El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, de René Guénon: presentación
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Presentación de El reino de la cantidad y los signos de los tiempos (Gallimard, 1945), de René Guénon.

René Guénon nació en Blois en 1886 en el seno de una familia católica y murió en El Cairo en 1951. Figura inclasificable del pensamiento occidental, reacio a toda etiqueta, no dejó de reivindicar una misma función: exponer con la mayor fidelidad posible las doctrinas metafísicas de Oriente y revivificar el espíritu tradicional en un Occidente amnésico de todo saber espiritual. Publicado por Gallimard en 1945, El reino de la cantidad y los signos de los tiempos expone, desde el punto de vista tradicional, las condiciones cíclicas que desembocaron en el mundo moderno. La obra profundiza los diagnósticos de La crisis del mundo moderno y analiza la cadena de causalidades que lleva al agotamiento del ciclo de la humanidad actual, consecuencia ineluctable de leyes universales. Dos grandes partes, ya anunciadas en el propio título, estructuran el libro: El reino de la cantidad, que desarrolla una concepción metafísica del proceso histórico sometido a la ley de los ciclos, y Los signos de los tiempos, que describe concretamente los efectos de ese proceso.
Esencia y sustancia, cualidad y cantidad
Guénon presenta las nociones de cualidad y de cantidad como atributos respectivos de «la esencia» y de «la sustancia», los dos polos que dan cuerpo a la manifestación. El polo esencial (purusha en la tradición hindú) es activo y puramente cualitativo: es él quien «ilumina» las cosas a partir del polo sustancial (prakriti), este puramente cuantitativo y pasivo. Esa sustancia universal, que santo Tomás de Aquino llama materia prima, es potencia pura, es decir, una potencialidad de la que cabe extraer. Ahora bien, en una dimensión más restringida de la manifestación, como el mundo corpóreo de los seres humanos, se habla de materia secunda: una sustancia potencial y relativa que jamás puede ser potencia pura, pues se anima a través del polo esencial. Determinada por las condiciones especiales de este mundo, esa materia secunda deviene materia signata quantitate (la materia designada); la cantidad es así la única propiedad cualitativa del mundo corpóreo.
A este respecto, Guénon recuerda que, etimológicamente, «materia» puede emparentarse con «medida», en el sentido de las posibilidades de despliegue de la manifestación inherentes al espíritu (el principio creador, o Âtmâ en el hinduismo). Es por la medida, pues, que el mundo manifestado se organiza y se proporciona, y que las cosas quedan ordenadas en el espacio y en el tiempo, que no carecen por lo demás de propiedades cualitativas. El espacio no es infinito y se despliega por las direcciones; el tiempo no es lineal: existen varios tiempos desplegados en varios universos y ciclos.
El mundo manifestado es, en suma, un conjunto ordenado donde todas las partes se hallan unidas por un principio creador único. Ese equilibrio se expresa sobre todo en la propiedad de los números, lo que confirma la enorme importancia concedida a la geometría y a las matemáticas en las ciencias tradicionales (en Pitágoras, singularmente). Y es también conforme a ese equilibrio como se organiza la caída del polo esencial hacia el polo sustancial, con efectos directos en todos los niveles a lo largo de las fases del ciclo de manifestación.
La ley de los ciclos cósmicos
Esa degeneración obedece a la ley de los ciclos cósmicos, llamados Manvantara en las doctrinas hindúes. Cada Manvantara es un ciclo completo que se declina en cuatro edades (los Yugas), dotadas cada una de propiedades particulares que influyen en el conjunto de las condiciones terrestres. Cada fase marca un descenso más acusado hacia el polo sustancial, con el consiguiente agotamiento progresivo de las posibilidades de la manifestación en curso. Alcanzado el punto de parada, el ciclo se cierra con un vuelco inmediato hacia el polo esencial, que se traduce materialmente en un cataclismo que hace «tabla rasa» de todo lo advenido, salvo una ínfima cantidad de elementos destinados a regir el ciclo siguiente.
Según esta doctrina de los ciclos, el mundo se halla hoy en la fase final de la última edad, el Kali Yuga (la edad oscura), que los griegos llamaban «la edad de hierro». Esa fase, abierta hacia el siglo IV antes de Jesucristo, corona el advenimiento del reino de la cantidad extendido a todas las esferas de la existencia y el menoscabo máximo de toda dimensión cualitativa.
