Arnaud Desjardins con los sufíes de Afganistán

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Cuando era productor y realizador para la televisión francesa, un oficio que era a la vez pretexto y medio de una búsqueda espiritual personal junto a los maestros de las grandes tradiciones de Asia, Arnaud Desjardins se acercó a los sufíes de Afganistán, a quienes consagró en 1973 dos películas de una hora. Fueron las últimas que rodó. El texto que sigue relata su encuentro, primero con un país que lo conquistó al instante, después con los maestros sufíes. Resume los dos capítulos dedicados a Afganistán en la biografía de Arnaud Desjardins escrita por Jacques Mousseau, Arnaud Desjardins, l’ami spirituel, publicada en enero de 2002 en las ediciones Perrin.

El flechazo se siente primero; luego se justifica y se explica con argumentos torpes e incompletos. Desde su primer viaje a Asia en 1959, Arnaud Desjardins quedó prendado del Afganistán que atravesó camino de la India al volante de una ranchera Peugeot. Los desiertos de piedra surcados por jinetes acróbatas, los hombres de pantalones bombachos y cabeza enturbantada, las mujeres de chador, los nómadas con amplias vestiduras cosidas de retazos de colores y cargados de pesadas joyas de plata y cobre en brazos y cuello, la amabilidad de los aldeanos que ofrecen al forastero puñados de frutos secos y vasos de té hirviendo: todo ello le cautivó el corazón para siempre.

Tan conquistado quedó que en 1960 renunció a seguir hasta la India y se concentró en Afganistán. Sus lecturas le habían enseñado que el país escondía en sus ciudades, y más aún en sus aldeas, maestros sufíes, depositarios de una fe y una sabiduría eternas. Acariciaba la idea de dedicarles una película. El documental que rodó aquel año, Afghanistan, y el primer relato que filmó en 1962, La Route de Kaboul, seguido del segundo en 1966, Djouma du Nouristan, gustaron a las autoridades y le valieron desde entonces la consideración de verdadero amigo del país. Sin embargo, esas mismas autoridades, tan amables y sonrientes con él, negaban la existencia de los sufíes: eran mitos, pertenecían a la historia antigua, habían desaparecido para siempre. El poder de la época quería forjar una imagen moderna de Afganistán.

Apertura

En 1967, a la vuelta de una estancia en la India, Rawan Farhadi, director de asuntos políticos del ministerio de Asuntos Exteriores, con quien le unía una amistad, le preguntó: «¿Sigue interesándole el tema de los sufíes? Entonces le diré la verdad: aún existen. He obtenido del ministro de Información una carta que le autoriza a circular libremente por Afganistán y a tomar contacto con las khanaqa. Dependerá después de los maestros sufíes acogerle o rechazarle.»

Una puerta se había entreabierto. Su amigo le dio un consejo: «No tome como guía a ninguno de sus amigos del ministerio: no sería recibido. Los sufíes se mantienen al margen de todos los poderes. Solo veo a una persona capaz de acompañarle: un erudito que tradujo a Molière al persa. Vive en el viejo Kabul y se llama Mohamed Ali Raonaq. Es un original que va siempre a la suya. A usted le toca convencerlo.»

Arnaud lo conoce en un taller donde repara radios. Los dos hombres simpatizan, pero Raonaq advierte: «Soy musulmán y creyente, pero no practicante. No creo en la sinceridad de nuestros místicos. Creo que son charlatanes que se aprovechan de la credulidad de sus semejantes.»

Durante sesenta días recorren Afganistán en Land Rover, recogiendo direcciones aquí y allá. No hace falta hacerse anunciar: hay que ir hacia la gente. Si Alá lo quiere, el encuentro tendrá lugar. Por lo demás, el maestro sufí no vive retirado del mundo: es comerciante o artesano, e incluso ejerce un oficio moderno como el de mecánico. Instalado en su siglo, observa escrupulosamente los principios coránicos. Su honestidad es irreprochable, ha recibido una sólida formación doctrinal y sus discípulos lo reconocen por su elevación espiritual. Estos se reúnen en torno a él en la khanaqa, una vez por semana, la noche del jueves al viernes, para escuchar su enseñanza y practicar el dhikr.

Primera aproximación

El primer maestro al que acuden está ausente. Su mujer ofrece té a los visitantes y los invita a almorzar. Cuando regresa, se muestra cálido y se pone alegre cuando Arnaud le plantea preguntas de orden espiritual que Raonaq traduce con los brazos cruzados sobre el pecho, en señal de que se retira de la conversación. El ambiente se enfria cuando Arnaud Desjardins evoca, aunque tímidamente, su proyecto de película: «Fotografías, a veces. Pero una película no, no puedo planteármelo», replica el maestro.

Cuando se despide del shaykh, el frío hace tiempo que se ha disipado. Tras su intercambio filosófico-religioso, este le posa largamente la mano sobre el hombro. Es un cumplido.

Todos los maestros que Raonaq y Desjardins encuentran después oponen la misma negativa. En Tchârikâr los recibe Khalifa Saheb, de rostro enérgico y enjuto, pómulos salientes, nariz aguileña, barba blanca. Caída la noche, sus discípulos se aprietan hombro con hombro en un dhikr que dura hasta el alba, el primero al que Arnaud asiste, y que lo impresiona. En Mazâr-i-Sharîf, el shaykh Samar-ud-dîn responde a las nuevas preguntas que Arnaud ha ido madurando a la luz de las primeras respuestas escuchadas. Los personajes más fascinantes con los que se topa son a veces tenderos de aldeas minúsculas. En el Occidente cristiano serían, sin duda, monjes de monasterio. Arnaud comprende que el islam, con sus cinco oraciones diarias obligatorias, ha hecho del mundo un vasto monasterio.

