El sufismo y el islam

Un día en que el Profeta Muhammad estaba con sus compañeros, estos vieron llegar a un joven vestido de blanco, sin rastro alguno del polvo del viaje. El hombre se sentó frente al Profeta, colocó sus piernas entre las suyas y le preguntó: «¿Qué es el islam?» El Profeta respondió: «El islam es la sumisión a Dios, basada en la práctica de los cinco pilares: el doble testimonio de la unicidad divina y de la revelación muhamadiana, la oración, la limosna, el ayuno del mes de Ramadán y la peregrinación a La Meca». El joven dijo entonces: «¡Has dicho la verdad!», lo que no dejó de asombrar a los compañeros. Luego preguntó: «¿Qué es el îmân?» (la fe). El Profeta respondió: «El îmân es creer en Dios, en Sus ángeles, en Sus libros, en Sus enviados, en el Día del juicio y en la predestinación». Una vez más, el joven exclamó: «¡Has dicho la verdad!», y preguntó: «¿Qué es el ihsân?» (la excelencia). El Profeta respondió: «El ihsân es adorar a Dios como si Lo vieras, pues si tú no Lo ves, Él te ve». Después de confirmar estas palabras con un nuevo «¡Has dicho la verdad!», y de plantear algunas preguntas más, el joven se marchó. El Profeta preguntó entonces a sus compañeros si sabían quién era ese joven. Ante su ignorancia, les reveló que se trataba del arcángel Gabriel, «venido para enseñaros vuestra religión».
A través de este célebre hadiz aparecen tres niveles de experiencia y de comprensión de la realidad divina: la sumisión a la Ley, es decir, el respeto de la corteza y de la forma de las cosas; la fe, es decir, la comprensión de la carne y del contenido de la religión; la excelencia, es decir, el hueso central que constituye la toma de conciencia de la presencia divina. «Para alcanzar el hueso hay que atravesar la corteza», decía Maestro Eckhart. El fruto está hecho de una corteza (la Ley), de una carne (la fe) y de un hueso (el espíritu). Pero para alcanzar el hueso, que es el único que contiene en germen un nuevo fruto, hay que pasar primero por la corteza.
La relación entre el exoterismo y el esoterismo puede compararse a la que existe entre el cuerpo y el espíritu. Sin espíritu, el cuerpo queda vacío de su sentido, de su fuente viva; sin cuerpo, el espíritu es inasible y se convierte en pura abstracción. Ahora bien, nosotros no somos espíritus puros. Enraizados en un espacio y en una temporalidad, poseemos un cuerpo y un alma en perpetua interacción. Basta ver hasta qué punto el hecho de estar cansado o hambriento puede alterar a veces nuestra paciencia o nuestro buen humor, para convencerse de que la vida de nuestro cuerpo influye en nuestro estado interior. Esa interacción está, por lo demás, en la base de la noción de ritual, de esa práctica que moviliza el conjunto de los elementos constitutivos de nuestro ser. Si la filosofía, que permanece puramente en el nivel de lo mental, puede practicarse sin vínculo con nuestro modo de vida, el trabajo espiritual necesita, en cambio, un marco exterior para poder ser eficaz.
Para el discípulo, las prácticas del islam constituyen la prolongación en los actos de su camino espiritual. Un gran maestro sufí lo explica de la manera siguiente: «El respeto de las prescripciones del islam desempeña el mismo papel que la cera que constituye el tapón de una botella y que impide que el líquido se derrame hacia fuera. Un recipiente puede estar lleno de agua, pero si su fondo está rajado por un cuchillo, todo el líquido se escapa. Por mucho que se intente llenarlo de nuevo, si el fondo está agujereado, nada podrá conservarse. Esta imagen ilustra la situación del discípulo que no aplica esos principios.» El secreto espiritual es esa agua con la que la práctica del dikr permite llenar el corazón del discípulo. Si la botella que constituye su corazón no tiene tapón, o no tiene fondo, no podrá conservar esa agua duraderamente. Por intensa que haya sido aquello que haya podido gustar, tendrá que resignarse a separarse de ello.
