Trabajo espiritual y gracia

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Por Nabil Humeau (adaptación escrita de los vídeos «Un punto de vista sufí» del canal de YouTube «Isthme, cultura sufí»).

Algunos insisten en la importancia del trabajo espiritual que el aspirante debe cumplir en la vía hacia la realización; otros, por el contrario, conceden un lugar esencial a la gracia divina en ese recorrido.

Así, resulta a veces difícil saber cómo dosificar la intensidad de los propios esfuerzos por un lado, y el propio abandono confiado al decreto divino por otro. Observemos que se trata de un tema central y recurrente en todas las vías espirituales y religiosas.

Intentemos ver qué podemos decir al respecto en lo que toca al islam y al sufismo.

Faouzi Skali1 ha podido evocar a este propósito una imagen muy elocuente: la del campesino que prepara su tierra y siembra sus semillas sin tener la certeza de que el sol y la lluvia vendrán a hacer fructificar su trabajo. El fruto no depende únicamente de ese trabajo. Es una gracia que viene, o no. De lo que el campesino sí puede estar cierto, en cambio, es de que si no efectúa ese trabajo de labranza y de siembra… no tendrá cosecha alguna, ¡aunque la alternancia de lluvia y sol esté ahí!

Podemos, pues, hacer la hipótesis de que gracia y trabajo no se excluyen mutuamente en materia de camino espiritual: ambos son necesarios. Por supuesto, cada caso, cada recorrido es único, propio de cada individuo, pero para intentar generalizar un poco puede avanzarse que la gracia es esencial para comenzar en la vía e igualmente para coronar el trabajo espiritual cumplido; en cuanto a ese trabajo, puede decirse que es generalmente necesario a toda producción. ¡Para que un trabajo sea coronado por la gracia, hace falta que haya tenido lugar!

Veamos qué nos dice al respecto la tradición islámica, y sufí en particular.

El comienzo: el encuentro con la guía, fruto de la gracia

Empecemos citando un adagio muy conocido del budismo zen: «cuando el discípulo está listo, el maestro aparece». Como si la gracia solo esperara el momento propicio para manifestarse, bajo la forma del maestro espiritual que tomará a su cargo el camino del aspirante.

En la tradición sufí, numerosas son las palabras de los santos que indican que es Dios quien busca y conduce a los discípulos a la vía espiritual.

Citemos a Abû Yazîd al-Bistâmî (804-874): «Llevaba 30 años en busca de Dios y cuando abrí los ojos, descubrí que era Él quien me buscaba a mí».

Ibn ‘Atâ’ Allâh, en una de sus sabidurías (Hikam), no nos dice otra cosa: «Exaltado sea Aquel que no manifiesta a Sus santos sino para manifestarse a Sí mismo, y que no conduce hacia ellos sino a quienes quiere conducir hacia Él».

Se ve bien aquí cuánto es la gracia divina la que guía al aspirante a la realización espiritual por la vía de los maestros.

La tradición sufí nos indica otra gracia: la de la permanencia de la existencia de tales maestros educadores, y por tanto la de la posibilidad de seguir su vía. El imâm ’Abd al-Karîm al-Qushayrî (986-1072; autor de la Risâla, la epístola sobre la ciencia del sufismo) ha dicho: «Durante todo el tiempo que dure el islam, no hay momento de la historia en que los maestros lleguen a faltar».

Sobre el camino: el trabajo espiritual es necesario

El trabajo espiritual se presenta a menudo como un combate (muyâhada en árabe), un combate contra el propio ego, esa parte de nuestro ser que pretende gobernarnos y que obstaculiza nuestro despertar espiritual. El Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean sobre él) calificaba ese combate de «yihâd al-akbar» («gran combate», por diferencia con el pequeño yihâd, el combate armado).

Ese combate necesita una disciplina, ejercicios espirituales (el dikr en particular), esfuerzos; en una palabra, realizar un trabajo.

Sidi Hamza (maestro de la vía Qadiriya Boutchichiya entre 1972 y 2017) decía a este propósito: «Todo se hace por el trabajo (’amal). Todo se gusta y se obtiene por el trabajo. El murîd (el aspirante) debe obrar, pero no debe contar con sus obras y decirse “entraré en el Paraíso gracias a ellas”. Todo lo que hace el murîd debe ser hecho por el Rostro de Dios, y por tanto ni por miedo al infierno ni por el paraíso. Es necesario que el murîd obre sin contar con sus esfuerzos. Y debe ser como un siervo de Dios, que no saca orgullo de su trabajo».

El trabajo del que habla Sidi Hamza incluye el cumplimiento de las obligaciones rituales (pero también familiares y profesionales) buscando la excelencia, el cumplimiento del wird (el conjunto del dikr, las invocaciones prescritas individualmente al discípulo), la participación en las reuniones colectivas de dikr; en ese trabajo se encuentran asimismo el servicio a los demás, la adquisición de los conocimientos útiles…

Durante el camino: la gracia nos hace perseverar

La asiduidad en el trabajo espiritual (la práctica del dikr en particular) no es siempre fácil: el ser humano puede flaquear en su determinación y en su regularidad, y ello a pesar de la sinceridad de su intención y de su convicción espiritual.

Necesitará entonces de la gracia divina para sostenerlo y ayudarlo a perseverar. Ibn ‘Atâ’ Allâh al-Iskandarî lo evoca en algunas de sus sabidurías (Hikam):

«Te ha concedido tres insignes favores (karâmât): al concederte invocarle, porque sin Su gracia no serías digno de practicar Su invocación; […]» (Hikam, 261)

«Conociendo la existencia de tu debilidad, ha reducido el número de las oraciones rituales; y sabiendo la necesidad que tienes de Su gracia, ha multiplicado sus frutos.» (Hikam, 123)

«Si ves a un siervo de Dios mantenido por Él en el cumplimiento regular de los ejercicios espirituales (awrâd) y favorecido por una ayuda divina prolongada, no menosprecies los dones que Dios le ha concedido por la razón de que no ves en él ni la marca de los gnósticos (al-’ârifîn), ni el esplendor de quienes aman a Dios (al-muhibbîn). Si no tuviera una inspiración (wârid), no persistiría en practicar los ejercicios espirituales (wird).» (Hikam, 69)

Los frutos del camino: la progresión es un don

Esto ya lo evocaba la cita de Sidi Hamza al-Qadiri Boutchich reproducida más arriba: la progresión en las estaciones espirituales (maqâmât) no es la resultante automática y medible del trabajo espiritual del discípulo.

Al mismo tiempo, también lo hemos visto: sin trabajo no puede haber progresión, eso es cierto (salvo casos excepcionales).

Esto significa, para el discípulo, que acepta cumplir el trabajo prescrito por su guía, sabiendo al mismo tiempo que la progresión sobre el camino, hasta la realización, no puede ser sino el fruto de la gracia divina.

Concluyamos citando de nuevo a Ibn ‘Atâ’ Allâh: «Si no pudieras llegar hasta Él más que después de la extinción de tus malos impulsos y la desaparición de tus pretensiones, jamás llegarías. Pero si Él quiere hacerte llegar hasta Él, cubrirá tus cualidades con las Suyas, y tus atributos con los Suyos, y te atraerá hasta Él por un favor que te concederá, y no a causa de tus esfuerzos hacia Él» (Hikam, 133).

Para ir más lejos

Footnotes

  1. Antropólogo marroquí, autor de numerosas obras sobre el sufismo y fundador del Festival de las culturas sufíes de Fez. ↩