Sentencias de Sidi Hamza
Recopilación de palabras de Sidi Hamza al-Qadiri Boutchich (1918-2017), guía de la vía Qadiriya Boutchichiya, transmitidas por sus discípulos.
El verdadero conocimiento solo se obtiene con humildad. El camino para llegar a él se parece al de quien quiere beber el agua de un arroyo: tendrá que inclinarse para beber. El agua siempre está en el lugar más bajo; hay que ser como el agua.
El respeto de las prescripciones de la Ley divina (sharía) cumple el mismo papel que la cera del tapón que impide que el líquido se derrame fuera de la botella. Un recipiente puede estar lleno de agua, pero si el fondo está roto, todo el líquido se escapa: por mucho que se intente llenarlo de nuevo, nada podrá conservarse. Esta imagen describe la situación del discípulo que deja de aplicar la Ley divina.
Nada está fuera de Dios. Él envuelve toda cosa. Eso se contempla después de la realización. Y la realización es algo que se da. En este dominio, las ciencias exteriores no sirven para nada. Un sabio tiene la costumbre de medirlo todo, de evaluarlo todo, de pesarlo todo. Quien se sitúa más allá de ese planteamiento ya no se plantea esos problemas.
Quien intenta encontrar un camino gracias a los escritos de Ibn Arabi o de los demás maestros sufíes del pasado no hace más que seguir sus «chilabas». Se queda en la superficie de las cosas. Los métodos varían según las condiciones de la época en la que vivimos. Solo un maestro vivo posee las claves de la progresión iniciática.
En cierto grado, la necesidad de Dios se vuelve comparable a la necesidad de ayuda que siente quien se está ahogando y pide socorro desesperadamente. Esa necesidad destruye todo deseo que no sea Dios.
La sabiduría está en el corazón: quien quiera tener agua en su pozo tiene que cavar; cuanto más cava, más abundante es el agua; si deja de cavar, el agua nunca supera el nivel inicial. Quien cava ese pozo no debe decir ni creer que el agua ha alcanzado el nivel máximo: tiene que seguir cavando, porque ese pozo no tiene límite.
Cada uno debe velar por su corazón. Toda sugestión habrá de ser rechazada. Hay que rechazar lo que es malsano en uno mismo y tratar de abrirse a todas las gracias divinas, a lo que es positivo y favorece el camino y la progresión. Pero ¿cómo rechazar las sugestiones negativas? Cuando las sentimos llegar, hay que decirle al ego que está equivocado y que es él quien tiene todos los defectos y no los demás: «Soy yo quien está en falta. Si veo el defecto en el otro, es porque está en mí; si no, ¡no lo habría visto!»
¡Invocad hasta que se diga: está loco! (Hadiz)
El dikr practicado con regularidad hace desaparecer poco a poco los deseos y los pensamientos impuros. Igual que si unos cazadores van cada mañana al bosque y disparan tiros: todos los animales asustados huyen al oír los disparos, y luego vuelven un rato más tarde. Pero como los cazadores vuelven todos los días, los animales acaban por cambiar de lugar.
El estado espiritual es la manifestación de la atracción del discípulo, incluido su cuerpo, hacia el Espíritu. El corazón reacciona así porque no está acostumbrado a la luz divina, y eso se repercute en todo el ser, incluido el cuerpo.
Tenéis estados espirituales diferentes. El agua es una, pero las flores son múltiples.
La apertura (fath) es el desvelamiento súbito de la Realidad divina y, por tanto, el fin de la ilusión. Es como una bola de nieve que se lanza al océano: la bola de nieve es el ego (nafs), y el océano, la Realidad divina. La bola de nieve no es más que agua helada; una vez lanzada al océano, vuelve a ser líquida. El ego no tiene más que una existencia efímera e ilusoria cuando se lo considera en sí mismo, cortado de su origen. No hay más que un agua y distintos estados de esa misma agua.
No hay otra realidad que la Realidad divina (la ilaha illa Allah).
No es posible presumir del amor divino mientras queden en el corazón ataduras a los bienes de este mundo. Así es como se pone a prueba al amante: el amor verdadero va acompañado de una verdadera generosidad. Sidi Boumedienne contaba a menudo esta historia: un hombre presumía de amar a Dios y a su Profeta. Dios quiso probarlo y le envió un ángel en forma humana, que le dijo: «¡Tú que presumes de amar a Dios y a su Profeta, dame tu chilaba!» El hombre se la dio. «¡Dame tu túnica!», dijo aún el ángel; el hombre se la dio también. Solo le quedaba un pantalón, que el ángel le pidió que le diera. El hombre fue a un lugar apartado, se quitó la prenda y se la lanzó por encima. Ya no le quedaba nada. Oyó entonces una voz celestial: «Si presumes de amar a Dios y a su Profeta, tu pretensión es verdadera.» Y fue así aceptado en ese estado.
