Testamento espiritual de Sidi Hajj Abbas

Sidi al-Hajj al-’Abbas, nacido en 1890, fue el guía espiritual de la tariqa Qadiriya Boutchichiya de 1960 a 1972. Hijo de Hajj Mojtar al-Qadiri Boutchich, eminente resistente a la invasión francesa en el este de Marruecos, se convirtió, al mismo tiempo que su hijo Sidi Hamza, en discípulo de Sidi Abu Madyan al-Qadiri Boutchich, primo de ambos.
Animado de una profunda aspiración espiritual, Sidi al-’Abbas buscaba un maestro capaz de responderle. Siguiendo el consejo de un «extasiado en Dios», a quien había acudido a los 17 años en busca de guía espiritual, esperó 35 años a que ese maestro viniera a llamar a su puerta, en 1942.
Sidi al-’Abbas siguió la enseñanza espiritual de Sidi Abu Madyan hasta la muerte de este en 1957. Designado por su maestro para sucederle, Sidi al-’Abbas, sintiéndose indigno de esa función, prefirió mantener en secreto la voluntad de Sidi Abu Madyan. Solo en 1960 consintió en revelar a los discípulos de la cofradía esa herencia y en asumir la dirección espiritual de la tariqa Qadiriya Boutchichiya. A su muerte, en 1972, Sidi Hajj al-’Abbas transmitió esa dirección a su hijo Sidi Hamza. Esa transmisión espiritual fue objeto de un testamento, en el que Sidi al-’Abbas recuerda los fundamentos y los fines de la vía. Ese texto se reproduce a continuación.
La carga de la vía
De parte del siervo, humilde ante su Señor, el pobre, el desposeído, al Hajj al Abbas al Qadiri al Boutchichi, a sus hijos y a sus hermanos en Dios.
Sabéis que amo el silencio y que mi naturaleza discreta me inclina a no hablar mucho.
Con todo, os planteáis cierto número de preguntas, que merecen un complemento de consejos y de explicaciones, a propósito de esa responsabilidad que la providencia divina me confió hace algunos años.
Hijos míos, hermanos míos en Dios:
Habréis comprendido, a través de nuestras anteriores conversaciones, que la vía sufí que siguen nuestros antepasados desde hace un siglo y medio es la vía qadiriya, que es una gracia entre las gracias del conocedor de Dios, el educado con el secreto divino, el que se beneficia de la asistencia del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él), el que es nuestro más alto abuelo, nuestro maestro Abd el Qadir al Yilani, que Dios nos haga beneficiarnos de su gracia.
Quizá sepáis que, en la época en que el destino iba a conducirme, entre aquellos de los miembros de la familia, a cumplir con la responsabilidad de perpetuar la vía de nuestros antepasados, yo estaba aún absorto en los asuntos de este mundo y trabajaba en la agricultura.
En verdad, las preocupaciones de la vida me impidieron saciar mi deseo de estudio de las ciencias religiosas cuando era joven. Me contenté con conocer las prescripciones obligatorias de la sharía y con leer el Corán. Gracias a Dios, no fui privado de comprender la belleza de los versículos y de los hadices, de conocer la conducta del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él), su comportamiento y los estados de sus compañeros, así como los actos y las palabras de los santos.
Comprenderéis que no soy alguien que se vanagloria, ni un sabio que pueda permitirse la fetua, ni siquiera alguien que pueda guiar a la gente a la luz del Libro y de la sunna: eso es el trabajo de los sabios especializados en el estudio de los textos, que se inclinan sobre su análisis. Mi relación con vosotros es una relación espiritual y educativa, basada en la compañía y en el amor de Dios, en la reunión para invocarlo y exponerse a sus gracias, en el deseo ardiente de conocerlo, en la generosidad con la asistencia del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él), todo ello para aspirar a la pureza del corazón, al fortalecimiento del ser y a su iluminación por la luz de la fe, y a todo lo que de ello resulta en materia de práctica espiritual, de educación y de comportamiento, porque cuando el interior de un ser es puro, ello rebosa hacia el exterior.
En efecto, según un hadiz del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él): «Hay en el cuerpo una parte que, cuando está sana, sana todo el cuerpo, y cuando está corrompida, corrompe todo el cuerpo: esa parte es el corazón». Solo por esa noble causa debe el siervo sincero fortalecer su voluntad y orientarse hacia Dios, sin buscar adivinar lo que Él ha elegido para él.