La solidificación del mundo
Ese alejamiento engendra modificaciones progresivas de la percepción del universo y, de rebote, de los modos de vida. La relación primordial de los seres con el Principio, intuitiva y directa al comienzo del ciclo, se ha erosionado con el desgaste del tiempo, hasta desembocar en su negación pura y simple. Este proceso, fruto de una degeneración progresiva del pensamiento, lleva primero a erigir la razón en facultad suprema del ser humano, cuando no es más que la facultad individual propia de su especie; de ahí la negación del intelecto puro, que corta al hombre de las influencias celestiales. Reducirlo todo a la razón conlleva la materialización de todas las actividades humanas. La artesanía de los oficios antiguos desaparece ante la mecanización de las tareas y la productividad, y con ella la dimensión iniciática del trabajo. La moneda pierde su función de influencia espiritual y queda reducida a un mero medio de intercambio de bienes y servicios.
En el plano espacial y temporal, todo esto desemboca en una solidificación del mundo, correlativa a una aceleración de los acontecimientos. El tiempo devora literalmente el espacio: los modos de vida nómadas son absorbidos poco a poco por las estructuras sedentarias, y el equilibrio entre ambas formas de existencia se rompe (la historia de Caín y Abel es su parábola). La llegada de las ciudades, cada vez más grandes y extensas, es la marca final de esa fijación. Este modo de organización, que acapara recursos cada vez más viles (la madera y la piedra ceden ante metales considerados nocivos, que requerían un encuadre tradicional estricto), limita los campos de percepción con restricciones artificiales en aumento constante. Las estructuras administrativas modernas, movidas por la obsesión igualitaria y por la reducción de todas las cosas a datos estadísticos, convierten a los seres en entidades uniformes e intercambiables. Los hombres del mundo moderno, amputados de su dimensión espiritual, se vuelven rehenes del mito de la «vida ordinaria»: un modelo de existencia puramente materialista, desprovisto de toda consideración metafísica, que niega cualquier forma de jerarquía y de leyes naturales. La humanidad se encierra, mental y físicamente, en entornos preconcebidos, tan artificiales como su visión del mundo. Guénon compara las sociedades modernas con colmenas de insectos, donde toda singularidad queda aniquilada por una uniformización mecanicista. La tendencia se autorrefuerza: la única superioridad del mundo moderno es, precisamente, su capacidad de dominar brutalmente la materia corpórea. Al mismo tiempo, la aceleración del tiempo multiplica los acontecimientos y los fenómenos, siembra la confusión y la agitación por doquier, y vuelve extremadamente difícil cualquier vida interior.
Esa estrechez se acentúa con «barreras temporales» infranqueables entre las diferentes fases del ciclo, que van reduciendo los campos de percepción. Los descubrimientos históricos y arqueológicos (frutos de la agitación moderna, según Guénon) nada pueden decir sobre la percepción del mundo que tenían los antiguos, pues esos vestigios están igualmente sometidos a las condiciones actuales del ciclo; Guénon habla de «cadáveres psíquicos». Cada fase trae, por lo demás, transformaciones profundas del paisaje terrestre y mental: basta observar la evolución de la topografía de Europa desde hace 20 000 años antes de nuestra era hasta hoy. De ahí que, fuera de la iniciación, cuya finalidad trasciende el marco temporal, sea imposible acercarse a las mentalidades antiguas por la vía materialista.
De la anti-tradición a la contra-iniciación
El advenimiento del materialismo no es, sin embargo, más que una etapa transitoria. Al reducirlo todo a la razón y al considerar al individuo como su propio fin, el mundo moderno se ha vuelto anti-tradicional (fase abierta hacia el Renacimiento y formalizada con la filosofía racionalista). Esa negación progresiva de toda forma suprarracional conduce al relativismo del saber y del intelecto. Cortada de las influencias celestiales que daban sentido a los símbolos, la espiritualidad pierde su alcance trascendental y no pasa de ser una religiosidad impregnada de sentimentalismo. La letra suplanta al espíritu y no es ya más que una moral, la «moralina» nietzscheana, sin interés ni finalidad metafísica. En esta fase anti-tradicional, ligada a la solidificación del mundo, los individuos siguen no obstante protegidos por la «cáscara» del espíritu materialista: si corta al hombre de las influencias espirituales superiores, también impide que las influencias psíquicas inferiores se manifiesten. Pero esa rigidez, al acentuarse sin cesar, acabará por fisurarse bajo su propia contracción, y las influencias inferiores podrán entonces infiltrarse en el mundo sin que sea posible recurrir a los estados superiores.
