Los tres grados de la religión: islâm, îmân e ihsân

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Las dos palabras del Profeta (sobre él la gracia y la paz) citadas en este artículo, extraídas de la colección de los cuarenta y dos hadices del imâm Nawawî, figuran entre las que más a menudo se citan para mostrar el lugar del sufismo dentro del islam. Nótese que están transmitidas por Muslim la primera y por Bujârî la segunda, lo que significa, para quien estudia la ciencia del hadiz, que su autenticidad no admite duda. La observación tiene su importancia, porque algunos, por ignorancia o por mala fe, han intentado desacreditar el sufismo: según ellos, se apoyaría en hadices poco fiables, cuando no inventados.

El hadiz de Yibrîl

La primera palabra se suele llamar «hadiz de Yibrîl», por la presencia del arcángel. Su conclusión muestra el carácter sagrado y central de todo lo que se ha dicho: «Es Gabriel, que ha venido a vosotros para enseñaros vuestra religión.»

Así, el arcángel, mensajero de Dios, apareció esta vez no solo al Profeta, como hacía a menudo, sino también a todo un grupo de compañeros. En la historia sagrada, este acontecimiento es único, y ello debe mostrarnos el valor de las palabras intercambiadas.

Con sus tres primeras preguntas, el arcángel enseña a la comunidad que la espiritualidad puede vivirse en distintos grados de profundidad, y da a esos grados los nombres de islâm, îmân e ihsân, que pueden traducirse por «sumisión», «fe» y «excelencia».

Numerosos maestros han evocado esos tres grados, en el sufismo e incluso en otras tradiciones, y para explicar sus relaciones se suele tomar la imagen de un fruto o de una nuez. El islâm, como simple aplicación de los pilares o de la ley revelada (sharî’a), puede compararse a la corteza que contiene y protege la nuez. El îmân es la carne de la nuez, y una práctica sin fe es comparable a una cáscara vacía, buena solo para romperse los dientes, sin esperanza de sacar de ella el menor alimento. El ihsân sería entonces el aceite que da a la carne su sabor: sin ese aceite, la carne se vuelve seca e insípida.

El Profeta tenía por costumbre, e incluso por misión, dirigirse a los hombres en función de su grado de comprensión, lo que explica que en algunas de sus palabras se tenga la impresión de que la dimensión interior permanece oculta. Si no se echa sobre la religión musulmana más que una mirada rápida y superficial, se corre el riesgo de no percibirla sino como un conjunto de reglas, una suerte de modo de empleo de la piedad para entrar en el paraíso. Pensar eso sería como mirar una nuez y decirse, sin ir más lejos, que no es más que una cáscara vacía, porque quizá no se sabe cómo atravesar esa cáscara y alcanzar la carne y el aceite.

Hay, pues, que aprender a ver las formas y las prácticas rituales como medios de educación, y no perder de vista el objetivo de esa educación.

Islâm: los pilares

«El islam es testimoniar que no hay otra divinidad que Dios y que Muhammad es el enviado de Dios, que cumplas la oración, pagues la purificación, ayunes el mes de Ramadán y realices la peregrinación si tienes la posibilidad.»

Estas prescripciones debían recibir el nombre de pilares del islam, y son como el cemento que suelda la comunidad y la igualdad entre hermanos, pues son las mismas para todos los musulmanes del mundo, sin distinción de raza, sexo, riqueza o rango social.

Las modalidades de aplicación de esos distintos ritos las comenta y explica la ciencia del fiqh, pero si hay un punto común a todas las escuelas, es que la condición esencial de su validez, la clave que les da su sentido, su valor y su realidad, es la intención con que se cumplen. El Profeta aludió a ello muchas veces cuando dijo: «Hay quienes no recibirán de su ayuno más que el hambre y la sed…», o también: «Hay quienes para quienes la oración no será más que una gimnasia…» Citasemos también este versículo del Corán: «Dicen con sus lenguas lo que no está en sus corazones» (Corán XLVIII, 11).

No es, pues, la forma de tal o cual acto lo que cuenta, sino la intención de la que ese acto es expresión. Y para los sufíes, esa intención es purificarse para rendir a Dios un culto cada vez más sincero.

Así, atestiguar Su unicidad, en el nivel más superficial, es no adorar estatuas inertes; pero en el nivel más esencial, es no percibir ya otra realidad que la Realidad divina, porque Él es el Interior y el Exterior, y no hay otro interior ni otro exterior que Él.

