De la necesidad de un maestro, según Ibn Jaldûn
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A propósito de la obra de Ibn Jaldûn «La respuesta satisfactoria para quien busca elucidar las cuestiones» (Shifâ’ as-sâ’il li-tahdhîb al-masâ’il)1.
La tradición islámica está asaltada de manera creciente por teorías nuevas que se presentan como el verdadero islam, si no el único posible. Nos parece crucial hacer valer lo que la tradición islámica encierra de auténtico y volver a fuentes seguras e incontestadas para encontrar elementos de respuesta a ciertas preguntas o cuestionamientos contemporáneos. Así, algunos impugnan la validez del sufismo y rechazan la noción de maestro espiritual, por ser una forma de asociacionismo2. Como puede imaginarse, los musulmanes no han esperado al nacimiento del wahabismo en el siglo XVIII para ocuparse de esta cuestión, de la manera más detallada y más completa posible.
¿Quién era Ibn Jaldûn?
Hacia los años 1372-1374, una cuestión agitaba ya a los creyentes de Granada en el corazón de al-Ándalus: para comprometerse en una vía tan exigente como la que se fija por único fin «la búsqueda del rostro de Dios», ¿es indispensable colocarse bajo la conducción de una guía espiritual? ¿O puede uno dirigirse a sí mismo, contentándose para ello con utilizar individualmente los libros, por lo demás numerosos, que tratan de estos temas?
Para dirimir la cuestión, se pidió su parecer a dos sabios de Fez, Abû-l-’Abbâs Ahmad ibn Qâsim al-Qabbâb e Ibn ’Abbâd de Ronda. Un manuscrito fue redactado y consignó fielmente la discusión y los argumentos intercambiados. Ibn Jaldûn, que se hospedaba entonces en Fez, aportó también su contribución al debate, y esta fue mucho más allá de la cuestión planteada: pues esa contribución no solo versaba sobre la cuestión de la guía, sino que constituía igualmente un verdadero pequeño tratado sobre la naturaleza y la evolución del sufismo. Proponemos aquí presentar ese tratado, y más particularmente la parte consagrada a la noción de guía.
’Abd ar-Rahmân ibn Muhammad ibn Jaldûn nació en Túnez en 1332 de la era cristiana. Sirvió como funcionario en la corte de los Meriníes en Fez, antes de verse obligado a instalarse en España. Volvió luego al norte de África, primero a Bugía, luego de nuevo a Fez. Después se instaló en Egipto, al servicio del sultán mameluco, donde llegó a ser el gran cadí del rito malikí. Allí murió en 1406.
Ibn Jaldûn es considerado por los musulmanes y por quienes estudian la civilización islámica como el iniciador y el padre fundador de una ciencia extraña, desconocida hasta entonces, que sería llamada más tarde la sociología. Es también un jurista, un filósofo, un historiador que no tiene equivalente en la historia de los países musulmanes. Es un sabio considerado como quien reúne el rigor, el pragmatismo, la ausencia total de dogmatismo, la racionalidad más pura que la civilización islámica haya podido «producir». Sus dos principales obras son la Muqaddima, tratado monumental sobre la filosofía histórica y la sociología, y el Kitâb al-’Ibar, tratado de historia universal (de las civilizaciones antiguas, persas y romanas, hasta sus contemporáneos).
El tratado de Ibn Jaldûn
El tratado de Ibn Jaldûn que concierne a la relación entre la vía espiritual y la ley divina se intitula La respuesta satisfactoria para quien busca elucidar las cuestiones. Comprende cinco partes.
La primera indica que en el islam las prescripciones divinas son de dos tipos: las relativas al cuerpo y las relativas al corazón. Ibn Jaldûn define a los sufíes como aquellos que conceden una mayor importancia a las prescripciones relativas al corazón, sin que por ello descuiden las relativas al cuerpo.
La segunda parte del tratado distingue los tres grados del combate interior3 contra las propias pasiones:
- el combate por la piedad (muyâhadat at-taqwâ), que corresponde al combate por la búsqueda de la salvación del alma;
- el combate por la rectitud (muyâhadat al-istiqâma), que corresponde a la búsqueda de la felicidad y de los grados más elevados de la morada última;
- por fin el combate por el retiro del velo (muyâhadat al-kashf wa-l-ittilâ’), que corresponde a la búsqueda del conocimiento de las cosas divinas por el levantamiento del velo que separa al ser de la visión divina, y permite la contemplación directa ya desde la vida de aquí abajo.
La tercera parte del tratado se aplica principalmente a explicar la restricción progresiva del sentido del término «sufismo» al último tipo de combate espiritual, el del retiro del velo y la contemplación divina.
En la cuarta parte, Ibn Jaldûn retoma el enunciado de la discusión en la que participó en Fez, y comenta los argumentos y justificaciones intercambiados.
Por fin, la quinta parte está consagrada a la cuestión de la necesidad de la guía espiritual (shaij). Es sobre esa parte que versará el resto de nuestro propósito. Ibn Jaldûn establece ante todo que la necesidad de la guía o maestro espiritual difiere según cuál de los combates interiores evocados más arriba considere el aspirante.
