Correspondencia El Cairo - Amiens (2): cartas inéditas de René Guénon

Parte 2 de 7 · Correspondance Le Caire — Amiens (lettres de René Guénon)

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Obra del artista Adam Williamson

Cartas inéditas de René Guénon

A lo largo de toda su vida, René Guénon mantuvo una correspondencia muy abundante, mayoritariamente con personas francófonas que se habían interesado en su obra. Los pasajes que publicamos aquí están extraídos de una correspondencia que comprende 73 cartas escritas entre 1932 y 1950. El destinatario de esas cartas es un francés residente en Amiens, lector asiduo de las obras de Guénon, que desempeñó un papel importante en la emergencia de una vía sufí en tierra occidental. A través de las respuestas y las precisiones que Guénon ofrece a su interlocutor, se pueden extraer elementos de información sobre puntos doctrinales, pero también ciertos aspectos prácticos y consejos a uso de quienes están concernidos por una vinculación a una vía sufí viviendo en un país no musulmán como Francia.

Me alegra saber que usted se decide de preferencia por la vía del sufismo. Para usted mismo es mejor aplazar algo el viaje hasta aquí, hasta que haya podido comprobar los resultados que cabe obtener en esa vía… En cuanto a la dificultad, muy comprensible, de observar íntegramente todos los ritos en las condiciones de vida europeas, quede bien persuadido de que nunca se le puede pedir lo imposible; eso puede sin duda ralentizar más o menos la obtención de los resultados, pero en suma ahí está todo el inconveniente que cabe temer.

Carta a L. C., El Cairo, 16 de junio de 1935

Estoy muy contento de su decisión en lo que concierne a la vinculación al sufismo; solo lamento un poco ese retraso de 2 o 3 meses, pero en fin es poca cosa. Puesto que B. le ha tranquilizado sobre los puntos que podían preocuparle, ciertamente ya no tiene que vacilar. Por los medios tomados de otras tradiciones, pienso que B. ha querido aludir a cosas de orden igualmente iniciático: es así como, por ejemplo, las vías Naqshabandiyya de la India se sirven a veces de métodos tántricos. Cuando se trata del orden religioso y exotérico, como es el caso de los ritos católicos, no es del todo lo mismo; no quiero decir, naturalmente, que ello pueda tener inconvenientes «esenciales», sino solo que hay que ser prudente para evitar «interferencias» de influencias psíquicas que podrían ser, si no peligrosas, al menos molestas. […] De modo general, pienso que no hay ningún interés en embarazarse de detalles de gramática cuando se busca tener la comprensión de una lengua, y ello simplifica también las cosas y evita perder tiempo. […] La doctrina de al-Hallâj es ciertamente ortodoxa en el fondo; solo hay reservas que hacer sobre lo que, en ciertas expresiones, puede dar lugar a equívoco y ser mal interpretado, y es por lo demás eso lo que le costó la vida…

Carta a L. C., El Cairo, 7 de julio de 1935

La meditación es más importante que las lecturas, que por lo demás no pueden sino proporcionarle un punto de partida, y que generalmente hay ventaja en no multiplicar demasiado para evitar toda dispersión. Los ritos tienen una eficacia por sí mismos, pero es bien evidente que la atención y la concentración la refuerzan notablemente. Me permitiré recomendar más particularmente no descuidar la recitación regular del wird (rosario), pues es ello lo que fortalece especialmente el vínculo con la tarîqa. En fin, pienso que cada uno debe procurar utilizar sus tendencias naturales en vez de combatirlas; pero, naturalmente, hay ahí tantas modalidades diferentes como individualidades…

Carta a L. C., El Cairo, 30 de agosto de 1935

[A propósito de los estados que usted siente en el curso de los ritos], pienso que no hay que inquietarse por esas reacciones físicas y psíquicas. Tiene usted toda la razón de no querer ir demasiado rápido, pero, cuando cosas de ese género se presentan sin que usted las haya buscado, es evidente también que no hay que descartarlas… Sin duda, esos estados no pueden tener aún sino un carácter en cierto modo «preliminar», pero, en todo caso, indican seguramente un contacto efectivo con la barakah de la Orden; al menos, no me parece apenas posible comprenderlos de otro modo.

Carta a L. C., El Cairo, 18 de septiembre de 1935

Estoy habituado a oír habladurías sobre mí, pero me pregunto qué «funciones» podrían bien serme retiradas por quienquiera que sea, puesto que jamás he aceptado ninguna en parte alguna. […] El ayuno del Ramadán termina bien exactamente a la puesta del sol, pero comienza 20 minutos antes de la oración del fayr, es decir, unas 2 horas antes de la salida del sol. Naturalmente, todo eso es más fácil de observar exactamente aquí en El Cairo, donde se es avisado de la hora por el cañón, sin contar a los vigilantes que van llamando a las puertas para avisar de que es hora de preparar la última comida; ¡habría que tener el sueño muy pesado para no oír nada!