Atestiguar que Muhammad es el enviado de Dios es vincularse a su comunidad, considerarlo como el guía supremo hacia Dios y recordar su palabra: «Vuestra fe no será total mientras yo no sea más caro a vuestros corazones que vuestros bienes, vuestros parientes y vosotros mismos.»

Cumplir la oración es devolver al tiempo una dimensión sagrada, es recordar siempre que Dios es más grande que todo aquello de lo que me ocupo y a lo que doy importancia; es, dice el hadiz, como tener un río de agua pura que corre al pie de la propia casa y bajar cinco veces al día a lavarse en él.

Pagar la limosna es recordar la solidaridad necesaria entre todos los hombres, creados iguales ante Dios con el solo fin de adorarle.

Ayunar es aprender a desprenderse de los placeres del mundo para no percibirlos ya como fines en sí mismos, sino como manifestaciones de la belleza y la bondad del Todomisericordioso, que concede cada noche la ruptura del ayuno y una parte de Su gracia.

Realizar la peregrinación, por fin, es ir a La Meca si se tiene la posibilidad, pero es sobre todo vivir en este mundo como un viandante, como un exiliado que viene de Dios y solo aspira a volver hacia Él.

Îmân: la fe

«El îmân es creer en Dios, en Sus ángeles, en Sus libros, en Sus enviados y en que Su decreto prevalece sobre toda cosa.»

A partir de esta palabra, que retoma por lo demás pasajes del Corán, se construye el credo de la fe musulmana. La ciencia que luego comenta ese credo para exponer el dogma se llama kalâm, o teología; pero, como veremos más adelante, lo importante no es tanto disertar sobre el îmân como hacerlo penetrar en el corazón.

Un teólogo dijo un día a un sufí: «Acabo de reunir en una obra setenta pruebas irrefutables de la existencia de Dios.» Este le respondió entonces: «Si Lo hubieras conocido una sola vez, jamás habrías tenido necesidad de la menor prueba.» Ibn ‘Atâ’ Allâh dice también: «Oh tú que buscas demostrarlo, si no fuera Su infinita Realidad, ni tú ni tus pruebas existiríais.»

Ihsân: la excelencia

«El ihsân es que adores a Dios como si Lo vieras, pues si tú no Lo ves, Él en verdad te ve.»

La excelencia no se define, pues, por una serie interminable de reglas de comportamiento, sino como una manera de adorar a Dios que dimana de un estado interior. «Como si Lo vieras», porque no se puede ver a Dios, pero no se puede expresar de otro modo lo que es del orden de la experiencia.

El Profeta decía de Abû Bakr, a quien consideraba el más próximo de sus compañeros: «No os ha superado por más ayunos ni más oraciones, sino por algo que ha tomado lugar en el fondo de su corazón.» Y también esta palabra asombrosa: «Quien quiera ver caminar a un muerto, que mire a Abû Bakr.»

Se ve, pues, que el ihsân no puede explicarse como se explica un punto de derecho o un punto de doctrina. Quien lo vive no puede más que evocar su realidad por alusiones y testimoniar, con un comportamiento justo, de lo que Dios ha depositado en su corazón.

Hay además una sutileza del texto árabe que la traducción no puede rendir: la fórmula «Si tú no Lo ves, Él te ve» se expresa mediante una construcción propia de la lengua árabe que, traducida palabra por palabra, daría: «Si tú no eres, tú Lo ves, entonces Él te ve.» Ese «si tú no eres» alude a la muerte iniciática, a la extinción del ego (fanâ’), que conduce a la contemplación, o a lo que se llama realización espiritual, o santidad, de la que habla el segundo hadiz.

El hadiz del santo

Lo que a menudo se llama hadiz del santo (walî) es un hadiz qudsí, es decir, una palabra en la que Dios mismo habla por boca del Profeta. Lo transmite Abû Hurayra, uno de los «hombres del banco», los ahl al-suffa, considerados los primeros sufíes.

Este último estaba dotado de una memoria excepcional, que le permitió transmitir numerosísimas palabras del Profeta, pero dijo también esta cosa asombrosa: «Recibí del enviado de Dios dos ciencias: os he transmitido la primera, pero si os hablara de la segunda, me apedrearíais.»

En efecto, ciertas verdades solo pueden ser comprendidas por quienes las viven, y quien intenta expresarlas se expone a incomprensiones a veces graves, que están en el origen de todas las actitudes integristas a las que los sufíes se han enfrentado. Sin duda es para poner en guardia al común de los creyentes contra el riesgo de malinterpretar todo lo que excede el marco de su comprensión que Dios da esta advertencia: «Quien muestre hostilidad hacia uno de Mis walîs, le declaro la guerra.»