La sucesión de Sidi Abu Madyan
Dios y sus ángeles me son testigos de que el día en que vine a ver a mi jeque y a mi padre espiritual Sidi Abu Madyan, la misericordia de Dios sea con él, no me vino a la mente ni un instante que un día sería digno de heredar su secreto y de sucederle. Había venido a verlo con sinceridad, confiándole las riendas de mi alma, para que me ayudara a conocer su realidad (la del alma) y para que quitara el velo que separa al siervo de su Señor.
Pero los velos no se quitan tan fácilmente: es indispensable para ello tener una intención sincera y ser educado por un maestro auténtico. El hecho de encontrarme en la vía qadiri, la vía de mis antepasados, y de haber tenido por padre a un hombre de Dios no me impidió querer encontrar a un educador de las almas, sabiendo que es el único medio de transformar el comportamiento propio y de acercarse gradualmente a Dios. Mi tatarabuelo constituía en ello un buen ejemplo: Dios le abrió el corazón haciéndole emprender el mismo camino que yo, y confió su alma a un gran jeque de su tiempo, aunque él mismo perteneciera a una familia sufí y qadiri. Llegó así, por la gracia de Dios, al grado en que le fue permitido invocar el nombre supremo (ism al a’dham), y luego se convirtió en jeque a su vez. Algún tiempo antes de su muerte, aconsejó a su hijo cesar la práctica de la vía y de la invocación del nombre supremo y volver a la vía «tabarruk», porque este último no había alcanzado el maqam de la educación espiritual. Se puede comprobar así, a la luz de esta historia, que antes de poder educar espiritualmente hay que haber accedido primero al maqam que autoriza la invocación del «ism» (Alá). Los maestros espirituales siempre han aconsejado a aquellos de sus discípulos que aún no habían llegado a la meta que siguieran sus huellas y se inspiraran en su comportamiento después de su muerte. Es por esa misma razón que os aconsejo seguir al que venga después de mí (después de mi muerte), para que vuestra nafs no os detenga en mitad de tan buen camino: porque quien busca a su Señor con sinceridad lo busca en cualquier lugar, y espera conocerlo ante todo junto a aquellos en quienes se manifiesta la gracia de Dios.
Sí, acompañé a Sidi Abu Madyan, la gracia de Dios sea con él, con sinceridad y fidelidad, sin la sombra de un interés ni de una espera. Reencontré mi alma (originaria) y la paz en su compañía, porque lo amaba, lo amaba como a mi padre o incluso más. No recuerdo haberle desobedecido ni haber tomado sus consejos a la ligera. Entre sus cualidades podían notarse la humildad y el contentarse con lo que tenía; su conducta se basaba en la sunna y era conocido de todos por su intransigencia ante toda infracción de la sharía cuando era testigo de ella. No aceptaba que sus discípulos abordaran los deberes de la religión con pereza ni que se alejaran del comportamiento del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él).
No os ocultaré que la conversación más importante que tuvimos tuvo lugar cuando me ordenó sucederle tras su muerte. Era un educador de las almas purificadas tras un periodo de clarificación interior consecuente a la práctica del nombre supremo de Alá, aconsejada en el Corán y la Sunna, sin límite y sin número. Se trata de una estación majestuosa que solo alcanzan los discípulos que tienen un maqam elevado, en particular los siervos de Dios, los santos. Todo ello concierne a quienes han consagrado su vida al Corán y a la Sunna y buscan comportarse según la conducta del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) y de sus compañeros. En cambio, aquellos cuya intención está viciada, que dudan de este tipo de maqam y que no se han beneficiado de la ayuda divina deben ante todo trabajar en curar sus almas y luchar contra las influencias contrarias.
La discusión más importante que tuve con Sidi Abu Madyan tuvo lugar al final de su vida, cuando me designó como su sucesor. Me excusé entonces y designé a quienes según mi parecer eran más aptos para cumplir esa función. Me dijo entonces: «Te encargarás de esta misión de grado o por fuerza»; me callé por cortesía.
