La determinación interior: lo que sostiene al discípulo en la vía
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« Di: “¡Allâh!”, y déjalos en sus vanas palabras » (Corán VI, 91)
Vía iniciática viva, el sufismo es una posibilidad ofrecida a quien desea extraer de sí mismo una riqueza que al principio solo puede presentir, y a la que no tiene acceso inmediato. Constituye, por tanto, una dirección, una orientación, y encuentra muy naturalmente su lugar en el seno de una búsqueda personal sincera. La determinación interior del discípulo se refuerza a medida que logra anclarse más firmemente en una práctica ritual regular. Porque el sufismo se saborea ante todo por la participación efectiva de todo el cuerpo en rituales individuales y colectivos, cuya función es purificar la visión que se tiene de las cosas.
Siempre es posible, por supuesto, interesarse por las doctrinas metafísicas expuestas por los maestros del pasado, o dejarse seducir por la belleza de los poemas sufíes dedicados a lo divino. Pero no son más que etapas preparatorias de aquello que es el motor de la transformación del ser: la práctica espiritual.
La necesidad de una guía
Ser guiado es indispensable en una época en que resulta fácil procurarse documentos que describen las técnicas utilizadas en los oficios rituales, y no insistiremos nunca lo bastante en la necesidad de una guía auténtica. En efecto, por su naturaleza misma, los rituales propios del sufismo (y muy particularmente el dhikr) pueden despertar en el practicante estados insólitos ante los que se encontrará desarmado. De hecho, esos rituales constituyen el verdadero vehículo por el que el guía espiritual entrega una enseñanza al discípulo. Entre ambos se establece así un contacto, garantía para el discípulo de una evolución armoniosa en la vía. Pero este método requiere una «dosificación» adaptada a las posibilidades actuales del discípulo, que solo puede conocer un guía auténtico o quien él haya elegido para representarlo.
Soufisme d’Orient et d’Occident describe en el presente número soportes de meditación propios del sufismo. Podrán observarse analogías evidentes con prácticas preconizadas por otras tradiciones espirituales: así, el dhikr puede compararse con la recitación de los mantras en las tradiciones budista e hinduista, o incluso con la repetición del nombre de Jesús que caracteriza el hesicasmo en el seno del cristianismo oriental. Pero también podrá apreciarse la honda originalidad y la ciencia perfectamente consumada de una vía que toca directamente el corazón de quien la explora.
Marruecos, tierra de tradición viva
Marruecos es una tierra sobre la que la tradición musulmana ha irradiado siempre con un fulgor particular. Hoy como ayer, el país entero es un oasis de colores, olores y sonidos en el que gusta uno reencontrarse cuando quiere hacer balance consigo mismo y romper con el ritmo desbordante de lo cotidiano. La mezquita de la Qarawiyyîn de Fez es un remanso de belleza y recogimiento que atestigua, desde hace doce siglos, la presencia dulce y refrescante de una espiritualidad auténtica que no pretende otra cosa que elevar las almas. Constituye un lazo de unión entre el pasado y el presente, y encierra secretos que el visitante atento sabrá captar al compás de sus deambulaciones.
Fez es precisamente la ciudad donde se celebra cada año el Festival de las Músicas Sacras del Mundo, convertido en poco tiempo en un escaparate vivo del patrimonio musical tradicional de los cinco continentes. Este festival abre un espacio de descubrimiento, de diálogo y de encuentro entre Oriente y Occidente, en el respeto profundo de las especificidades culturales de cada cual, en eco a una mundialización que se acelera día a día. Las llamadas a la oración, los períodos de ayuno y las fiestas rituales son los referentes intangibles que ordenan la vida cotidiana en Marruecos. En particular, la fiesta en honor del nacimiento del Profeta es la ocasión de reencontrarse en largas vigilias salpicadas de cánticos y oraciones. Los miembros de la tarîqa qâdiriyya bûtshîshiyya han podido celebrar recientemente el acontecimiento en la zâwiya donde vive el maestro de la cofradía, cerca de la frontera argelina: una impresionante concentración de 15 000 discípulos y simpatizantes, venidos a veces de muy lejos, que revela la vitalidad real del sufismo en los albores del siglo XXI.