Habiendo así indicado la existencia de la santidad, y el favor y la protección de que goza quien la ha recibido, Allâh continúa dando los medios que conducen a esa santidad, y luego termina describiendo sus modalidades.

«Mi siervo no se acerca a Mí por algo más agradable a Mis ojos que por el cumplimiento de lo que le he prescrito…»

Es el grado del islâm, o de la sharî’a, el que se considera aquí como primera etapa ineludible, aunque no suficiente, del camino. Se puede recordar, para comentarlo, la sentencia de Ibn ‘Atâ’ Allâh: «Correr tras las obras supererogatorias y descuidar lo que es obligatorio es señal de que tu alma está aún dominada por el orgullo y la pasión.» Se puede decir también que no se puede alcanzar el corazón del fruto sin pasar primero por la corteza.

«…y Mi siervo no cesa de acercarse a Mí mediante prácticas supererogatorias, hasta que Yo lo amo.»

Es el grado de la tarîqa, es decir, de la Vía, que es una profundización continua de la fe (îmân). En efecto, si para el teólogo la fe consiste en creer y adherirse a un dogma establecido, para el discípulo sufí se trata ante todo de vivir una práctica que va a alimentar su experiencia espiritual.

Así, por ejemplo, la fe en los ángeles no crece a fuerza de discursos sobre la angelología: se impone como una evidencia a quien ha gustado las luces que Dios deposita en los corazones durante las asambleas de invocación. El Libro deja de ser un simple texto que uno tendría el deber de considerar como la Palabra de Dios: se convierte en un compañero de ruta que se desvela día tras día a quien busca a Dios con sinceridad, y que lo guía, lo sostiene, lo ilumina, lo anima, lo consuela, lo tranquiliza, lo despierta, lo llama.

Los profetas (sobre ellos la paz) se convierten en algo así como hermanos mayores que lo han precedido y guiado en la fe, y cuyo ejemplo y recuerdo devuelven el ímpetu para afrontar las pruebas. El enviado de Dios, por fin, está siempre más cerca. Numerosos sufíes han podido contar los encuentros que han tenido con él en sueños o en experiencias de desvelamiento, y él mismo dijo: «Quien me ve me ha visto realmente, pues Satán no toma mi forma.»

Pero antes de alcanzar esas experiencias hay un respeto, luego un amor, por fin una presencia que crecen poco a poco. Dijo también: «Ningún siervo me dirige su saludo sin que Dios me devuelva a la vida para que yo le devuelva su saludo; y quien reza por mí una vez, por él rezo diez veces.» Y dijo incluso esta palabra asombrosa a uno de sus compañeros:

«Suspiro por encontrar a mis prójimos.»

«Pero, enviado de Dios, ¿no somos nosotros tus prójimos?»

«Vosotros, respondió, sois mis compañeros.»

«¿Y quiénes son entonces tus prójimos?»

«Los que creerán en mí sin haberme siquiera visto.»

«Y cuando Yo lo amo, soy su oído con el que oye, su mirada con la que ve, su mano con la que asa y su pie con el que marcha; si Me pide, en verdad lo colmaré; si busca junto a Mí asilo, en verdad se lo daré.»

Estas palabras evocan la estación del amor, la de los bienamados de Allâh, de Sus amigos. Es la estación del ihsân, o de la haqîqa. Cabe notar el paralelo entre el sentido escondido en la definición del ihsân («Si tú no eres, tú Lo ves, ciertamente Él te ve») y lo que aquí se dice: el santo consumado o realizado es el que se ha extinguido a sí mismo (fanâ’) para no subsistir más que por Dios (baqâ’), es decir, que solo Dios subsiste, y es Él quien es el oído, la mirada, la mano o el pie del santo. Esos términos fanâ’ y baqâ’ están tomados de un versículo del Corán que dice: «En verdad, toda cosa se extingue (fanâ); solo subsiste (baqâ) la Faz de tu Señor» (Corán LV, 26-27).

La fuente profética

Estos dos hadices muestran, pues, que la espiritualidad engloba varios grados y que cada cual puede hallar en ellos su parte. Pero hablar de esos grados no basta para vivirlos: hace falta para ello más que palabras, una guía.