Los casos en que una guía es necesaria
En el caso del combate por la piedad, basta, según el autor, con conocer los preceptos y los decretos de Dios. Para ello, uno puede contentarse con sacarlos de los libros o con aprenderlos junto a un enseñante. Sin embargo, una mayor perfección se alcanza siguiendo las enseñanzas de un «guía-enseñante» (shaij mu’allim). A este respecto, el ejemplo lo da el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean sobre él), que aprendió a orar siguiendo la enseñanza en actos del arcángel Gabriel. Más tarde, cuando las tribus venían a ver al Profeta para conocer las prescripciones de la Ley, este las enviaba hacia los compañeros para que vieran con sus propios ojos el proceder a seguir. Ibn Jaldûn concluye aquí que la guía espiritual no es necesaria. Considera no obstante que seguir una permite recorrer el camino más fácilmente y más perfectamente.
En el caso del combate por la rectitud, se trata para el aspirante de adoptar el comportamiento y las costumbres prescritos por el Corán y practicados por el Profeta. Es fuertemente recomendado, según Ibn Jaldûn, recurrir a una guía y reglar la propia conducta sobre la de esa guía, porque esta conoce los escollos posibles sobre el camino. Como ese proceder sigue las prescripciones muy explícitas del Corán y de la sunna, la guía no es sin embargo de una necesidad absoluta. Incluso sin guía, pues, si el aspirante permanece firmemente aferrado a la sunna, puede esperar quedar a salvo de los peligros que jalonan esa vía.
Por fin, en el caso del combate que apunta al retiro del velo y a la percepción directa del mundo espiritual, un «guía-enseñante-educador» es necesario. Sin el concurso de ese tipo de guía, es generalmente imposible alcanzar el objetivo fijado, y ello por cuatro razones mayores:
- La Ley islámica (sharî’a) constituye una vía4 común al uso del conjunto de los creyentes, con vistas a obtener la salvación y la felicidad después de la muerte; el combate contra las inclinaciones de su alma (muyâhada o yihâd an-nafs), en cuanto a él, es una vía destinada a las gentes animadas de aspiraciones y de exigencias espirituales particulares. Esas aspiraciones inclinan a desear el germen de la felicidad suprema antes de la muerte, por ese retiro aquí abajo del velo que sobreviene ordinariamente con la muerte. Esa exigencia espiritual tiene, pues, todos los aires de una sharî’a particular, que posee sus estatutos y su código de conveniencias, y en la que no se imita a nadie más que a quienes la han establecido y puesto en práctica como regla de conducta. Ahora bien, todos los sabios concuerdan en considerar al maestro espiritual como una condición requerida para comprometerse y caminar en esa vía. Todos advierten contra el peligro que habría en andarla de manera autónoma y encontrarse solo en su desierto interior. Hacen obligación al caminante místico de remitir las riendas de su vida espiritual a las manos de una guía que ya ha recorrido ese camino y ha llegado al fin buscado, es decir, la contemplación divina, habiendo aprendido a conocer los obstáculos y las emboscadas del recorrido gracias a su experiencia personal irremplazable, y no heredando la información de terceros. Los sabios del tasawwuf5 recomiendan incluso que el discípulo se coloque entre las manos de la guía como el cadáver entre las manos de quien lo lava, y como el ciego que marcha al borde del precipicio, sostenido por la mano de quien lo conduce.
- La segunda razón de la necesidad del maestro en el combate espiritual tiene que ver con que la elección de ese tipo de camino conlleva dos condiciones: una depende de sus propios esfuerzos, la otra escapa a su acción. La primera condición es relativa al hecho de desembarazarse de los caracteres censurables y de purificarse adornándose de caracteres virtuosos. La otra condición concierne a los estados espirituales que sobrevienen antes, durante y después del retiro del velo. Ahora bien, esos estados espirituales, que son el fruto de las cualidades adquiridas por las obras, dependen unos de otros y están ligados en una cadena ininterrumpida hasta la estación de la contemplación. Por tanto, si uno de esos estados se corrompe, ello acarrea la corrupción de los estados siguientes; los daños se amplifican y se vuelven irreparables. No hay medio de desembarazarse de esos estados negativos por la sola voluntad. Solo puede hacerse bajo la conducción de una guía que sabe discernir entre lo que es sano y lo que es malsano en los estados espirituales, que sabe lo que favorece la progresión espiritual y lo que la obstaculiza o la interrumpe, que sabe cómo unos estados espirituales independientes de la voluntad son la consecuencia de actos voluntarios. Bajo la conducción de la guía, el discípulo está así en seguridad y puede escapar a los peligros que jalonan ese camino.
- La tercera razón de la necesidad del maestro reside en la significación profunda de ese camino, que induce una «muerte» por anticipación, es decir, que ese camino espiritual permite extinguir todas las pasiones corporales y vivificar el espíritu, aproximándose así a la verdadera muerte. Así el discípulo podrá ser gratificado del estado espiritual propio de la muerte natural, y hundir su mirada en el más allá antes de que la muerte física sobrevenga. Ese proceder encuentra su fuente en la palabra del Profeta: «morid antes de morir». Para cada enseñanza se imita una cosa o una manifestación natural; en este caso, se trata de la muerte. En razón del misterio que envuelve las leyes de la naturaleza, y en particular respecto de la muerte, es necesario recurrir a un «guía-enseñante-educador» que dirija al aspirante hasta en los rincones más misteriosos de esa disciplina. Sin guía, el discípulo no puede sacar provecho alguno de la ascesis que practica.
