Así, las prácticas espirituales, que son otras tantas formas de invocación de Dios, parten siempre del cuerpo, del aquí y ahora, para lanzarse hacia Dios y hacia la eternidad. La eternidad no es de este mundo; no se puede gustar verdaderamente más que en el fondo del instante que pasa. En efecto, cada instante contiene la Presencia divina, pero es el hombre quien está ausente de ella. Sumergiéndose en el instante, se alcanza lo eterno. Si el recuerdo puede evocar el pasado en el presente, es porque el presente contiene virtualmente toda la extensión del tiempo. Y es eso lo que realiza la invocación: en lugar de remitirse horizontalmente al pasado, se dirige verticalmente a la Esencia que rige el pasado como el porvenir.
Se podría decir lo mismo de cada práctica ritual: la inmersión del alma en el fondo del instante permite renovar el contacto con lo divino, y por ello, con la eternidad. El hecho mismo de borrar nuestro ego permite a la conciencia abrirse y ser de nuevo irradiada por las Luces divinas.
Ese mecanismo del retorno hacia Dios es, por lo demás, una constante en el islam. El arrepentimiento no es sinónimo de culpabilización, y no hay redención que buscar. Se trata simplemente, y en todos los casos, de volver a Dios. El Corán nos dice que Dios es Quien vuelve sin cesar hacia el pecador arrepentido, e incita a este a hacer lo propio. Es, por lo demás, ese retorno, en su modalidad última, el que evoca la fórmula sacramental que se pronuncia cuando uno se encuentra confrontado a la muerte de un prójimo: «En verdad, somos de Dios, y a Él retornamos».
El amor humano es un reflejo nostálgico de ese Amor absoluto que abrasa el corazón del siervo de Dios y lo transforma en cenizas. El secreto de la espiritualidad islámica reside, en efecto, en la servidumbre honda, ontológica, del hombre respecto de Dios. Cuanto más nos remitimos a Él, más nos toma a cargo; cuanto más nos desprendemos de nosotros mismos, más nos inviste; cuanto más nos rebajamos, más nos eleva. Las prácticas van en el sentido de ese despojamiento interior. Se trata de adoptar una actitud plenamente activa, pero sin reclamar el resultado de nuestras acciones. Es tan esencial actuar en el sentido de lo que nos parece justo como aceptar por anticipado el hecho de que el resultado de nuestras acciones sea diferente del esperado.
Para quien está así consumido de Amor, la muerte física ya no tiene el mismo sentido. Si el alma acompaña necesariamente al cuerpo, al que confiere el movimiento, el espíritu es la fuente de la vida: cuando sale del cuerpo, la vida se apaga. Es cuando el alma, en vida del cuerpo, se desposa con el espíritu y se funde en él, que se habla de muerte iniciática o de liberación.
Para quienes han percibido el proceso de perfeccionamiento del alma y han recorrido sus etapas, su alma tiene conciencia del lugar que le está reservado, y la muerte, es decir, el momento en que el espíritu «ar-rûh» abandona su prisión, es tan dulce que les procura un éxtasis espiritual indescriptible. Liberada de su cárcel, el alma se siente entonces ligera y libre, es esperada y acogida en el mundo espiritual.
Es verdad que Dios está en todas partes, pero permanece velado para quienes no se han purificado. Mientras no hayamos encontrado a Dios en nosotros mismos, no debemos esperar encontrarlo en otra parte. Tal es el sentido de nuestra vida, ese rebasamiento sin fin en la búsqueda del Único.
Bruno Dassa