La aplicación práctica de estos principios reside esencialmente en el respeto de los cinco pilares del islam. El primero lo constituye un doble testimonio, a la vez de la unicidad divina y de la revelación muhamadiana. Se trata de afirmar que no hay dioses sino Dios, y que Muhammad es Su enviado; es decir, que Dios es único y que existe un camino de retorno hacia Él, que nos ha sido indicado por el ejemplo del Profeta Muhammad. El segundo consiste en el cumplimiento de las cinco oraciones cotidianas, que deben ir precedidas de las abluciones rituales. El tercero reside en la limosna legal, que tiende a purificar los bienes que nos han sido asignados, tomando de ellos una parte para los necesitados. El cuarto lo constituye el ayuno del mes de Ramadán, que se efectúa del alba a la puesta del sol durante un ciclo lunar. Por fin, el quinto pilar consiste en realizar la peregrinación a La Meca al menos una vez en la vida, si se tienen la posibilidad física y material.
Conviene insistir en que no se trata aquí de imponerse obligaciones, sino de tomar conciencia interiormente de la necesidad de poner en marcha progresivamente, cada cual a su ritmo, reglas que nos permitirán conservar lo que hemos recibido y recibir más. Como se dice en el Corán: «Dios quiere para vosotros la facilidad; no quiere para vosotros la obligación» (II, 185). Todo depende también del punto desde el que cada uno emprende su búsqueda: si una persona de origen musulmán se compromete en la vía, la aplicación de los preceptos del islam podrá parecerle fácil y, en cierto modo, natural. Para un occidental que ignora a priori todo de esas prácticas, las cosas deberán hacerse, por el contrario, de manera más progresiva, aunque solo sea porque tendrá todo que aprender y porque esos ritos serán enteramente nuevos para él.
El acento se pone, pues, en la necesidad de dirigirse a la larga hacia una práctica respetuosa de las obligaciones y de los interdictos de la religión, al tiempo que se subraya la preeminencia del espíritu sobre la letra en la aplicación de esos mandamientos. Para ilustrar este propósito puede mencionarse la historia de aquel hombre que había venido a rezar a la mezquita donde se encontraba el Profeta. El hombre acababa su oración cuando uno de los compañeros advirtió que uno de los movimientos de la oración no había sido correctamente ejecutado. Exhortó al hombre a rehacer su oración según la letra, y este lo hizo. Terminada su segunda oración, el hombre se volvió hacia el compañero que lo había interpelado y le preguntó: «En tu opinión, ¿cuál de mis dos oraciones ha sido aceptada por Dios?» «La segunda, evidentemente, puesto que solo ella ha sido cumplida según la regla», respondió este. «Pues bien, yo (le dijo el hombre) creo que es la primera la que ha sido aceptada. Porque esa la hice para Dios, mientras que la segunda la hice para ti.» El Profeta, que había asistido a la escena, confirmó esa realidad. La intención sigue siendo, pues, primordial. Como indica Ibn ‘Atâ’ Allâh: «Las obras son formas muertas; la vida penetra en ellas por el secreto de la intención pura.» Es el estado de espíritu interior, la realidad de la conciencia íntima que acompaña a la acción, lo que verdaderamente la anima y le da su sentido más profundo.
Resulta interesante constatar que el término árabe sharî’a, que se utiliza para designar la Ley religiosa, posee también el sentido de «camino». El espíritu de la sharî’a consiste en realidad en acercarse lo más posible al estado que era el nuestro en el momento de la creación del hombre, es decir, en reencontrar poco a poco la conformidad con nuestro modelo adámico. Se trata, pues, de un camino, de una puesta en conformidad progresiva, que nos permitirá, a medida que nos purifiquemos, recibir cada vez más.
Para terminar, precisemos que, en lo que respecta a las reglas sociales y de la «convivencia», está claramente establecido que cada cual debe respetar las leyes del país en que se encuentra. Los principios de la laicidad francesa, por ejemplo, son perfectamente compatibles con los principios enunciados aquí. Sidi Jamal, shaij de la vía de 2017 a 2025, aconsejaba por lo demás a todos sus discípulos comportarse como buenos ciudadanos en todos los países en que residen: ese comportamiento constituye en sí mismo una forma de respeto de la sharî’a.
Texto redactado por un colectivo de discípulos de la vía Qadiriya Boutchichiya.
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