- Por fin, la necesidad del maestro está justificada por las realidades a las que el aspirante se ve confrontado sobre el camino. Esas realidades son de dos clases. La primera categoría pertenece al dominio de las cosas conocidas por la mayoría y susceptibles de ser consignadas en libros: se trata de la forma concreta del camino. La segunda clase de realidad no es del orden de las cosas comúnmente admitidas: esas realidades no son ni del dominio de los sentidos, ni del dominio de la razón o de las ciencias adquiridas. Relevan del gusto espiritual y de la experiencia íntima. Solo puede hablarse de ellas por alusiones. No pueden ser codificadas científicamente ni en términos técnicos. Esas realidades se manifiestan al caminante bajo la forma de estados, de inspiraciones, de súbitas sugestiones o de emociones extáticas, y ello desde el comienzo del camino hasta su consumación. Esas realidades constituyen el punto central, la verdad profunda del camino sin la cual nada podría realizarse. Por eso, mientras el caminante no distinga entre esas diferentes clases de experiencias lo que lo hace progresar de lo que le hace obstáculo, los esfuerzos que hace son en pura pérdida y su objetivo no se realiza. Y no serán ni los libros ni las formulaciones precisas los que le procurarán ese conocimiento.
Ibn Jaldûn concluye, al término del análisis de esas razones, que el aspirante que apunta al levantamiento del velo que lo separa de la contemplación divina no puede prescindir de la guía y del discernimiento de un maestro verdadero.
La misma constatación en el emir Abdelkáder
Ibn Jaldûn no es el único sabio eminente en concluir la necesidad del maestro. El emir Abdelkáder, gran sufí, llegaba a la misma conclusión al comentar en una de sus cartas (mauqif)6 este versículo del Corán: «¡Oh vosotros que creéis! Temed a Allâh, y buscad un medio de acceso hacia Él, y luchad en Su vía: quizás así lleguéis al éxito» (Cor. 5:35). Reproducimos aquí un extracto de esa carta.
En primer lugar, Dios ordena a los creyentes practicar el temor de Él (taqwâ). Eso corresponde a lo que, entre nosotros, se llama la estación del arrepentimiento, que es la base de todo progreso en la vía y la llave que permite llegar a la «estación de la realización». Dios nos dice luego: «y buscad un medio de acceso hacia Él». Ese medio es el maestro cuya filiación iniciática está sin defecto, que tiene un conocimiento verdadero de la vía, de las deficiencias que hacen obstáculo y de las enfermedades que impiden llegar a la gnosis, que posee una ciencia probada de la terapéutica, de las disposiciones temperamentales y de los remedios que convienen. Hay unanimidad absoluta de la gente de Allâh sobre el hecho de que, en la vía y en la gnosis, un «medio de acceso» (wasîla), es decir, un maestro, es indispensable. Los libros no permiten en modo alguno prescindir de él, al menos desde el momento en que se producen las inspiraciones sobrenaturales (al-wâridât), los relámpagos de las teofanías y los acontecimientos espirituales, y que se vuelve por tanto necesario explicar al discípulo lo que, en todo eso, debe ser aceptado o rechazado, lo que es sano y lo que está viciado. En cambio, al comienzo mismo de la vía, puede contentarse con los libros que tratan del comportamiento piadoso y del combate espiritual en su sentido más general. «Y luchad en la vía»: he aquí una orden de batirse después de haber encontrado un maestro. Se trata de una guerra santa especial, que es conducida bajo el mando de un maestro y según las reglas que él prescribe. No puede confiarse en el combate espiritual conducido en ausencia de un maestro, salvo en casos muy excepcionales, porque no hay una guerra santa única, conducida de una única manera: las disposiciones de los seres son variadas, sus temperamentos muy diferentes unos de otros, y tal cosa que es provechosa a uno puede ser dañina al otro.
Para ir más lejos
- Encontrar un maestro sufí en Francia: cómo reconocer una vía auténtica, y por dónde empezar
- La guía espiritual en la vía sufí
- El estado de discípulo
- La cadena iniciática

Footnotes
-
Traducido al francés bajo el título La voie et la loi, ed. Babel. ↩
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El asociacionismo (shirk en árabe) es el hecho de asociar a Dios una criatura; constituye el único pecado que no puede ser cubierto por la misericordia divina. ↩
-
«Combate interior» es la traducción de muyâhada, cuya raíz es la misma que la de yihâd, que significa «esfuerzo, esfuerzo sobre sí». ↩
-
El término sharî’a comporta también el sentido de «vía». ↩
-
La ciencia del sufismo. ↩
-
Extraído de los Écrits spirituels (trad. Michel Chodkiewicz). ↩