Arnaud ha renunciado a sacar la cámara. Sin embargo no retrocede ante ningún esfuerzo ni ante ningún trayecto si le señalan a un maestro. Con cada sabio retoma la discusión en el punto donde la dejó con el anterior. Expone aspectos del budismo y del hinduismo de los que se impregnó en la India; todos le replican con un rasgo paralelo de su propia doctrina. Termina por convencerse de que las grandes tradiciones religiosas confluyen en un núcleo idéntico. Al cabo de una noche entera de conversación, un maestro sufí exclama: «Yak ast do nist: ¡Uno es, dos no es!» Arnaud reconoce ahí el no-dualismo de los hindúes, tan difícil de concebir para un occidental y mucho más aún de vivir.

Poco a poco, Mohamed Ali Raonaq cambia de actitud sin darse cuenta: «Yo mismo quedaba maravillado por las palabras que traducía. Iba haciéndome discípulo. Estaba recibiendo a mi pesar.» Al final de aquel viaje de reconocimiento, que no debía tener continuación, Arnaud le dice: «Quizá mi papel era convertirte a tu religión, y solo eso.»

La autorización

En 1972, seis años después, Raonaq, que ha mantenido el contacto con los sufíes, percibe un cambio en su discurso: «¿Tiene noticias de su amigo europeo? ¿Qué es de él? Había hablado de hacer una película.» Y un día se pronuncia la frase tan esperada: «Puede venir ahora.»

«Interpreté ese cambio de actitud como una llamada, dice Raonaq. Los sufíes presentían una amenaza, la llegada de tiempos difíciles para sus cofradías.» Informado por su amigo de Kabul, Arnaud Desjardins monta a toda prisa una expedición con los servicios de la televisión francesa. Parte en pleno invierno. En Kabul se reencuentra con su intérprete, que le dice a los pocos minutos de conversación: «Discúlpame, es la hora de la oración… Sí, sí, he cambiado.»

Ninguno de los maestros de 1967 ha desaparecido. Arnaud los reencuentra uno tras otro y por fin puede filmarlos. En Mazâr-i-Sharîf graba un dhikr que dura toda una noche. El hermano pequeño del shaykh implora el perdón del Todopoderoso. Los bustos se balancean cada vez más deprisa, arrastrados por los músicos.

«Después de quince años de paciencia, dice hoy Arnaud, tuve mi recompensa. Ningún otro cineasta habría podido hacer las películas que yo conseguí hacer.»

Las dificultades no faltan. A veces el lugar del rodaje no tiene electricidad, a veces el voltaje no sirve. Arnaud selecciona las escenas que pueden ser aceptadas y comprendidas por los occidentales, igual que hizo en la India, por respeto a las creencias y los rituales de quienes lo acogen: «Entiendo a los gobiernos que temen las falsas interpretaciones que pueden hacerse de ciertas costumbres.»

El fin de una época dorada

El rodaje termina en Kabul. Arnaud Desjardins queda con Raonaq una mañana a las 8 para filmar fachadas de casas antiguas que servirán de planos de corte. En el centro ve tanques en formación. Durante la noche, el príncipe Daoud, primo del rey Zaher Shah, que estaba de vacaciones en la Riviera italiana, ha dado un golpe de Estado y ha proclamado la República, apoyado en la sombra por la URSS. Los planos previstos no se filmarán jamás.

Raonaq viaja a París para el montaje. El primer elemento del díptico, Maître et disciple, se emite el 26 de octubre de 1974 en FR3; el segundo, Au cœur des confréries, una semana después, el 2 de noviembre. Esas dos películas nunca se han visto en Afganistán.

En Kabul, los comunistas derrocan rápidamente al príncipe Daoud y toman el poder. Persiguen a los sufíes, considerados reaccionarios: un poder de doctrina totalmente materialista no puede soportar la presencia de personas que consagran su existencia a la búsqueda espiritual. Primero requisan y queman los libros religiosos; después se ensañan con las personas.

De los veinte maestros que aparecen en las películas de Arnaud, dieciocho fueron asesinados, a menudo en condiciones atroces. Una cofradía quiso rebelarse con las armas en la mano cuando la policía vino a detener a sus miembros. «No, nada de violencia, es nuestro destino», dijo el pîr. Toda la cofradía fue asesinada en prisión. El destino más cruel fue sin duda el del shaykh Abd-ul-rad-Fayaz, de la mezquita de Kandahar: los comunistas se apoderaron de él, lo hicieron subir a una avioneta y lo arrojaron al vacío sobre el patio del santuario.

¿Cómo explicar el presentimiento de los grandes maestros sufíes en 1972, menos de un año antes del golpe de Estado que inauguró treinta años de tragedia? No los salvó, ni a ellos, ni a sus familias, ni a sus discípulos. Es, sin embargo, el signo concreto de una dimensión vivida que escapa por completo al sentido común y que nace en lo más profundo de las posibilidades espirituales del hombre.

Las películas

El documental de Arnaud Desjardins se compone de dos partes bien distintas:

Ambas películas están disponibles en DVD en Alizé Diffusion.

Por Jacques Mousseau.

Ilustración

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