Esta fase de disolución marca la entrada en la fase final del ciclo, que se concreta en una confusión creciente entre lo psíquico y lo espiritual. Es el agotamiento de todas las posibilidades inferiores del ser: el inconsciente y el subconsciente ocupan el lugar del supraconsciente y reinterpretan los saberes y los símbolos tradicionales a la inversa de su verdadera significación. Semejante subversión es fuente de errores sin cuento, pero también de peligros reales para el equilibrio de los individuos. Los métodos psicoanalíticos remedan la iniciación y usan los símbolos y los mitos al revés de su sentido: la sexualización freudiana de los cuentos de hadas, la psiquiatrización de los mitos por Jung, cuando esos escritos son fuentes ocultas de saberes espirituales. Del desecamiento de la vitalidad que engendra el materialismo nace un deseo de regreso a lo espiritual, sin que ese regreso sea realmente posible para la masa. La propia idea de Tradición acaba desviada, confundida con la costumbre y el folclore. La mayoría de quienes resisten y desean un regreso a la tradición son en realidad tradicionalistas, que confunden la Tradición con valores e ídolos dependientes de la temporalidad: la nación, la patria, la religión exotérica. Los enfoques filosóficos de lo espiritual siguen confinados a especulaciones limitadas al mundo sensitivo y psíquico (el quietismo, que confunde no-acción y pasividad; el intuicionismo de Bergson). El peligro se vuelve real: los riesgos de verse confrontados a las influencias sutiles se multiplican, y ya no hay protección ni barrera que prevenga sus efectos.
El fin del ciclo
La fase terminal del ciclo verá a las fuerzas psíquicas más inferiores tomar el control del mundo, camino de un regreso a la cualidad que pasa por instaurar una jerarquía y una espiritualidad totalmente invertidas respecto del equilibrio natural. A esa anti-tradición se suma la contra-iniciación: al no tener el mundo acceso, o apenas, a los polos espirituales (los maestros), ve multiplicarse la aparición de falsos profetas, charlatanes y tradiciones fantasma guiadas por entero desde lo psíquico. Este descenso final debe concluir con el reinado efímero del Anticristo, fuerza simbólica que marca el colmo de la falsificación. En consonancia con los relatos escatológicos, Guénon indica que el Anticristo será a la vez un sistema, una época y también una persona que vendrá a ser su «síntesis». Esa fase de extravío máximo conservará su carácter artificial y mecánico, efecto lógico del espíritu de imitación y de remedo que la anima. Esa visión «cadavérica» de la edad de oro será a la vez su modelo más próximo desde fuera y el más alejado desde dentro. El ciclo concluye con el derrocamiento del Anticristo por el principio de restablecimiento: el Cristo en el cristianismo y el islam, el avatâra Kalki en el hinduismo, el Mesías en el judaísmo. El advenimiento de un nuevo ciclo pasa, pues, por la erradicación del anterior y el reacondicionamiento del medio terrestre.
Por sombrío y pesimista que pueda parecer a primera vista, Guénon no contempla este proceso bajo un carácter moral ni intencional.
La degeneración forma parte de las leyes universales a las que toda cosa está sometida. Por monstruosos que parezcan desde el ángulo relativo, esos fenómenos concurren al equilibrio global y no son ni benéficos ni maléficos. Para quien ha logrado liberarse de la forma, estas consideraciones ya no tienen razón de ser, porque la moral y la dualidad pertenecen al dominio de la relatividad. En la percepción de la unidad no hay más que el encadenamiento de las leyes cíclicas, y en eso concluye Guénon: «“fin de un mundo” nunca es ni puede ser otra cosa que “el fin de una ilusión”».
«Brahma no se parece en nada al mundo, y fuera de Brahma no hay nada; todo lo que parece existir fuera de él es una ilusión.» Shankarâchârya.