Tras la muerte de Sidi Abu Madyan (la gracia de Dios sea con él) en 1957, nadie sabía quién iba a sucederle, porque mi naturaleza me inclinaba al silencio y me impulsaba a la regularidad y a la continuidad en mi trabajo espiritual. Deseaba además tomarme el tiempo de prepararme para esa responsabilidad y sentía un gran temor de no estar a la altura. Permanecí así silencioso durante casi tres años tras su muerte, y no veía en mí ninguna aptitud para educar. No veía en mí esa confianza que él había visto en mí. Al contrario, me veía como el más débil de sus discípulos y el más necesitado de misericordia y de gracia: pero es Dios quien quiso las cosas así; el siervo de Dios debe saber que la voluntad divina es más fuerte que la suya y que otra fuerza que la suya le guía. Una de las razones que me obligaron a reaccionar y a asumir mis responsabilidades en 1960 reside en el hecho de que, durante una reunión de dikr, fui testigo de cosas que no habrían tenido lugar si Sidi Abu Madyan hubiera seguido vivo. En ese momento sentí plenamente la responsabilidad que debía asumir y comprendí que iba a ser juzgado ante Dios por todo lo que atañía al dominio de la educación espiritual, porque hasta entonces había tolerado ciertas cosas sin intentar corregirlas. Acepté entonces autorizar la práctica del dikr y del nombre supremo y hacer conocer luego el testamento espiritual de Sidi Abu Madyan. Fue entonces cuando «el asunto» fue revelado a todo el mundo.
El dikr, camino de la gracia
Dios se ha apiadado de vosotros y de nosotros, y no hemos tenido que hacer como los antiguos discípulos, cuyas voluntades eran fuertes y cuyos esfuerzos agotadores se basaban en la victoria sobre la nafs. Dios conoce nuestras debilidades y la multitud de nuestras preocupaciones en esta época, nos ha concedido la gracia de resumirlo todo en el dikr y de sobresalir en las oraciones, porque el practicar mucho dikr, cumplir todos los deberes religiosos y detenerse en los límites prescritos por la sharía ayuda a purificar el corazón, a vencer el despotismo de la nafs y a quitar su velo. Es lo que Sidi Abu Madyan había aconsejado (la gracia de Dios sea con él). Una vez me había visto afanándome y haciendo más de lo que podía: me lo prohibió con estas palabras: «Nosotros entramos por la puerta de la majestad y nos fatigamos, tú entraste por la puerta de la gracia y de la belleza, así que no te detengas». Así eran las cosas. Se dejó de lado el camino de la fuerza y del aislamiento y se lo reemplazó por el camino del dikr y de la reunión. Todo salió muy bien, gracias a Dios. En muy poco tiempo, esa vía de Dios iluminó el corazón de los discípulos que tuvieron una intención recta y objetivos nobles: no mancharon sus intenciones con intereses personales u objetivos mundanos. Invocar a Dios y reunirse para ello no es algo nuevo en el islam. Es algo que el Corán aconseja en todas las situaciones y en todos los estados (tristeza, etc.). El dikr se hace con la lengua, con el corazón, o interiormente, esforzándose en no olvidar su presencia. Dios dijo: «Los que olvidan invocar a Dios tendrán a satanás por compañero».
Dios dijo: «No obedezcas a quienes cuyo corazón olvida invocarnos y que siguen sus deseos, pues su causa está perdida».
Dijo: «Hay en la creación de los cielos y de la tierra y en la sucesión del día y de la noche signos para quienes saben ver, los que invocan a Dios de pie, sentados y acostados, y reflexionan sobre la creación de los cielos y de la tierra».
Dios dijo: «Hombres a quienes ni el comercio ni el trueque distraen del recuerdo de Dios».
Dijo aún: «Tenéis en el Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) un modelo excelente para quienes creen en Dios, en el juicio último y lo invocan mucho».
Asimismo, en la Sunna se encuentran recomendaciones para invocar a Dios, solo, en grupo, en silencio o en voz alta.
El Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «Dios dijo: Estoy a la escucha de mi siervo cuando me invoca. Si me invoca en sí mismo, lo invocaré en Mí mismo. Si me invoca en una asamblea, lo invocaré en una asamblea mejor».
El Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «Dios tiene un grupo de ángeles que se detiene sobre las reuniones de dikr en la tierra; ¡aprovechad los jardines del paraíso! Se preguntó: oh Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él), ¿qué son los jardines del paraíso? Respondió: son las reuniones de dikr; ¡id y venid en el dikr de Dios!».
El Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «Todos los que invocan a Dios están rodeados de ángeles, envueltos de gracia, la paz descenderá sobre ellos y Dios los mencionará». Como constatáis, el Corán y la Sunna recomiendan invocar a Dios, reunirse para Él y amarlo. Si hay un secreto que aprender en esta vía, sea cual sea la época, reside en la sinceridad y la fidelidad, porque Dios no mira la apariencia de su siervo, ni sus actos ni sus palabras, sino que mira más bien su corazón y su intención. Por medio del dikr, el corazón se prepara para contemplar la verdad. La verdad no está fuera de nosotros, no está en los libros, sino que está en nosotros, y Dios se expresa a través de nuestros corazones. Siempre se presentan signos, y si hemos preparado nuestros corazones para comprenderlos con el ojo de la verdad, progresamos en la vía. Si no estamos preparados, Dios, en su misericordia, nos hará nuevos signos. Por ejemplo, en el caso de una prueba: mientras no estemos preparados para comprenderla, persiste; Dios nos da signos que no vemos, perdemos el tiempo y no progresamos hacia la paz interior.
Pregunta: «¿Qué ocurre si se deja de ir a las reuniones y si se cesa la práctica del dikr? ¿Se pueden tener problemas?» Respuesta: «Lo único que te ocurrirá es que no progresarás; nada puede pasar si no abres tu corazón, pierdes el tiempo».
La sharía, marco de la vía
La vida es una sucesión de signos. Dios (exaltado sea) solo busca acercarnos a Él, en su misericordia. Somos nosotros quienes no sabemos leer sus signos. Las pruebas que tenemos, así como los bienes que recibimos, son signos, y debemos intentar ver a Dios en ellos. El único medio de comprender sus signos es abrir nuestro corazón, y el único medio de abrir nuestro corazón es volvernos hacia nuestro maestro y practicar el dikr «la ilaha illa Llah». Es esa atestación de la unidad de Dios la que nos permite contemplarlo progresivamente en todas las cosas, buscar comprender nuestra vida en relación con esa búsqueda de Dios, conocerlo. Y Él está en todas las cosas, en toda acción: cuando se mece al niño, cuando se prepara la comida, cuando se actúa por la paz, por el bienestar del prójimo; pero el dikr es indispensable, es la fuente que nos nutre y nos eleva de nuestro estado de conciencia egoísta a un estado que nos trasciende. En la vía no basta con prodigar consejos ni con vanagloriarse de haberlos aplicado, sino que esos consejos y esas acciones deben estabilizarse en la nafs. Antes se decía: «La rectitud (interior) es mejor que mil dignidades». Se preguntó un día a un gnóstico por qué razón algunos discípulos se habían separado de él, y respondió: «Mi corazón está colgado de la sharía, y quien no respeta la sharía se separa de mí». Los principios de la ley, gracias a Dios, son simples: se encuentra su origen en el Corán y en la Sunna. Las reglas están consignadas en los libros de teología y se encuentra un buen ejemplo en el trabajo de los hombres de Dios, en sus palabras, sus actos y su comportamiento.
La sharía constituye lo mejor para el hombre y la Sunna del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) es la mejor guía.
Dios dijo: «Todo lo que el Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) os ha traído, tomadlo, y todo lo que os ha prohibido, no lo hagáis».
El Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «Os he dejado sobre un gran camino blanco, de noche como de día: es el Libro de Dios y la Sunna del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él). Solo se separan de él los extraviados».
Así, mi testamento podría muy bien limitarse a indicaros lo que el islam nos ha recomendado y lo que el Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) ha aconsejado. Desde un punto de vista jurídico, no se es responsable del error o de los crímenes del prójimo sino en la medida de la ayuda que se le hubiera podido prestar y de los consejos que se le hubieran podido dar. La suerte de toda la creación está en las manos del Creador, y es Él quien juzgará. Si lo desea, perdonará por su bondad, o castigará. Sea como fuere, el mejor estado para un creyente es aquel en que trabaja (espiritualmente) de manera pura e íntegra, sin buscar su interés personal. (…)
Un hadiz dice que «Los corazones de los siervos están entre dos dedos de Dios; Él los vuelve como quiere». En una de sus oraciones, el Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) tenía la costumbre de decir: «¡Oh Dios, Tú que vuelves los corazones, fija el mío en tu religión!».
Así, ningún grado de conocimiento y ninguna ciencia pueden modificar el destino fijado por Dios desde la eternidad. Cualquiera que sea el grado de elevación de un ser, parecerá ínfimo respecto a la grandeza del estado del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él).
