Covid-19, las enseñanzas de un virus

¿Una situación inédita? Sin duda, con respecto a nuestra memoria más reciente. Hace un siglo, la gripe española sembraba el desconcierto con la devastación que se sabe. Unos siglos antes, la peste negra despoblaba de la manera más trágica países y continentes. Desde ese punto de vista, puede considerarse que el mundo ha estado jalonado, a lo largo de toda su historia, por semejantes pruebas, que tienen siempre un sentido simbólico y existencial, y a las que se ha intentado responder con los conocimientos, las ignorancias y las supersticiones propios de cada época.

Se ha insistido mucho en ello para decir que, desde hace algunos siglos, hemos abandonado las eras de la ignorancia y las supersticiones para entrar en las luces de la razón. El mundo moderno se define a sí mismo precisamente por una entrada en la era de la racionalidad pura y por su capacidad de precaverse contra tales invasiones. Y es por eso mismo por lo que esta situación ha sido tan imprevista como imprevisible. En su discurso del 16 de marzo, el presidente Macron subrayaba que «¡lo que era impensable ha ocurrido!».

El virus, además de estar coronado, se ha introducido con sigilo en nuestros espacios cotidianos y en nuestras conciencias, hasta tomar progresivamente el control de nuestro planeta y de nuestra actualidad. En cada crisis mayor, la cuestión del sentido surge con fuerza, aunque, una vez pasado el pico de la ola, volvamos la mayoría de las veces precipitadamente a nuestros hábitos de antes.

Nemrod, o el hubris de la potencia

¿Qué nos dice, pues, esta crisis de hoy? Que nuestra humanidad es bien frágil, y que es por eso, precisamente, por lo que hay que cuidarla; y que esas pretensiones de potencia, sistemáticamente desmentidas también en el pasado, son peligrosas para nuestra humanidad y nuestra salud.

Recordemos aquí el relato bíblico de la torre de Babel y la pretensión del rey Nemrod de desafiar a Dios mismo construyendo una torre que sube hasta el cielo. ¿Y cuál era entonces el arma de esa potencia? Que los hombres hablaban la misma lengua. Lo que también puede leerse como una parábola de nuestra mundialización.

Es del todo notable que Nemrod, en la ceguera de ese sentimiento de omnipotencia que era a la vez personal y colectivo, fuera probado por Dios de la manera siguiente: el Eterno le envía lo que se describe como un minúsculo mosquito (en la época, la palabra virus no estaba en uso), que entra por la nariz de Nemrod y le causa un desasosiego y un zumbido interiores tales que se arroja literalmente contra los muros. ¡La omnipotencia quedaba a merced de un mosquito!

Los demás argumentos que el profeta Abraham intentó oponer al hubris de Nemrod no parecen haber tenido sobre él más que escaso efecto. Un pasaje coránico recoge esa conversación. «Dios, le dijo Abraham en el Corán, es quien da la vida y la muerte.» «Yo también puedo hacer lo mismo», responde Nemrod, aludiendo así, según algunos comentaristas, a que puede decidir indultar a un condenado a muerte y ordenar matar a quien le plazca entre sus súbditos. «Dios, dice entonces el profeta, es quien hace venir el sol de Oriente; hazlo pues venir de Occidente.» «¡Y el que no había creído quedó confundido!» (Corán II, 259).

En lo que toca a la vida y a la muerte, hace apenas unos meses el discurso predominante era que ese programa estaba ya en manos de nuestra humanidad triunfante y que, gracias a la inteligencia artificial y sin duda al programa «Calico» de Google, la inmortalidad transhumanista estaba, si no a nuestro alcance, al menos al de las próximas generaciones. Para pretender cambiar el orden del cosmos, la cosa es sin duda un poco más complicada.

Una verticalidad humana

La novilengua tecnológica de la mundialización parece, pues, haber elegido de hecho por nosotros lo que deben ser nuestro futuro y nuestro tipo de humanidad. Un futuro que muchos temen, pero que parecemos aceptar como una fatalidad. Es la marcha irreprimible, se piensa, de la ciencia. ¡No tendríamos elección!

Varias voces de sabiduría, como la de Abraham antaño, se levantan hoy para decir que tal elección no es más que el resultado, no de la ciencia ni de la razón, sino de una ilusión ideológica. Que el mundo que queremos legar a nuestros hijos es el de la búsqueda del sentido y de la elevación de nuestra conciencia, y no el de una potencia entregada a sí misma y a unos cuantos Nemrod, aprendices de brujo en ciernes, que se han adjudicado el papel de amos de la tecnofinanza mundializada.

El mundo no carecerá en el futuro de virus cada vez más sutiles, cada vez más astutos, que vendrán a recordarnos que nos equivocamos de camino. La ciencia nos enseña hoy que han hecho falta cerca de 13.700 millones de años y una precisión matemática a toda prueba para crear nuestra humanidad y crear en ella lo más precioso: su capacidad de tomar conciencia de sí misma y de maravillarse ante ese milagro permanente, de sondear su sentido y de descubrir su armonía.

Es esa misma visión la que se encuentra en el corazón de las grandes enseñanzas de sabiduría. Esa finalidad funda nuestra dignidad humana y traza nuestra vía: la de una profundización, por la sabiduría, el arte, la ciencia o cualquier otra forma de actividad, en esa conciencia humana, que es también un conocimiento de nosotros mismos. Se piensa aquí en la injunción sapiencial inscrita en el frontón del templo de Apolo.

Los Abrahams de nuestra época pueden llamar la atención sobre nuestra pequeñez humana ante esa aventura cósmica que nos hace descubrir cada día, en una expansión vertiginosa, nuevos paquetes de miles de millones de galaxias. Ante tales crisis, debemos alzar los ojos al cielo, pero también volverlos hacia nuestra interioridad.

Debemos saber también que frente a los virus (tecnológicos, naturales o ambos a la vez, que serán cada vez más temibles e inesperados), las ecologías, la natural y la humana, nos enseñan ese mismo principio: saber cultivar como una riqueza la diversidad de nuestras lenguas, de nuestras culturas y de la naturaleza, que en este dominio debe ser nuestra maestra e inspirarnos. Pero también, según la misma enseñanza, que somos ciertamente diversos, pero también interdependientes, y que una manera de gestionar nuestro mundo es construir y reforzar sin cesar lazos de solidaridad.

Nos hace falta buscar hoy otra verticalidad que la de nuevas torres de Babel, reales o míticas: una verticalidad humana. Aquella por la que nuestra humanidad puede reaprender a enlazar la potencia con la sabiduría y la ciencia con la espiritualidad. Va en ello la supervivencia de nuestra humanidad en todos los sentidos del término.

Debemos comprender esos relatos de los textos sagrados como arquetipos entregados a nuestras reflexiones y meditaciones. Nemrod es el símbolo de una potencia ilusoria, desprovista de sabiduría. «El Abraham de nuestro ser» es la posibilidad de superar esa ceguera y dejar nacer en nosotros una nueva conciencia y una nueva concepción del desarrollo de nuestra humanidad.

Es esa enseñanza la que nos es dada de manera fulminante por este mosquito, tan minúsculo, de nuestro tiempo. ¿Estamos dispuestos a escucharla?

Faouzi Skali, 16 de marzo de 2020. Catedrático de universidad, antropólogo, escritor, especialista en sufismo, presidente del Festival de Fez de la Cultura Sufí.

Peinture de James Gandy