Podemos volver sobre el hadiz de Yibrîl para observar la actitud del arcángel. Como se ha evocado hace un momento, viene a los compañeros del Profeta, lo cual es un acontecimiento único, para enseñarles su religión. Pero aunque bien podría hacerlo, no les habla directamente: no se dirige más que al Profeta. Coloca sus rodillas contra las suyas y sus manos sobre sus muslos, para mostrar la proximidad que hay entre él y el Profeta, y entre este y Dios; y todo lo que quiere decirles, se lo hace decir por él, para mostrarles que en él se encuentra la respuesta a todas las preguntas. En este sentido se comprende mejor esta palabra del Profeta: «Yo soy la ciudad del conocimiento, y mi yerno ’Alî es su puerta.»

Así, el Profeta es la fuente de toda ciencia. Quien solo aspira al primer grado de la religión debe vincularse a él por medio de los sabios de la sharî’a, que de generación en generación se han transmitido lo que él enseñó en ese dominio. Lo mismo vale para quien quiere alcanzar el grado del îmân, que podrá ser guiado hacia él por los teólogos.

Quien, por fin, aspira al ihsân y quiere ser educado para pulir su corazón, transformar su comportamiento y gustar los secretos indecibles de la haqîqa, debe encontrar un ser elegido por Allâh para llegar a ser una puerta hacia el Profeta: un ser que está extinguido en Allâh y que solo subsiste por Él, un ser del que Él es el oído, la vista, la mano y el pie, un ser que Él ha elegido, que Él ama y que Él protege. Tal ser es una misericordia para los mundos, como lo era el Profeta mismo. Ruego a Dios que dé larga vida a tales seres y que guíe hacia ellos a todos aquellos a quienes quiere hacer llegar hasta Él.

Enunciado del hadiz de Yibrîl

(Transmitido bajo la autoridad del compañero ’Umar.)

Un día, mientras estábamos sentados con el Profeta, un hombre apareció ante nosotros. Sus vestidos resplandecían de blancura, sus cabellos eran del más sombrío negro. Ningún signo de las fatigas del viaje aparecía en él. Ninguno de nosotros lo conocía. Se dirigió al Profeta y se sentó ante él, con las rodillas contra las del Profeta. Puso también sus manos sobre los muslos del Profeta y preguntó: «¡Oh Muhammad! ¿Qué es el islam?» El Profeta respondió: «El islam es testimoniar que no hay divinidad más que Allâh y que Muhammad es el mensajero de Allâh, hacer la oración, dar la limosna, ayunar durante el mes de Ramadán y visitar la casa de Allâh como peregrino, si se tienen los medios.» El extranjero dijo: «¡Has dicho la verdad!» Nos quedamos estupefactos de que le hiciera una pregunta para luego decirle que era verídico. El extranjero dijo: «¡Oh Muhammad! ¿Qué es el îmân?» El Profeta respondió: «El îmân es creer en Allâh, en Sus ángeles, en Sus libros, en Sus mensajeros, en el día del Juicio, y creer que Su decreto prevalece sobre toda cosa.» El extranjero dijo: «¡Has dicho la verdad!» Luego preguntó aún: «¿Qué es el ihsân?» El Profeta respondió: «El ihsân es adorar a Allâh como si se Lo viera, pues si no se Lo ve, Él nos ve.» El extranjero dijo: «¡Has dicho la verdad!» Entonces preguntó por fin: «¿Y qué hay de la hora del Juicio?» El Profeta respondió: «¡No conozco más de ella que quien hace la pregunta!» El extranjero dijo: «¡Háblame entonces de sus signos!» El Profeta respondió: «La mujer esclava dará a luz a su señora, y los pobres, los descalzos y los pastores rivalizarán en elevar grandes edificios.» El extranjero permaneció un buen rato antes de marcharse. El Profeta me dijo entonces: «’Umar, ¿sabes quién era la persona que hacía esas preguntas?» Respondí que Allâh y Su mensajero sabían mejor. El Profeta respondió: «Era Yibrîl (el arcángel Gabriel). Ha venido para enseñaros vuestra religión.»

Enunciado del hadiz del santo

(Transmitido por Bujârî.)

El Profeta dijo, en el hadiz qudsí: «Allâh ha dicho: “Quien muestre hostilidad hacia uno de Mis santos (walî), le declaro la guerra. Mi siervo no se acerca a Mí por algo más agradable a Mis ojos que por el cumplimiento de lo que le he prescrito. Luego no cesa de acercarse a Mí por obras supererogatorias, hasta el punto de que Yo lo amo. Y cuando lo amo, soy su oído con el que oye, su mirada con la que ve, su mano con la que asa y su pie con el que marcha. Si Me pide, en verdad lo colmaré; si busca junto a Mí asilo, en verdad se lo daré.”»

Caligrafía de Adam Williamson

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