Un hadiz dice: «Por Dios, no sé lo que Dios hará de mí, ni lo que hará de vosotros, salvo si me envuelve de su gracia». Quizá sea este hadiz el que S. Omar retuvo y que le hizo pronunciar las famosas palabras que bien se conocen: «¡Pluguiera a Dios que la madre de Omar no lo hubiera traído al mundo y que no hubiera visto ni la existencia ni a los hombres!» (ejemplo de temor reverencial). (…)
Se os ha aconsejado hacer mucho dikr porque purifica el corazón y garantiza «la vida y su atardecer». ¿Qué remedio, aparte del dikr, podría ser útil a un corazón cuyos lados están oscurecidos y cuyo espejo está empañado? ¿Y qué medicina fuera del dikr puede devolver al interior del ser su pureza y su estabilidad? Toda cosa tiene un remedio, y el remedio de los corazones es la invocación (la ilaha illa Llah). El dikr influye en el alma y actúa sobre los sentidos, permite al creyente vivir una «buena vida» y estar adornado de un mejor comportamiento. El dikr del corazón aleja de toda preocupación mundana y de las desviaciones, así como de muchas cosas que no corresponden al grado de los fieles sinceros. Dios dijo: «¿Son los que estaban muertos y a quienes resucitamos y a quienes dimos una luz para caminar entre los hombres como quienes están en la oscuridad y de ella no saldrán?».
Las reuniones y la compañía
Cuando el dikr emana de un corazón puro e iluminado por la luz de la fe, satanás evitará su camino. Todos los secretos y luces divinas que alcanzan el corazón del discípulo y se le aparecen a veces de manera evidente y bajo diferentes formas tienen por papel incitarlo a perseverar en su caminar y aumentar su sed de conocimiento de Dios. No obstante, no hay que preocuparse por ellos, porque todo lo que llega en el mundo del espíritu está muy por encima de las capacidades del entendimiento humano. Según el hadiz: «Dirigíos a los hombres en función de sus capacidades de comprensión; ¿queréis hacer mentir a Dios y a su Profeta?». Así, el discípulo razonable debe comportarse bien respecto a esos secretos si empieza a entreverlos. Debe mostrarse vigilante, relativizar su importancia y hacer lo posible por controlarse de manera que no salga de los límites a observar, sobre todo en materia de religión. La sinceridad absoluta se realiza cuando los estados exteriores están en perfecta concordancia con los estados interiores y cuando todo sentimiento exterior nace de un sentimiento interior. Es en ese punto donde ha sobresalido la educación de Sidi Abu Madyan, la gracia de Dios sea con él. (…)
En cuanto a la ’imara, no constituye un objetivo en sí. No se debe trabajar con vistas a obtenerla, y solo está autorizada a quienes ya no pueden controlar sus sentimientos, sus deseos y sus estados, cuando oyen el dikr o la lectura del Corán y sus estados interiores se reflejan en el exterior sin que lo hayan deseado. Hay que dejar a quien se encuentra en ese estado (es su asunto), hasta que vuelva en sí y recupere su estabilidad interior. Queda que la distinción es clara, según que Dios sea la causa de esa manifestación exterior o que el discípulo la provoque de manera artificial.
Os aconsejo igualmente asistir a muchas reuniones, porque no hay educación sin compañía, sin amor y sin frecuentación de los hermanos. Gracias a la regularidad en la asistencia a las reuniones, la pureza y la vida se transmiten entre hermanos. Es entonces posible vencer la propia nafs y mejorar el comportamiento. Se pueden también quebrar los hábitos y escapar a lo que nos hubiera perdido, para adquirir cualidades y hábitos que llevan a la felicidad y a la pureza. Habéis conocido entre vosotros a jóvenes cuya vida se había ensombrecido: no veían nada positivo y el infierno de la desviación había descendido a su corazón. Por muy vasta que fuera, la vida se había vuelto estrecha a sus ojos. Luego (gracias a la vía), sus vidas se han aclarado y el néctar de la tranquilidad y de la paz se ha posado sobre su corazón. Han gustado los bienes de la fe y la paz del alma, sin los cuales toda felicidad es imposible. Es la verdad que el hombre descubre en sí, es la gracia de Dios cuando toca los corazones, la que provoca esa felicidad y hace que solo se vea en el mundo pureza y alegría, a pesar de todo lo que contiene de vicios. Del mismo modo, la cólera de Dios, cuando desciende, se convierte en un infierno insoportable. Las reuniones de dikr conducen a esa santidad cuando están puras de todo interés personal o mundano así como