Las claves del camino espiritual, por Karim Ben Driss
En la tradición sufí, la sinceridad y la humildad se consideran las claves mayores del camino espiritual, esenciales antes de los primeros pasos como a lo largo de todo el recorrido. La enseñanza sufí es rica en cuentos y anécdotas que educan a los discípulos en el valor de esas cualidades.
La sinceridad en el amor
En tiempos muy lejanos de los que solo los cuentistas se acuerdan, vivía un rey en torno al cual se apiñaban cada día multitudes atraídas por su sabiduría, que no tenía más par que su bondad. Ese rey tenía un sirviente cuya pureza de corazón y cuya fidelidad no cesaban de maravillarlo. Este hombre profesaba a su señor un amor y una confianza que hacían temblar de humildad a todos los que presumían de sinceridad.
Una tarde de gran calor, el rey se hizo traer una naranja para refrescarse. Antes incluso de probar un bocado, dio la mitad a su sirviente devoto quien, agradeciéndolo con una radiante sonrisa, se puso a saborear un gajo sin más espera. Viéndolo deleitarse, los ojos cerrados, el rostro encantado, el rey le preguntó: «¿Así que está buena?». «¡Exquisita, oh mi rey!», respondió el otro. El rey tomó entonces un pedazo, que escupió al instante: «¡Pero si está terriblemente amarga! ¿Cómo puedes encontrar buena una cosa tan detestable al gusto?». «Oh mi rey, le respondió el sirviente, ¿cómo podría encontrar amarga una cosa que me es dada por mi señor bienamado? Todo lo que viene de él no puede ser más que excelente.» A esas palabras, los ojos del rey, y de mucha gente a su alrededor, se llenaron de lágrimas, el corazón tomado por ese testimonio de una sinceridad llevada a los más altos grados.
Al principio del recorrido, la sinceridad de la aspiración a lo sagrado estimula el despertar del corazón y lo dispone a recibir el alimento espiritual del que tiene ansia. En el camino, abre las puertas de experiencias espirituales que hacen crecer el amor por Dios y sostienen el delicado ejercicio del «pulido del corazón». Por fin, liberado de su «yo ilusorio» y de las tendencias egóticas (orgullo, amor a las riquezas, culto a la propia imagen, sed de poder) que lo alejan de la Fuente, el caminante llega a los más altos grados del amor sincero, donde todo se disuelve en la contemplación del Bienamado.
La humildad para conocer
Un gran teólogo se puso un día en busca de un maestro sufí. Tras recorrer numerosas comarcas, encontró por fin un maestro que había elegido domicilio en una cueva, en lo alto de una montaña. Subida la montaña, el teólogo llegó a la cueva. Se disponía a saludar al maestro cuando este le dijo a lo lejos: «¡Ve a hacer tus abluciones!». «Vaya, se dijo el teólogo, ¡sin embargo creía haber hecho ya mis abluciones!» Y bajó de nuevo hasta el arroyo que corría más abajo para hacer con esmero sus abluciones rituales. Terminado el ejercicio, volvió a subir y oyó la misma voz decirle aún: «¡Ve a hacer tus abluciones!». Turbado, el teólogo bajó de nuevo y rehizo sus abluciones de manera todavía más escrupulosa. «Esta vez, estoy seguro de no haber olvidado nada», se dijo. Por tercera vez, el maestro le apremió: «¡Ve a hacer tus abluciones!». Completamente desconcertado, el teólogo se dirigió otra vez hacia el arroyo. En el momento de rehacer sus abluciones, percibió por fin lo que su futuro maestro esperaba de él: antes de aspirar a nada, tenía que desembarazarse de sus supuestos conocimientos y de todas sus certezas, otros tantos velos. Tenía pues que hacer en primer lugar sus «abluciones interiores». Es así como el discípulo, vuelto plenamente receptivo, podrá beneficiarse de la enseñanza de su maestro1.
La pretensión al conocimiento, sobre todo cuando es libresco, es un velo para el conocimiento interior. Una cabeza «bien llena», incluso «bien hecha», no puede tener más que una vaga idea del verdadero conocimiento espiritual: el conocimiento libresco no alcanza la dimensión interior propia de la experiencia mística del desvelamiento, y no puede por tanto transformar el comportamiento del individuo. Quien aspira sinceramente al conocimiento espiritual deberá renunciar a la ilusión de acercarse a él por el intelecto. Deberá entrar humildemente en una marcha interior donde su objetivo ya no será siquiera comprender, sino vivir la proximidad con Dios. «Hay que, al principio, abandonar la pretensión de comprenderlo todo a partir del conocimiento exotérico. Se trata más bien de meditar y de obrar hasta que se produzca la apertura. Pero el fin mismo no es esa apertura. El fin es no tener ya ninguna expectativa que no sea la de estar próximo, conforme a la Verdad, en un desinterés completo.»2
La humildad es una condición esencial del camino iniciático hacia el desvelamiento de las luces divinas. Es uno de los aspectos fundamentales de la ciencia del comportamiento, central en el islam y en las tradiciones sufíes. Esa ciencia del comportamiento se considera el más alto grado del sufismo y, a la vez, la vía de acceso inexcusable al conocimiento espiritual. «El verdadero conocimiento solo se obtiene cuando se lo pide verdaderamente con humildad. El camino para llegar a él es comparable al de una persona que quiere beber el agua de un arroyo: esa persona tendrá que inclinarse hasta el arroyo para beber. El agua siempre está situada en el lugar más bajo de un sitio, y nosotros tenemos que ser semejantes al agua.»2
Sinceridad y humildad son las preciosas aliadas del viajero espiritual en el proceso de transmutación del alma: a medida que desaparece el dominio del ego, las realidades divinas se le revelan, hasta que su corazón, irradiado de luz, se apaga en la experiencia de la unificación, como la luna desaparece al levantarse el sol.
* Karim Ben Driss es sociólogo, director del Instituto Sufí de Montreal y autor de Le renouveau du soufisme au Maroc (Archè / AlBouraq).
Para ir más lejos
- El guía espiritual en la vía sufí
- Las sentencias de Sidi Hamza
- Preguntas y respuestas sobre el sufismo