Carta a L. C., El Cairo, 5 de diciembre de 1935

Tranquilícese con respecto a los pretendidos disturbios ocurridos en El Cairo (referidos por los diarios franceses); no se ha notado nada en nuestros barrios, ¡y he quedado estupefacto por los recortes de diarios franceses que algunas personas me han enviado! Adivino bien, por lo demás, cuál es la fuente de esas noticias exageradas a propósito; en realidad, jamás se ha tratado sino de manifestaciones de estudiantes, de las que la población no ha tomado parte alguna, y, si las cosas han salido mal, ello se debe únicamente a injerencias extranjeras que usted puede suponer fácilmente; es exactamente lo mismo que lo que pasa por así decirlo cada día en la India… […]

En cuanto a mi salud, no tengo demasiado de qué quejarme en este momento; es cierto que nunca ha sido muy brillante, pero en fin, de modo general, es con todo mejor aquí que en Francia. Pero hay una cosa que me intriga un poco: usted habla de mi tema astrológico; ¿dónde ha podido encontrar los datos?… Debo decir, por lo demás, que todos los que han intentado hasta ahora sacar algo de él jamás han llegado a un resultado satisfactorio; ¡no sé demasiado a qué puede deberse! […]

No estoy en absoluto sorprendido de lo que me dice de los efectos saludables del ayuno tales como usted los ha observado; es incluso más bien lo contrario lo que me habría asombrado, pues ese resultado es del todo normal. En cuanto a lo que usted dice, que el conocimiento teórico parece a veces bien cerca del conocimiento real, ello es exacto también; es cierto que la separación no es tan tajante de hecho como lo parece cuando se habla de ella, y que el pasaje puede hacerse como insensiblemente… Puesto que usted habla de fórmulas para reforzar los estados (de comprensión) de que se trata, yo vería sobre todo la repetición de la invocación «Yâ Latîf»; desgraciadamente, no es posible indicar el ritmo por carta… Para la cuestión doctrinal que usted considera al final de su carta, pienso que la cosa es bastante simple: en un medio continuo y homogéneo, se puede muy bien considerar la diferenciación como producida por una sacudida que se propaga de próximo en próximo a partir del punto donde tiene lugar la vibración inicial que la determina, y ello sin que haya ningún transporte de corpúsculos como en la teoría atómica.

Carta a L. C., El Cairo, 31 de diciembre de 1935

La teoría atomista es falsa, ante todo, por el hecho mismo de que admite la existencia de corpúsculos indivisibles (es la definición misma de los átomos), lo que es contradictorio, porque decir cuerpo es decir algo extenso, y en consecuencia siempre e indefinidamente divisible, de modo que en realidad no se puede alcanzar lo indivisible sino a condición de salir del orden corporal. Además, al afirmar que todo está exclusivamente compuesto de átomos, niega que haya otra cosa que estos que tenga una realidad positiva, y, en consecuencia, no puede admitir entre ellos sino el vacío, y no el éter indiferenciado; ora, el vacío no sabría tener lugar en el dominio de la manifestación. Se puede aún notar que, si los átomos estuvieran separados por el vacío, no podrían de ninguna manera actuar unos sobre otros; la teoría afirma sin embargo que se atraen, lo que es todavía una contradicción. Se podrían incluso encontrar otras en puntos más secundarios; pero ello basta para mostrarle que no es difícil mostrar su falsedad. Pero, por otra parte, no veo todavía qué le incomoda para concebir la vibración en un medio no compuesto de elementos; hay sacudida de ese medio homogéneo y continuo mismo, simplemente, y esa sacudida se propaga de próximo en próximo en razón de su continuidad. Ahora bien, se entiende bien que la sacudida inicial debe ser provocada por una causa que es de otro orden; ello va de suyo, por lo demás, si se nota que el medio en cuestión juega aquí, con respecto a la manifestación corporal, un papel que es el análogo (relativo) del de Prakriti, es decir, un papel puramente «sustancial» y pasivo.

Carta a L. C., El Cairo, 20 de enero de 1936

Apruebo del todo las conclusiones que usted saca en el sentido de una mayor prudencia a observar en adelante en cuanto a la acogida de nuevas personas en el seno de la tariqa, y es cierto que valdría mucho más no hablar de la posibilidad de una vinculación iniciática antes de tener más garantías. Lo que me dice a propósito del otro miembro de su grupo es verdaderamente extraordinario; ¡Cuesta imaginar semejante cúmulo de confusiones y de contradicciones! Seguramente, condiciones semejantes son también lo menos favorables posible para un trabajo provechoso; y es evidente que, además de la cuestión de la cualificación, habría que considerar también la de la preparación, sobre todo, como usted dice, si se tiene en cuenta el estado de espíritu occidental… Para la consideración de la salud, estoy de acuerdo con usted: no hay lugar de hacer de ella una condición esencial (para la iniciación), de modo general, pero con todo, en casos particularmente graves, se podría al menos aplazar a un candidato, y tanto mejor cuanto que, de hecho, sería entonces incapaz de sacar un beneficio real de su admisión inmediata. Resta la cuestión del tema astrológico; C. no le falta razón, sin duda, al hacer reservas sobre el valor de los resultados que cabe sacar de él; pero, a pesar de ello, no veo verdaderamente que pueda haber un inconveniente en servirse de él a título de indicación. Hay que tener bien en cuenta las contingencias individuales, puesto que la cualificación misma depende de ellas; es evidente que, si no se tratara sino de la personalidad, todo el mundo sería cualificado; la cuestión solo se plantea porque tal individualidad debe ser tomada como soporte de la realización, y se trata en suma de saber si es capaz de ello efectivamente.

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