La fraternidad sufí: el vínculo que une a los discípulos de una vía
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En el sufismo, la fraternidad procede en primer lugar del modelo que dejó el Profeta Muhammad. Designa el vínculo privilegiado que une a los discípulos de una vía, vínculo que nace de la influencia espiritual del guía de esa vía, que actúa como heredero de la enseñanza muhamadiana. Esa fraternidad no solo forma parte eminentemente del camino iniciático, sino que, más aún, lo nutre y lo ancla en una dimensión profundamente humana, pues ofrece la posibilidad de un espejo de uno mismo, en eco del hadiz que afirma que el creyente es el espejo del creyente. Así, la fraternidad sufí no saca su fundamento de una comunidad de opiniones, de convenciones sociales ni de intereses sociales o afectivos. Toma su fuente en el hecho de que cada cual está ligado a los demás por la autorización espiritual confiada al guía, que destila su influjo espiritual en los corazones y contribuye a unirlos.
Lo que funda la cohesión dentro de la comunidad iniciática es, pues, el shaykh (el guía espiritual), o más exactamente su estado espiritual, garante de la investidura que ha recibido. Sidi Hamza al-Qâdirî Boudchich (1918-2017) evocaba la fraternidad espiritual en estos términos: «El amor entre foqarâ’ (discípulos), y entre los foqarâ’ y el guía, es infinito. Crece sin cesar. Uno querría no separarse jamás. Ese amor se debe al sirr (secreto espiritual), y existe porque solo estamos reunidos por Dios. Ese amor hace caer todas las diferencias culturales. Cuando uno está en una compañía espiritual, en una relación de fraternidad (no hablo aquí de la fraternidad en sentido común, sino de esa fraternidad investida de amor), los corazones están en fase, los espíritus en afinidad: ¡circula entre nosotros tal vino de amor! ¡Esa es la realeza de Dios!».
La vía, como un crisol
La fraternidad sufí constituye uno de los frutos del dikr y del trabajo espiritual de los discípulos. No puede ser duradera si se reduce a un simple deseo de relaciones amistosas, porque lo importante es la búsqueda de la Faz de Dios, en una entrega confiada al guía. Si la fraternidad es tan preciosa, no es en modo alguno para alimentar un comportamiento sectario que rechazara al otro, sino al contrario, para dar nacimiento al amor incondicional debido a todas las criaturas y cultivarlo. En su gran mayoría, los discípulos de una vía sufí no son santos; están comprometidos en un proceso de evolución que tiende a curar progresivamente las «enfermedades» de su alma. Cada cual está así en camino, y encuentra en la comunidad de los discípulos un crisol que debe tender a excluir en la medida de lo posible la maledicencia, la malevolencia y el rencor. El discípulo debe, sin embargo, estar dispuesto a no encolerizarse cuando se vea confrontado a los avatares ligados a las «enfermedades» del alma de unos y otros, que, para ser curadas, van a manifestarse. Se verá, pues, llevado a soportar ciertos «roces» que no dejarán de surgir al compás de las relaciones con otros discípulos. Esos roces no deben considerarse como triviales querellas humanas: son esenciales para el pulido progresivo de las almas, un poco a imagen de los guijarros de un torrente que se pulen unos contra otros bajo el efecto de la corriente.
En realidad, el discípulo sufí no puede tener otro enemigo que su propio ego, y esa es la razón por la que intentará alejar cuanto pueda toda forma de rencor hacia quien haya podido rozarlo o herirlo. Debe estar vigilante ante las tendencias despóticas de su alma carnal, siempre dispuesta a querer imponer sus directrices, muy a menudo en detrimento del prójimo. Esa vigilancia del discípulo se ilustra en particular por una capacidad de escrutar sus propios defectos y de discernir las tendencias egoístas que ordenan algunos de sus actos. Cuando tal disposición va acompañada de un deseo de magnificar todo lo que proviene del otro, se toca entonces el estado del discípulo verdadero, que se desprende de toda atribución y se convierte en «pobre de espíritu», como recuerda la palabra árabe faqîr que sirve para designar al discípulo de una vía espiritual. Las prácticas espirituales propias del islam y de la vía sufí, iluminadas por los sabores de la contemplación del modelo muhamadiano, permiten «tener a raya» el alma instigadora del mal, un poco como se domina a un perro malo. La fraternidad sufí es un soporte para ese esfuerzo constante contra las tendencias del alma, y le permite atravesar una a una las etapas de la purificación.
En definitiva, el amor espiritual (mahabba) no puede traducirse en palabras, sino más bien en un código de comportamiento y en actos. En amor no hay palabras, solo hay pruebas, y son ellas las que hay que considerar. Esos actos de amor son fuente de adab (educación espiritual) y permiten progresar en la vía, como sugiere un adagio: «Quien te supera en excelencia de comportamiento te supera en sufismo.» Esto significa que el discípulo cuyo corazón ha sido suficientemente «pulido» adopta una justeza de comportamiento de manera espontánea, la que reclama precisamente el instante presente. La mahabba se ha instalado entonces en su corazón y ha extendido sus raíces por todo el cuerpo. Está colmado del modelo muhamadiano.
El pulido de las almas
El encuentro de los discípulos delimita un espacio sagrado en el campo de las relaciones sociales. Los discípulos sinceros son como brasas: juntos forman un brasero cuyo resplandor se mezcla con el de la luz divina. La educación espiritual es una vía de liberación interior. El roce de las almas es un buen indicador de la distancia tomada respecto a los apegos, las certezas, el amor de uno mismo. Siempre hay problemas en una comunidad, y tienen su función. «No es tu verdadero compañero más que quien te frecuenta conociendo tus defectos. Solo así es tu generoso maestro. El mejor de los compañeros es quien te busca sin esperar de ti provecho alguno» (sabiduría sufí).
Un maestro sufí decía a sus discípulos que reprochar al que comete una falta, o exponerle en público sus errores, es aliarse con Satán contra él. Les aconsejaba, por el contrario, cubrir sus defectos y rezar con la intención, durante el suyûd (la prosternación), de que su corazón fuera curado. Allâh es quien cubre (as-Satâr) y vela los defectos de Sus criaturas, y ama a quienes hacen lo mismo.
Se ha dicho que, en la vía, las almas se rozan como los guijarros en la corriente del río. Se rozan para pulirse, no para endurecerse. La lógica del ego es guardar rencor, considerar al otro, con todos sus espantosos defectos, como la causa de las dificultades, del malestar, de la pena. La fraternidad sufí crea las condiciones necesarias, en nuestra época, para una toma de conciencia fundamental: el otro no existe más que a través del prisma de nuestros propios defectos. No lo percibimos sino deformado por nuestras pasiones, nuestros apegos, nuestros hábitos egóticos, nuestro conformismo individual o nuestros hábitos mentales. Para que la mahabba entre en el corazón y se instale en él, de modo que podamos amar a todas las criaturas, el discípulo debe liberarse de todas esas trabas, un poco como el cuenco que hay que vaciar primero para que pueda volver a llenarse. Las dificultades relacionales, que pueden ser tan hirientes, se convierten en la vía en un momento de enseñanza, de toma de conciencia, de pulido, de renuncia para abrirse a lo que está mucho más allá, porque, en definitiva, «el hombre supera infinitamente al hombre».
Por Marie-Hélène Dassa.