de todo vicio, porque la luz de la fe es un secreto bien escondido que solo se transmite a los corazones puros y sinceros. Por ahí mismo aprenderéis a poner cada cosa en su lugar y comprenderéis que todo lo que aleja de Dios y tiende a introducir preocupaciones de orden profesional o mundano en las reuniones es un obstáculo al que hay que prestar atención. En las reuniones, el faqir no recibe sino según la pureza de su intención, y no más; quien viene a las reuniones para hacer negocios o por interés personal ha perdido allí donde la gente gana. Quien ha vaciado su corazón de todo interés y se ha predispuesto a recibir la influencia espiritual encontrará lo que busca, y ha triunfado allí donde mucha gente pierde. El Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «A cada uno según su intención: quien emigra hacia Dios y su Enviado, es verdaderamente hacia Ellos que emigra, y quien emigra por una cosa de este mundo que adquirir o por una mujer que desposar, es solo por eso que emigra». Hijos míos, hermanos míos en Dios, tales son pues mis consejos. Sabed que cuando os recomiendo una cosa, soy el primero en ponerla en práctica, porque Dios me interrogará a propósito de palabras que no haya pensado o de recomendaciones que no haya aplicado. Sabed que quien ha pasado de los 80 años, que ha perdido la salud y la vista a causa de su avanzada edad, no necesita notoriedad, ni dinero, ni nada de este mundo que le impidiera decir la verdad. Es por esa razón que os aconsejo aplicar mis indicaciones. El mejor consejo que os doy, estando yo en el umbral de la tumba, es contar todo el tiempo con Dios, en todos vuestros estados, practicar antes de hablar y ser sinceros con Dios en lo que concierne a vuestra práctica espiritual y a vuestras palabras. Guiad con sinceridad, fidelidad y pobreza a los siervos de Dios hacia la religión que Él nos ha dado. «Gloria a Él, Él conoce a quienes se dirigen hacia Él y a quienes se dirigen a otra parte».
La sinceridad, prueba de la vía
Vuestras relaciones y vuestros trabajos (espirituales) deben basarse en los consejos sinceros unos para con otros, la deliberación, la pureza y el deseo del bien. El Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «La vida tradicional es el consejo sincero. ¿Hacia quién, oh Enviado de Dios?, le preguntaron los compañeros. Hacia Dios, hacia su Enviado, hacia los imanes y hacia los creyentes, sean de rango elevado o inferior». Guardaos de que satanás no os desvíe de la vía de Dios y os aleje de los foqaras. Los hombres de Dios lo han experimentado: la sinceridad en la vía expulsa las impurezas como el fuelle expulsa las escorias del fuego. La voluntad divina es que esos secretos solo sean revelados a quienes tienen una justa resolución, una intención sincera y que no vienen a la vía sino para curar su alma. Dios dijo: «Dios sabe si tenéis bien en vuestros corazones, y os dará más aún».
Hijos míos, hermanos míos en Dios, trabajad sobre lo que se ha dicho y orad a Dios en ese sentido. Sabed que la sinceridad hacia Dios y sus siervos es una cualidad indispensable. Es la base de la búsqueda de Dios y del caminar hacia su religión. La prueba de la sinceridad es cuando el exterior está en acuerdo con el interior, y cuando las palabras están en acuerdo con los actos. Dios dijo: «¡Oh vosotros que tenéis la fe, creed en Dios y estad con los sinceros!». La comunicación de la vía, más que lograrse gracias a las palabras, debe lograrse primero gracias a los actos: una buena conducta y un buen comportamiento. Quienes exhortan hacia Dios con sinceridad lo hacen por su trabajo y por una buena conducta, antes de hacerlo con sus consejos y sus palabras. Porque no hay islam sin trabajo sobre sí y sin un buen comportamiento en el que uno se esfuerza por imitar la conducta del Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) y de sus compañeros. Esa es la guerra santa de los musulmanes, porque el Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «Las últimas comunidades serán rodeadas de los mismos cuidados que las primeras». Sí, la sinceridad es una prenda colgada del cuello de cada fiel, y la búsqueda de Dios efectuada con sinceridad, así como el respeto de las indicaciones de la sharía, son condiciones tan eternas como los cielos y la tierra. Todo siervo de Dios que desee seguir las prescripciones del Corán y de la Sunna de nuestro Profeta (que la paz y las bendiciones sean con él) está cargado de esa responsabilidad.
