La azora al-Fâtiha, explicada
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Bismi llâhi r-rahmâni r-rahîm / al-hamdu li-llâhi rabbi-l-’âlamîn / ar-rahmâni r-rahîm / mâliki yawmi-d-dîn / iyyâka na’budu wa-iyyâka nasta’în / ihdina-s-sirâta-l-mustaqîm / sirâta lladhîna an’amta ’alayhim, ghayri-l-maghdûbi ’alayhim wa-lâ-d-dâllîn.
La azora al-Fâtiha es la primera del Corán. Es una azora llamada mequí, que cuenta 7 versículos. Ha sido nombrada al-Fâtiha («la apertura», «la entrada», «el prólogo») por su contenido. El Profeta Muhammad (psl) designó esta azora como «la madre del Libro» o «la madre del Corán» (umm al-kitâb).
«En el Nombre de Dios, el Todomisericordioso, el Muy Misericordioso»
Bismi-Llâhi r-rahmâni r-rahîm.
El rito comienza «En el Nombre de Dios», lo que indica la función del hombre en el mundo: es el representante (jalîfa) de Dios sobre la tierra, aquel a quien Dios ha confiado Su creación como un depósito sagrado (amâna) sobre el que debe velar.
El sentido de esa tarea, de ese papel de «guardián», lo da Dios cuando dice en el Corán: «vosotros ordenáis (ta’murûna) lo que es elevado (ma’rûf) y prohibís (tanhawna) lo que es censurable (munkar)» (azora 3, versículo 110). En otros términos, corresponde al hombre la carga de establecer la ley de Dios sobre la tierra, de hacer reinar Su justicia, y ello conformándose a cada instante a esa ley divina, pues «ningún instante (waqt) sobreviene sin que Dios lo llene de una verdad (haqq) nueva (yadîd) y de una orden (amr) precisa (’akîd)» (Ibn ‘Atâ’ Allâh).
Por esa conformidad permanente a la Ley (sharî’a), el hombre se vuelve justo y, a través de él, la justicia divina ordena todo el universo: pues el estado del mundo depende del estado del corazón del hombre; si este es puro, sometido a Dios, entonces la creación entera lo es también. Por la sola presencia del justo aquí abajo, el universo entero está redimido, luego el depósito bien guardado.
La expresión «Todomisericordioso, Muy Misericordioso» no es una repetición: indica dos aspectos bien distintos de la misericordia divina. Dios es en efecto «Todomisericordioso» (rahmân) respecto al conjunto de la creación, a la que, como decía Qâshânî en su Comentario esotérico del Corán (Ta’wîlât al-Qur’ân), «prodiga la existencia y la perfección», y que no subsiste más que por Él y en Él. Y es «Muy Misericordioso» (rahîm) en cuanto que, por una elección o favor especial, pone en el corazón de ciertos seres un deseo particular de volver hacia Él, de rezarle y de conocerle. Ese deseo ardiente (shawq), en la vía, viene de la atracción espiritual (himma) permanente ejercida por el corazón del guía espiritual sobre el alma del discípulo. Esa atracción, cuya naturaleza es el amor divino (mahhaba), es la «montura» sobre la que se efectúa el viaje iniciático.
Versículos 1 a 3: la alabanza
al-hamdu li-Llâhi rabbi-l-’âlamîn, ar-rahmâni r-rahîm, mâliki yawmi-d-dîn. «Alabanza a Dios, Señor de los mundos, el Todomisericordioso, el Muy Misericordioso, Rey del Día de la retribución.»
«Toda cosa proclama Su alabanza» (Corán, 17:44). Cada ser de la creación alaba a Dios en el lenguaje que le es propio: el viento por su soplo, la nube por su blancura, el trueno por su violencia, la tierra por su fecundidad, la piedra por su dureza, el hombre por su oración o su dolor, por cada uno de sus estados, sea consciente de ello o no.
Toda forma manifiesta la presencia divina (hadrat Allâh). Toda cosa lleva Su marca. Por eso es llamado Señor de los mundos: pues, como hace notar Qâshânî, la palabra «mundo» (’âlam) significa también «marca», «huella». Por eso la «retribución» le pertenecerá también, el Día del Juicio, pues entonces Él llevará de nuevo sobre cada cosa Su «marca», borrada por el olvido de los hombres.
Versículo 4: la adoración
iyyâka na’budu wa-iyyâka nasta’în. «A Ti adoramos y de Ti imploramos el socorro.»
Aquí, Qâshânî comenta de la manera siguiente: cuando los hombres «contemplan» a Dios «en Su inmensidad», «se dirigen a Él por la palabra y la acción, consagrándole toda su adoración y pidiendo Su socorro; pues en ese momento ya no ven otra realidad que Él, y no sienten potencia ni fuerza que no sea por Él. Cuando entran así en Su presencia, todos sus movimientos y todos sus reposos son una adoración, para Él y por Él. Están así en estado permanente de oración, invocándole por el lenguaje del amor, pues contemplan todos los aspectos de Su belleza en todos los aspectos de la existencia».
Versículos 5 a 7: la vía recta
ihdina-s-sirâta-l-mustaqîm, sirâta lladhîna an’amta ’alayhim, ghayri-l-maghdûbi ’alayhim wa-lâ-d-dâllîn. «Condúcenos por la vía recta, la vía de aquellos a quienes has colmado de beneficios, no de los que incurren en Tu cólera, ni de los que se extravían.»
La vía recta es el camino vertical de la ascensión hacia Dios. El hombre que la sigue es quien va siempre en «línea recta», es decir, que apunta continuamente a Dios, sin dejarse distraer por el mundo. Así, el discípulo debe mantener en toda circunstancia una orientación (tawajjuh) exclusiva hacia su Señor. Ello no significa que se corte o se aisle de los demás y de las cosas que lo rodean. No busca huir de sus responsabilidades familiares o materiales. Pero no se deja engañar por las apariencias, y discierne en todo estado interior, en toda situación exterior, un rostro (wajh) de la presencia divina. Permanece así tranquilo, apaciguado, en medio de las más grandes dificultades. No se ve tentado de oponer al mundo resistencia alguna, y se contenta con cambiar la mirada que posa sobre él. Al hacerlo, contempla en secreto la Belleza pura de Dios.
Amîn.



