Palabras de Sidi Hamza sobre el amor y la humildad

Una colección de palabras de Sidi Hamza, que Dios santifique su secreto, sobre el amor divino y la humildad.
- El amor es la corona de las obras.
- Me atengo al amor más que a cualquier otra cosa. Oremos para que Dios no nos lo retire. El amor entre los discípulos, y entre los fuqarâ’ y el maestro, es infinito, crece sin cesar. Querríamos no separarnos jamás. Ese amor se debe al secreto espiritual (sirr) y existe porque no estamos reunidos más que por Dios. Ese amor hace caer todas las diferencias culturales. Es el amor el que pone los corazones en obra, en movimiento, el que hace actuar. El amor es la montura de los espíritus; es a través de él que se conoce toda cosa.
- Cuando el amor habita el corazón, ya nada parece difícil, y se saca provecho de todo lo que nos ocurre. Esto proviene del hecho de que, gracias al amor, el velo que nos separa de la Realidad se vuelve cada vez más tenue; se experimenta entonces una alegría profunda a causa de esa proximidad, y se es invadido por la percepción de la belleza.
- Es el amor el que provoca una herida, un grito. Solo grita aquel cuyo maestro está ebrio.
- Amad a todas las criaturas, sean cuales fueren su religión, su raza o sus opiniones. Cada cual está en el lugar donde Dios lo ha puesto, y no nos pertenece juzgarlo.
- Cuando Dios ama a Su servidor, recubre sus cualidades con Sus Cualidades. Es como si un rey nos invitara a su casa y no tuviéramos vestidos suficientemente limpios y adecuados para hacernos dignos de su morada: el rey nos reviste entonces de sus vestidos y nos introduce en su casa.
- Cuando se vive una relación de fraternidad (no hablo aquí de la fraternidad en el sentido común, sino de esa fraternidad investida de amor), los corazones están en fase, los espíritus en afinidad: ¡circula un tal vino de amor! ¡Esa es la realeza de Dios!
- No es posible pretender el amor divino mientras haya todavía en el corazón ataduras ligadas a los bienes de este mundo. Es así como se puede probar al amante: el amor verdadero va a la par con una verdadera generosidad. Sidi Boumedienne contaba a menudo la historia siguiente: un hombre pretendía el amor de Dios y de Su Profeta. Dios quiso entonces probarlo y le envió un ángel bajo forma humana, que le dijo: «¡Oh tú que pretendes el amor de Dios y de Su Profeta, dame tu chilaba!». El hombre se la dio. Luego el ángel le dijo aún: «¡Dame tu túnica!». El hombre se la dio también. No le quedaba más que un pantalón, y el ángel le pidió que se lo diera. El hombre fue a un lugar escondido, se quitó esa prenda y la lanzó por encima. Ya no le quedaba nada. Oyó entonces una voz celestial que le dijo: «Si pretendes amar a Dios y a Su Profeta, tu pretensión es verdadera». Fue, pues, aceptado en ese estado.
- A cierto grado, la necesidad de Dios se vuelve comparable a la necesidad de auxilio que experimenta una persona que se está ahogando y que llama desesperadamente al socorro. Esa necesidad destruye todo deseo otro que Dios.
- La verdadera ciencia no se obtiene más que con humildad. El camino para encaminarse hacia ella es semejante al de una persona que quiere beber el agua de un arroyo: deberá inclinarse para beber. El agua está siempre situada en el lugar más bajo; nos hace falta ser como el agua.
- Quien se rebaja, Dios lo eleva (hadiz).