Me importa el amor más que cualquier otra cosa. Oremos para que Dios no nos lo quite. El amor entre los discípulos, y entre los fuqará y el maestro, es infinito, crece sin cesar. Querríamos no separarnos nunca. Ese amor se debe al secreto espiritual (sirr) y existe porque solo nos reunimos por Dios. Ese amor hace caer todas las diferencias culturales. Es el amor el que pone los corazones en movimiento, el que hace actuar. El amor es la montura de los espíritus: es a través de él que se conoce toda cosa.
Cuando el amor habita el corazón, nada parece ya difícil y sacamos provecho de todo lo que nos llega. Gracias al amor, el velo que nos separa de la Realidad se vuelve cada vez más tenue; se experimenta entonces una alegría profunda de esa proximidad y se está invadido por la percepción de la belleza.
Es el amor el que provoca una herida, un grito. Solo grita aquel cuyo maestro está ebrio.
Amad a todas las criaturas, sea cual sea su religión, su raza o sus opiniones. Cada uno está en el lugar donde Dios lo ha puesto, y no nos corresponde juzgarlo.
Sidi Boumedienne prohibía a sus discípulos toda lectura sobre el sufismo, salvo las Hikam de Ibn Ata Allah: más vale hacer directamente la experiencia de las cosas que tener una idea preconcebida que podría incluso convertirse en un velo.
Nuestra vía es una vía del medio.
Cuando Dios ama a su siervo, recubre sus cualidades de Sus cualidades. Es como si un rey nos invitara a su casa y no tuviéramos ropa bastante limpia para hacernos dignos de su morada: el rey nos reviste entonces con sus vestidos y nos introduce en su casa.
Cada uno se aferra a las cualidades que le son propias: el sabio se cree superior a todo el mundo por su saber, el hombre rico saca su gloria de su riqueza; así permanecen con su enfermedad. Solo la educación espiritual puede ayudarles a liberarse de ella.
El ego (nafs) rechaza a menudo lo que se le impone y empieza entonces a emitir sugestiones para ir más lejos en lo que puede satisfacerlo. La vía tiene el efecto contrario: cuando algo nos atrae hacia lo mundano, nos impide responder a ese llamamiento. Hay que evitar quedarse bloqueado en tal o cual punto de fijación; más vale dejar que los acontecimientos sigan la voluntad de Dios permaneciendo firmemente anclado en las propias prácticas.
Quien no tiene una intención pura (niyya) no evolucionará, aunque pase toda su vida en compañía del Profeta.
Cada discípulo es un antídoto para otro discípulo. Cada uno es fuerte en un punto donde el otro es débil y puede así ayudarle a superar las dificultades.
No hay que dejar entrar sugestiones negativas en el corazón, si no se volverá como una cuadra llena de inmundicias. Guardad vuestro interior limpio y puro: el dikr hará salir lo que quede de impuro.
Sed asiduos a vuestro dikr personal y participad en las prácticas colectivas. No os inventéis excusas. Cierto que las obligaciones profesionales, familiares y sociales pesan, pero es la ley de la vida y la suerte de todos.
Es importante trabajar en el mundo, porque la Ley divina exige que se subvenga a las necesidades de la propia familia. También es importante ocuparse de la familia, del esposo o la esposa, de los hijos; y por supuesto hay que concentrarse igualmente en el trabajo de la vía. Debéis conciliar estos tres ámbitos, que son los hitos de vuestra vida; poco a poco, gracias a la práctica del dikr, tendréis la intuición de lo que conviene hacer en cada situación.
Ocupaos de vuestros padres, aunque tengan concepciones completamente opuestas a las vuestras. Subvenid a sus necesidades si hace falta. Una de las vergüenzas del mundo moderno es meter a los padres en una residencia y quitárselos así de encima.
Cuando se lee la biografía del Profeta, llama la atención la semejanza entre los lazos que lo unían a su comunidad y lo que se puede vivir hoy en la vía. En realidad, es una sola y misma enseñanza que se prolonga.
Esta vía es la vía de Dios: evitad todo odio y toda forma de disensión; Dios no visita un corazón odioso. Los conflictos entre comunidades étnicas o religiosas están ligados al pasado; no debemos estar concernidos por eso.
No deseéis los estados espirituales, los éxtasis, la apertura ni las visiones. No deseéis más que el conocimiento de Dios. El deseo de los hal y de las visiones puede velarnos ese conocimiento.
