La azora Ya-Sin según Ibn 'Ajîba (2): la noche, el día, el sol y la luna

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Traducción de un extracto de la obra del gran maestro sufí marroquí del siglo XVIII, Ahmad Ibn ’Ajîba, y de su comentario al-Bahr al-Madîd («El vasto océano»). Versículos 37 a 40 de la azora Ya-Sin:

«Que les sirva de signo la noche de donde hacemos surgir el día mientras ellos están en las tinieblas» (versículo 37).

«El sol, que camina hacia su lugar de estancia habitual: ¡tal es el decreto del Todopoderoso, del Omnisciente!» (versículo 38).

«La luna, a la que hemos fijado estaciones, hasta que deviene semejante a la palma desecada» (versículo 39).

«No le está dado al sol alcanzar a la luna, ni a la noche adelantar al día. Cada uno de ellos navega en su órbita» (versículo 40).

Ibn ’Ajîba ofrece aquí una magnífica interpretación de los signos celestes como reflejos de las etapas y de los estados del caminante espiritual.

1. La noche y el día: la desatención y el despertar

«Que les sirva de signo la noche de donde hacemos surgir el día mientras ellos están en las tinieblas.»

Para Ibn ’Ajîba, ese ciclo cotidiano universal es el espejo de la dinámica interior fundamental del caminante (sâlik). La noche simboliza el estado de ghafla: la desatención, el olvido de Dios, la absorción en las preocupaciones mundanas, la oscuridad de la ignorancia espiritual. Es el estado natural del alma no despierta, o el estado en el que recae el caminante cuando afloja su esfuerzo. El día, a la inversa, representa el estado de yaqaza: el despertar espiritual, la vigilancia, la conciencia de la presencia divina, la luz del conocimiento y del recuerdo de Dios (dikr). La expresión coránica «extraemos (naslaj) el día de la noche» es interpretada por Ibn ’Ajîba como un proceso activo: Dios, por Su gracia, retira el alma de la oscuridad de la ghafla para hacerla entrar en la luz. Pero el ciclo continúa: el día también puede ser «extraído» o velado por la noche de la desatención que vuelve. Ibn ’Ajîba dice: «Así, una persona permanece entre la desatención y el despertar». Es el combate espiritual (jihâd an-nafs) constante: luchar contra las tinieblas del olvido para permanecer en la luz de la presencia. El caminante oscila entre esos dos polos, conociendo momentos de claridad y de esfuerzo, seguidos de períodos de relajamiento y de oscurecimiento. Esa alternancia es una etapa necesaria, pero debe ser superada.

2. El sol de la gnosis

«Y el sol, que camina hacia su lugar de estancia: tal es el decreto del Todopoderoso, del Omnisciente.»

El sol, con su luz deslumbrante y su curso regular hacia un «lugar de estancia» fijo, deviene el símbolo de la meta: el Sol de la gnosis (shams al-’irfân), el conocimiento directo, infuso y estable de Dios. Ya no es la alternancia, sino una luz permanente que ilumina el corazón. El «lugar de reposo» (mustaqarr) del sol, dice Ibn ’Ajîba, es «el corazón de los gnósticos» (’ârifîn), aquellos que han alcanzado la realización espiritual. Su estado es estable, su luz interior ya no vacila. Al-Qushayrî los describe con una «estancia firme e inquebrantable (sâhib tamkîn), inmutable en color (ghayr mutalawwin)».

3. La luna de la fe y sus estaciones

«Y la luna, a la que hemos fijado estaciones, hasta que deviene semejante a la palma desecada.»

Antes de alcanzar la estabilidad solar, el caminante es como la luna. Su luz es un reflejo (de la luz profética o divina), y es cambiante. Las «estaciones» o «fases» (manâzil) de la luna representan los estados espirituales fluctuantes del sâlik. Su Luna de la fe (qamar al-îmân) crece cuando intensifica su esfuerzo espiritual, su tiempo consagrado a Dios (tafarrug) y la orientación de su corazón (tawajjuh). Experimenta entonces la expansión (bast), la alegría espiritual, la proximidad sentida. Pero su luz decrece si recae en la contracción (qabd), la lasitud (fatra), la duda, la impresión de estar alejado. Su fe parece a veces reducida a un delgado creciente, «semejante a la palma desecada» (ka-l-’urjûn al-qadîm), vieja y sin brillo. Esta descripción pinta con realismo los altibajos del camino para la mayoría de los aspirantes, antes de que la gracia divina haga despuntar en ellos el alba del Sol de la gnosis.

4. El orden cósmico y espiritual

«No le está dado al sol alcanzar a la luna, ni a la noche adelantar al día: cada uno de ellos navega en su órbita.»

Este versículo recuerda que incluso esos estados, fluctuantes o estables, obedecen a un orden divino, a leyes espirituales establecidas por el «Todopoderoso, el Omnisciente». Cada estado tiene su lugar y su tiempo en el decreto divino para el caminante. El gnóstico estable (sol) no «alcanza» al caminante fluctuante (luna) para anular sus etapas necesarias, y el estado de despertar (día) no puede abolir totalmente la posibilidad de un retorno a la desatención (noche) sin un decreto divino de preservación. Cada uno «navega en su órbita» espiritual según el plan divino.

Parte anterior: las trabas del alma; parte siguiente: la nave de la Ley sobre el océano de la Realidad.