La vía sufí

Una puerta abierta, símbolo del camino espiritual

Una vía espiritual se presenta como un camino de retorno al centro de nuestro ser y tiene por finalidad permitir a cada cual realizar el conjunto de las posibilidades inherentes al estado humano, por el restablecimiento progresivo de nuestra percepción de la divinidad.

Una vía viva es una vía cuya guía espiritual es un ser realizado que vive entre nosotros como un istmo o un puente entre la realidad divina y nuestra propia realidad.

Tradición plurisecular extendida por el mundo entero, el sufismo está en el origen de numerosas vías espirituales. Situándose él mismo en el corazón del islam, no es una filosofía ni mucho menos un sistema de pensamiento: el sufismo es ante todo una manera de estar en el mundo.

Como dice un poema sufí: «¡Oh Amigo! Cesa de buscar el porqué y el cómo. Cesa de hacer girar la rueda de tu alma. Allí mismo donde te encuentras, en este instante todo te es dado, en la más grande perfección. Acepta ese don, exprime el jugo del instante que pasa». El sufismo tiene por fin despertar nuestro corazón, no nuestro corazón físico, sino nuestro corazón espiritual, esa fina punta del ser que es el lugar de la percepción espiritual.

El sufismo se practica bajo la dirección de un shaij vivo que debe satisfacer las obligaciones de la tradición sufí: la detención del secreto espiritual que hará efectivo el trabajo de purificación sobre el discípulo, una cadena de transmisión de ese secreto que remonta hasta el Profeta (sws) y que valida la filiación iniciática, y una autorización concedida por una guía contemporánea. El término «vivo» remite necesariamente a esas tres condiciones. Literalmente, shaij en árabe significa «el Anciano» o «el Guía». Se lo traduce a menudo por guía espiritual, o incluso maestro. La función de ese shaij es una guía espiritual que tiene por objetivo hacernos descubrir por nosotros mismos la Realidad divina. La guía es aquel que ya ha recorrido el camino: se ha extinguido en Dios y su corazón ha abrazado la Realidad divina. Ha recibido luego la misión de guiar a los hombres.

Según los países y las épocas, el sufismo ha sabido siempre adaptarse a los hombres que encontraba a fin de tocar su ser profundo, más allá de las formas culturales que eran las suyas. Porque si la Verdad es una, las palabras son múltiples. Es en ese sentido que se dice de los sufíes que son los «hijos del instante».

Hoy, en una época y en un contexto en que reencontrar el sentido de nuestra existencia se ha vuelto una necesidad imperiosa para muchas personas, nos ha parecido importante poder presentar una vía sufí viva de manera accesible.

El sufismo es todo él experiencia, y es en ese sentido que Sidi Hamza al-Qadiri Boutchich, guía espiritual sufí, ha podido decir: «Es preferible hacer directamente la experiencia de las cosas antes que tener una idea preconcebida de ellas, lo que podría incluso constituir un velo. El verdadero conocimiento solo se obtiene cuando se lo pide de verdad, con humildad. El proceder para caminar hacia él es comparable a la de una persona que quiere beber agua de un arroyo: debe inclinarse hasta el arroyo para beber. El agua está siempre situada en lo más bajo de un lugar. Debemos ser como el agua. Quien se basa únicamente en los escritos de los maestros sufíes no hace más que seguir su chilaba. Los métodos apropiados de la enseñanza varían en función de las condiciones de la época, y solo el Maestro vivo detenta las claves de la progresión iniciática. La verdadera ciencia os vendrá del interior, de vuestro corazón».

No se trata de querer cambiar a los otros, sino de trabajar sobre uno mismo. No se trata de imponer nada a nadie (fuera del simple respeto de las opiniones de cada cual), sino de darse a uno mismo reglas de vida destinadas a liberarnos.

«Amad a todas las criaturas, cualesquiera que sean sus religiones, sus orígenes o sus opiniones. Cada cual está en el lugar donde Dios lo ha puesto, y no nos corresponde juzgar eso. Evitad todo odio y toda forma de disensión: Dios no visita un corazón lleno de odio», nos aconseja Sidi Hamza.

La progresión espiritual del discípulo se traduce en un embellecimiento de su comportamiento: más amor, más respeto, más tolerancia, más altruismo, más humildad en su relación con las cosas y con los seres creados. Jesús decía: «juzgaréis el árbol por sus frutos». No se trata de adoptar una máscara suplementaria, una etiqueta más, de pegar comportamientos o técnicas sobre la realidad que es la nuestra: se trata de transformarse. Es el camino de toda una vida, y ese camino es ilimitado. Pero solo una vía viva puede permitirnos realizar esa transformación. Y si los medios utilizados pueden a primera vista parecer irracionales, es porque la vía sufí no se dirige a la razón.

En ese sentido, Sidi Hamza explica: «Hay que desconfiar de la sola comprensión mental. Existe una mente sensible y una mente luminosa. La mente sensible tiene un límite. Para sobrepasarlo, hay que trabajar sobre sí y frecuentar a los hombres de Dios. Solo Dios puede transformar la mente sensible en mente luminosa, una mente iluminada por la luz del corazón. La comprensión no se adquiere en los libros. No basta inclinarse y recoger todos los libros que tratan del sufismo para adquirirla. Solo el corazón comprende. Comprende que nada está fuera de Dios. La vía es toda ella pura experiencia espiritual, es decir, se inscribe en lo vivido íntimo y profundo de quien la recorre. No es conjetura ni mucho menos erudición. Es una aprehensión directa de la luz divina por el corazón.»

Texto redactado por un colectivo de discípulos de la vía Qadiriya Boutchichiya.

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