La progresión interior debe repercutir fuera, en el comportamiento.
No hay que señalar los defectos de los demás ni dejarse arrastrar a la crítica y al juicio: acabaríamos por olvidar nuestros propios defectos. ¿Cómo un enfermo reprocharía a otro enfermo no estar bien de salud? Es importante pues magnificar. Mirad a vuestros hermanos como perfectos, por el simple hecho de que están ligados a la vía; poco a poco os daréis cuenta de que la creación divina entera es perfecta. Quien ve un defecto en el otro no ve en realidad más que uno de sus propios defectos. Sed los guardianes de vuestro corazón: hacedlo limpio y puro como un lugar de oración.
El camino debe ser progresivo para evitar que el discípulo se vuelva arrogante.
Quien da y lo dice es peor que quien no ha hecho nada. Alardear equivale a aniquilar todos los frutos del don.
Cuando un apicultor ve un enjambre de abejas, trae una caja en la que pone cosas dulces y perfumadas. Cuando las abejas huelen ese perfume, entran en la colmena. Si les gusta, se instalan; si no, solo se quedan un día o dos y se van. Lo mismo ocurre con el secreto divino: si encuentra el receptáculo del corazón limpio y perfumado, se quedará en él duraderamente y producirá una miel divina.
Percibimos el exterior de las cosas, pero el interior nos está oculto y vedado. El cuerpo se encuentra en este mundo, pero la interioridad se sitúa en otra dimensión, otro reino. El acceso a esa interioridad es toda la vía.
No busquéis la verdad; buscad primero purificaros.
El día en que Dios quiere hacer beneficiarse a su siervo de Sus gracias, hace penetrar en su corazón un soplo de amor. Así el siervo, aunque inmerso en los asuntos de este bajo mundo, siente en permanencia el sabor de su Señor. Los profetas también trabajaban como nosotros; pero su trabajo no dominaba su corazón, que permanecía firmemente apegado a Dios.
La comprensión no se adquiere en los libros. Sería demasiado fácil agacharse y recoger todos los libros que tratan del sufismo para adquirirla. La verdadera ciencia os vendrá del interior, de vuestro corazón. Solo el corazón comprende. Comprende que nada está fuera de Dios.
El defecto y la fealdad no están en las cosas ni en los seres, sino en la impureza de nuestra mirada sobre ellos. Cuanto más apaciguada, perfecta y pura está el alma, más dispuesta estará a ver en todo ser una manifestación de la luz divina: todo es bello; solo el corazón no pulido del discípulo hace feas las cosas.
La luz divina gira en torno al corazón del discípulo. Para que un avión aterrice, la pista tiene que estar completamente despejada. Igualmente, si nuestro corazón está lleno de deseos o de pasiones, la luz no encontrará dónde posarse.
Hay que desconfiar de la sola comprensión mental. Existe un mental sensible y un mental luminoso. El mental sensible tiene un límite; para superarlo, hay que trabajar sobre uno mismo y frecuentar a los hombres de Dios. Solo Dios puede transformar el mental sensible en mental luminoso, un mental iluminado por la luz del corazón.
Las dos puertas reales para acceder a Dios son la invocación (dikr) y la generosidad.
Quien se humilla, Dios lo eleva.
Algunos de vosotros tenéis dificultad para poneros al servicio de los demás; si hacéis el esfuerzo de hacerlo de todos modos, podréis poco a poco liberaros de los lazos que atan el alma.
Cuando se vive una relación de fraternidad (no hablo de la fraternidad en sentido común, sino de la que está investida de amor), los corazones están en sintonía, los espíritus en afinidad: ¡circula tal vino de amor! ¡Esa es la realeza de Dios!
No existe más que la Luz. El ego (nafs) tiene una envoltura exterior que impide que esa luz penetre; el hombre ordinario no ve más que esa oscuridad. Pero cuando esa envoltura ha estallado, la luz que se encuentra en el corazón se mezcla con la Luz de Dios, y ya no se ve más que Ella: «¡Dondequiera que os volváis, ahí está el Rostro de Dios!» El mundo es como una sombra efímera: cuando el sol se levanta sobre un objeto, aparece una sombra un momento, y luego se disipa. Lo mismo ocurre con este mundo frente a la Realidad. Los conocedores de Dios no tienen sombra, en verdad. En este sentido hay que entender lo que se transmitía del Profeta Muhammad: el hecho de que nunca hacía sombra.
Quien ha llegado a percibir la Unidad ya no ve más que Ella. Se da cuenta de que todas las formas habituales, las formas humanas mismas, no son más que ilusión.
El reconocimiento y la gratitud encadenan la gracia.
